© Libro N°. 3000. Matadero Cinco. La Cruzada De Los
Niños. Vonnegut, Kurt. Colección
E.O. Agosto 6 de 2016.
Título original: © Slaughterhouse-Five or the Children's Crusade
Versión Original: © Matadero Cinco. La Cruzada De Los Niños. Kurt Vonnegut
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© Edición, reedición y Colección Biblioteca Emancipación: Guillermo Molina
Miranda
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RESERVAS, ANALICEMOS SIN PEREZA Y SOMETAMOS A CRÍTICA TODA LA CULTURA
MATADERO CINCO
La cruzada de los niños
Kurt Vonnegut
A
Mary O'Hare
y
Gerhard Müller
El
ganado muge,
El
Niño se agita,
Pero
Jesusito,
ni
llora ni grita.
1
Todo esto sucedió, más o menos. De todas formas, los partes de
guerra son bastante más fieles a la realidad. Es cierto que un individuo al que
conocí fue fusilado, en Dresde, por haber cogido una tetera que no era suya.
Igualmente cierto es que otro individuo, al que también conocí, había amenazado
a sus enemigos personales con matarlos por medio de pistoleros alquilados. Y
así sucesivamente. He cambiado los nombres de los personajes.
Es cierto que volví a Dresde, con dinero de Guggenheim (Dios le
bendiga), en 1967. La ciudad se parecía un poco a Dayton, Ohio, aunque con
muchos más espacios libres. Su suelo debía de contener toneladas de harina de
huesos humanos.
Volví allí con un viejo camarada de la guerra, Bernard V.
O'Hare, y nos hicimos amigos del taxista que nos llevó hasta el matadero donde
nos habían encerrado una noche como prisioneros de guerra. Su nombre era
Gerhard Müller y nos dijo que había sido prisionero de los americanos durante
algún tiempo. Le preguntamos qué tal se vivía bajo el comunismo, y él respondió
que al principio era terrible —pues todo el mundo tenía que trabajar muchísimo,
aparte de que no había ni cobijo ni alimentos ni ropas adecuadas—, pero que
ahora las cosas estaban mucho mejor. Tenía un apartamento, pequeño aunque muy
agradable, y su hija recibía una educación excelente. La madre quedó calcinada
en el bombardeo de Dresde. Como suena.
En Navidades envió una postal a O'Hare cuyo texto decía:
«Deseo que usted y su familia, así como su amigo, pasen unas
felices Navidades y un próspero Año Nuevo, y espero que nos encontraremos
nuevamente, si la casualidad lo permite, dentro de un taxi, en un mundo de paz
y libertad.»
Me gustó mucho eso de «si la casualidad lo permite».
Me disgustaría decir lo que este asqueroso librito me ha costado
en dinero, malos ratos y tiempo. Cuando volví a casa después de la Segunda
Guerra Mundial, hace veintitrés años, pensé que me sería fácil escribir un
libro sobre la destrucción de Dresde, ya que todo lo que debía hacer era contar
lo que había visto. También estaba seguro de que sería una obra maestra o de
que, por lo menos, me proporcionaría mucho dinero, por tratarse de un tema de
tal envergadura.
Pero cuando me puse a pensar en Dresde las palabras no acudían a
mi mente, al menos no en número suficiente para escribir un libro. Y tampoco
ahora, que me he convertido en un viejo fatuo con sus recuerdos, sus manías y
sus hijos ya crecidos, tengo palabras para hacerlo.
Pienso en lo inútil que me ha resultado el recuerdo de Dresde,
en lo tentador que ha sido el tema para muchos escritores, y me acuerdo del
famoso estribillo:
Había en Estambul un joven
Que así interpelaba a su herramienta:
«Me quitaste la salud
Y mi hacienda arruinaste,
Y ahora todo es poco para ti,
¡Vieja loca!»
Y también me acuerdo de la canción que sigue:
Mi nombre es Yon Yonson.
Trabajo en Wisconsin,
En una serrería
Y cuando voy por la calle,
La gente me pregunta:
«¿Cómo te llamas?»
Y yo contesto:
«Mi nombre es Yon Yonson,
Trabajo en Wisconsin...»
Y así hasta el infinito.
Al paso de los años, la gente que he conocido me ha preguntado
muchas veces en qué trabajo, y por lo general yo he contestado que la obra más
importante que tengo entre manos es un libro sobre Dresde.
Una vez le dije eso a Harrison Starr, el productor de cine, y él
levantó las cejas inquiriendo:
—¿Es un libro anti-guerra?
—Sí —contesté—. Me parece que sí.
—¿Sabes lo que les digo a las personas que están escribiendo
libros anti-guerra?
—No. ¿Qué les dices, Harrison Starr?
—Les digo, ¿por qué no escriben ustedes un libro anti-glaciar en
lugar de eso?
Lo que quería decir es que siempre habría guerras y que serían
tan difíciles de eliminar como lo son los glaciares. Desde luego, también yo lo
creo.
Además, aunque las guerras no siguieran siendo como los
glaciares, seguirás siendo llorada, vieja muerte.
Cuando era algo más joven y ya trabajaba en mi famoso libro
sobre lo de Dresde, le pedí a un viejo camarada de guerra llamado Bernard V.
O'Hare si podía venir a verme. El era fiscal de distrito en Pennsylvania, y yo
escritor en Cape Cod. En la guerra habíamos sido soldados de reconocimiento de
infantería, y ninguno de los dos había pensado jamás en hacer dinero después de
que ésta terminara. No obstante, ambos nos desenvolvíamos bastante bien.
Hice que la Compañía Telefónica lo encontrara. Para estas cosas,
son maravillosos. A veces, a altas horas de la noche, me da esa manía de
mezclar el alcohol con el teléfono. Me emborracho y luego, gracias a mi
aliento, que parece hecho de mostaza y rosas, alejo de mí lado a mi mujer.
Entonces, hablando en un tono grave y solemne, pido a las telefonistas que me
comuniquen con tal o cual amigo del que no he tenido noticias en los últimos
años.
Me puse en contacto con O'Hare de esa forma. Él es bajo y yo soy
alto. Le dije por teléfono quién era, y que habíamos sido capturados juntos
durante la guerra. Se lo creyó en seguida. Estaba levantado, leyendo, y en su
casa todo el mundo dormía.
—Escucha —dije—, estoy escribiendo un libro sobre Dresde y me
gustaría que alguien me ayudara a recordar algunas cosas. Pienso que podría ir
a verte, para beber, charlar y recordar.
No se entusiasmó. No creía recordar gran cosa. A pesar de elfo,
me dijo que fuera.
—Creo que el clímax del libro será la ejecución del pobre Edgar
Derby —le expliqué—. Fue una ironía tan grande... Una ciudad entera es
destruida, miles y miles de personas mueren, y es entonces cuando ese soldado
de infantería se ve arrestado en unas ruinas por coger una tetera. Pero lo más
absurdo es que le hacen un consejo de guerra y es fusilado por el pelotón.
—Humm —dijo O'Hare.
—¿No crees que ése debe ser el punto culminante del libro?
—No sé —contestó—. Eso es cosa tuya, no mía.
Como traficante que soy de momentos apoteósicos y emocionantes,
de caracterizaciones y diálogos maravillosos, de comparaciones y «suspenses»,
había esbozado la historia sobre Dresde muchas veces. El mejor esbozo, o por lo
menos el más bonito, fue el que escribí en la cara posterior de un rollo de
papel de empapelar.
Utilicé los lápices de mi hija; un color diferente para cada una
de las principales situaciones y caracteres. La historia empezaba en un extremo
del rollo de papel y terminaba en el otro, de modo que el meollo ocupaba todo
el centro. Y la línea azul se encontraba con la roja, para después cruzarse con
la amarilla, que, por fin, se acababa cuando el tipo representado por la línea
amarilla moría. Y así todo. La destrucción de Dresde, por ejemplo, estaba
representada por una acotación vertical de color naranja que era cruzada por
todas las líneas que continuaban aún con vida, algunas de las cuales incluso se
salían por el otro lado.
Al final, cuando todas las líneas cesaban estaba la batalla del
Elba, en las afueras del Halle. Llovía. La guerra en Europa había terminado
hacía un par de semanas. Y permanecíamos formados en hileras, bajo la custodia
de soldados rusos. Nosotros, ingleses, americanos, holandeses, belgas,
franceses, canadienses, sudafricanos, neozelandeses, australianos; miles de
individuos que dejábamos de ser prisioneros de guerra.
Al otro lado del campo había miles de rusos, polacos y
yugoslavos, que eran custodiados por soldados americanos. El cambio se hizo
bajo la lluvia y uno por uno. O'Hare y yo subimos a la caja de un camión
americano con muchos otros. El no traía ningún recuerdo —casi todos los demás
llevábamos algo—, pero yo cargaba con un sable de ceremonia de la Luftwaffe;
todavía lo tengo. El americano pequeño y loco al que en este libro llamo Paul
Lazzaro tenía casi cien gramos de diamantes que había tomado de personas muertas
en los refugios de Dresde. Y así sucesivamente.
Un inglés idiota, que en alguna parte había perdido todos los
dientes, guardaba su recuerdo en una bolsa de lona apoyada sobre el empeine de
mis pies. De vez en cuando echaba un furtivo vistazo al interior de la bolsa, y
después volvía los ojos de un lado para otro girando su huesuda nuca como si
quisiera sorprender a alguien que mirara codiciosamente su bolsa. Y, hecho todo
esto, la hacía repicar sobre mis pies. Al principio creí que ese movimiento de
la bolsa era accidental. Pero estaba en un error. Porque lo que atormentaba al
chico era que tenía que enseñar a alguien el contenido de la bolsa, y había
decidido que podía confiar en mí. En un momento dado sorprendió mi mirada, me
guiñó un ojo y abrió la bolsa. Contenía una reproducción en yeso de la Torre
Eiffel, que tenía una capa de pintura dorada y, en el centro, un reloj.
—Es un objeto aplastante —dijo.
Nos llevaron a un campo de recuperación francés donde nos
alimentaron con batidos de leche y chocolate, amén de otros ricos alimentos,
hasta que estuvimos rollizos como bebés. Entonces nos mandaron a casa. Y yo me
casé con una bonita muchacha, que estaba también rolliza como un bebé.
Y tuvimos bebés.
Y ahora que ya son mayores, yo soy un viejo fatuo, cargado de
recuerdos y manías. Mi nombre es Yon Yonson, y trabajo en Wisconsin, en una
serrería...
A veces, entrada la noche, cuando mi mujer ya se ha acostado
intento llamar por teléfono a algunas antiguas amigas.
—Operadora, me pregunto si podría darme el número de la señora
Fulana, que creo vive en tal calle —digo.
—Lo siento, señor. No tenemos esa referencia.
—Gracias, operadora. Gracias de todos modos.
Y saco el perro fuera, o lo dejo entrar y charlamos. Le hago
saber que me gusta, y él me hace saber que le gusto. A él no le importa el olor
a gas de mostaza y rosas.
—Eres un buen chico, «Sandy» —le digo al perro—. ¿Sabes? Eres
estupendo.
A veces pongo la radio y escucho algún programa hablado de
Boston o Nueva York. Cuando he bebido mucho, no puedo soportar las grabaciones
musicales.
Luego, tarde o temprano, me acuesto. Y mi mujer me pregunta qué
hora es. Siempre quiere la hora. Cuando no la sé le digo:
—Que me registren.
A veces me pongo a pensar en mi educación. Después de la Segunda
Guerra Mundial, fui a la Universidad de Chicago durante algún tiempo. Estudié
en el Departamento de Antropología. Por entonces enseñaban que no había
diferencia alguna entre unas personas y otras. Deberían enseñarlo todavía.
Otra cosa que nos enseñaban era que nadie era ridículo, ni malo,
ni desagradable. Poco antes de morir mi padre me dijo:
—Mira, hijo, no escribas nunca una novela con un personaje malo.
Y yo le contesté que ésa era una de las cosas que había
aprendido en la universidad, después de la guerra.
Mientras estudié antropología, trabajaba también como reportero
de sucesos para el famoso Chicago City News Bureau por veintiocho dólares a la
semana. En una ocasión me hicieron cambiar el turno de día por el de noche, así
que tuve que trabajar dieciséis horas de un tirón. Servíamos a todos los
periódicos de la ciudad, a la AP, y la UP, todos. Y acudíamos a los tribunales,
a las comisarías de policía, a los parques de bomberos, a los guardacostas del
lago Michigan y todo eso.
Estábamos en contacto con nuestros clientes por medio de los
tubos neumáticos que hay instalados bajo las calles de Chicago. Los reporteros
contaban los sucesos, por teléfono, a unos escribientes que llevaban
auriculares; los escribientes transcribían los sucesos a unas hojas
ciclostiladas; las narraciones ciclostiladas eran metidas dentro de unos
cartuchos de latón y terciopelo, y los cartuchos se los tragaban los tubos
neumáticos. Ah, casi todos los reporteros y escribientes que realizaban su
trabajo más concienzuda y meticulosamente eran mujeres que habían reemplazado
en el trabajo a hombres que se habían marchado a la guerra.
El primer suceso del que informé lo tuve que dictar por teléfono
a una de esas feroces muchachas. Se refería a un joven veterano que estaba
empleado como ascensorista de un viejo cacharro instalado en un edificio de
oficinas. La puerta del ascensor del primer piso estaba adornada con una
especie de encaje de hierro. Una hiedra de hierro entraba y salía por los
agujeros. Y una ramita de hierro sostenía a dos pajarillos, de hierro,
haciéndose el amor.
Pues bien, aquel día el tal veterano había decidido llevar su
coche al sótano. Cerró la puerta del ascensor y empezó a bajar. Pero su anillo
de casado se engarzó en los pajarillos, y él quedó colgando en el aire,
mientras su coche bajaba. Como suena.
De manera que conté eso por teléfono, y la mujer del ciclostil
me preguntó:
—¿Qué dijo la esposa del veterano?
—Todavía no lo sabe —respondí—. Acaba de suceder.
—Llámela y obtenga una declaración.
—¿Cómo?
—Dígale que es usted el capitán Finn, del Departamento de
Policía. Dígale que tiene tristes noticias para ella. Déle las noticias. Y a
ver qué dice.
Así lo hice. Dijo algo parecido a lo que cualquiera esperaría
que dijera en un caso semejante. Había un bebé por medio... etc.
Cuando volví a la oficina, la escribiente me preguntó, con un
interés únicamente informativo, qué aspecto tenía el individuo después de haber
sido aplastado.
Yo se lo dije.
—¿Le preocupa eso? —me preguntó.
Estaba comiendo una barra de caramelo Tres Mosqueteros.
—¡Claro que no, Nancy! —le contesté—. He visto montones de casos
peores que éste durante la guerra.
Ya entonces se suponía que estaba escribiendo un libro sobre
Dresde, que, en América, todavía no era un bombardeo muy famoso. Pocos
americanos sabían que había sido mucho peor que Hiroshima, por ejemplo. Yo
tampoco lo sabía. No se había hecho mucha publicidad.
En cierta ocasión, en un cóctel, me encontré con un profesor de
la Universidad de Chicago y le conté el bombardeo tal como yo lo había visto.
También le hablé del libro que pensaba escribir. El profesor, que era miembro
de una cosa que se llamaba «Comité del Pensamiento Social», me habló de los
campos de concentración, de cómo los alemanes habían hecho jabón y velas con la
grasa de los judíos muertos... etc.
Todo lo que pude decir fue:
—Lo sé, lo sé, lo sé.
Ciertamente, la Segunda Guerra Mundial había endurecido mucho a
todo el mundo. Yo me convertí en agente de relaciones públicas de la General
Electric en Schenectady, Nueva York, y en bombero voluntario del pueblo de
Alplaus, donde compré mi primer hogar. Mi jefe era uno de los individuos más
duros que he conocido y que sin duda conoceré. Había sido teniente coronel en
el Departamento de Relaciones Públicas de Baltimore y, estando yo en
Schenectady, se hizo miembro de la Iglesia Reformada Holandesa, que es una
iglesia muy dura.
Acostumbraba preguntarme desdeñosamente por qué no había sido
oficial. Y lo decía como acusándome de haber hecho algo malo.
Mi mujer y yo ya no estábamos rollizos como bebés. Eran nuestros
años flacos. Teníamos por amigos a montones de flacos veteranos con sus flacas
esposas. Yo pensaba que los veteranos de Schenectady más simpáticos, agradables
y divertidos, aquellos que odiaban más la guerra, eran los que en realidad
habían luchado.
Entonces escribí a las Fuerzas Aéreas, pidiendo detalles sobre
el bombardeo de Dresde, quién lo ordenó, cuántos aviones tomaron parte en el
mismo, por qué lo hicieron, qué objetivos buscados se habían conseguido, cosas
así. Me contestó un hombre que, como yo, trabajaba en relaciones públicas,
diciendo que lo sentía mucho, pero que la información continuaba siendo alto
secreto.
Leí la carta a mi esposa en voz alta y dije:
—¿Secreto? Dios mío, ¿de quién?
Por aquel entonces formábamos la Unión de Federalistas
Mundiales... Ahora, en cambio, no sé lo que somos. Telefoneadores, supongo.
Porque telefoneamos mucho, y yo lo hago, en cualquier caso, a altas horas de la
noche...
Un par de semanas después de haber llamado por teléfono a mi
viejo camarada de guerra Bernard V. O'Hare, fui a verle en persona. Esto
sucedería en 1964 más o menos, durante la celebración de la Feria Mundial de
Nueva York. Eheu, fugaces labuntur anni. Mi nombre es Yon Yonson... Había en
Estambul un joven...
Me llevé a dos niñas, mi hija Nanny y su mejor amiga, Allison
Mitchell. No habían salido nunca de Cape Cod. En el camino cruzamos un río, y
paramos para que las dos chiquillas pudieran bajar a mirarlo y meditar un rato
sobre él. Nunca hasta entonces habían visto agua en esa forma: larga, estrecha
y lisa. El río era el Hudson, y por su curso nadaban carpas tan grandes como
submarinos atómicos.
También encontramos cascadas y arroyuelos que saltaban entre las
rocas y se sumergían en el valle de Delaware. Había muchas cosas que nos
tentaban a hacer un alto en el camino: las observábamos y luego reemprendíamos
la marcha. Siempre llega el momento de partir. Las niñas llevaban blancos
vestidos de fiesta y zapatos negros, también de fiesta, para que los forasteros
pudieran darse cuenta al instante de lo bonitas que eran. «Tenemos que irnos,
niñas», decía. Y nos marchábamos.
Cuando se puso el sol, fuimos a cenar a un restaurante italiano,
y después llamé a la puerta principal de la hermosa mansión de piedra de
Bernard V. O'Hare. Yo llevaba una botella de whisky irlandés en forma de
campanilla de mesa.
Conocí a su encantadora esposa, Mary, a quien he dedicado este
libro. También se lo he dedicado a Gerhard Müller, el taxista de Dresde. Mary
O'Hare es enfermera titulada, lo cual es una cosa magnífica para una mujer.
Mary cumplimentó a las dos niñas que traía conmigo y se las
llevó escaleras arriba, con sus hijos, para que jugaran juntos y vieran la
televisión. Sólo después de que los niños se hubieron marchado me di cuenta de
que yo no le gustaba a Mary, o que no le gustaba algo de aquella noche. Se
mostraba cortés, pero fría.
—Tenéis una casa preciosa y agradable —dije.
Y era cierto. Pero ella hizo como si no hubiera oído, y comentó:
—He arreglado un lugar donde podréis charlar tranquilos, sin que
os molesten.
—Bien —contesté, e imaginé en seguida dos sillones de piel junto
al hogar encendido de una salita artesonada, donde dos viejos soldados podrían
beber y charlar. Pero ella nos llevó a la cocina y nos hizo sentar en dos
sillas de rígido respaldo, junto a la típica mesa de blanca y brillante
superficie. Lo de la superficie deslumbrante era producto de una bombilla de
doscientos watios que se reflejaba directamente en ella. Mary nos había
preparado un quirófano. Y, para postre, puso un solo vaso sobre la mesa, para
mí. Explicó que O'Hare no podía beber nada fuerte desde la guerra.
Nos sentamos. O'Hare estaba algo confuso, pero no me decía lo
que ocurría. Por mi parte, no podía imaginar qué era lo que podía molestar a
Mary de aquella manera. Yo era un hombre de buena familia, me había casado
solamente una vez, no era un borracho y no le había hecho nada sucio a su
marido durante la guerra.
Ella se sirvió una cocacola, haciendo un ostentoso ruido con los
cubitos de hielo sobre la fregadera de acero inoxidable. Después, se fue al
otro extremo de la casa. Pero aún no descansó. Se movía por todas partes,
abriendo y cerrando puertas, e incluso removiendo muebles como si quisiera
desahogar su ira de una forma u otra.
Le pregunté a O'Hare qué podía haber hecho o dicho para
irritarla de aquella manera.
—Todo va bien —dijo él—. No te preocupes por ello. No tiene nada
que ver contigo.
Evidentemente quería mostrarse amable. Pero estaba mintiendo.
Todo estaba relacionado conmigo.
Intentamos ignorar a Mary y recordar cosas de la guerra. Tomé un
par de tragos de la botella que había traído. Empezamos a sonreír o a reírnos,
a medida que nos venían a la memoria distintas anécdotas de la guerra, pero
ninguno de los dos podía recordar nada bueno de verdad. O'Hare recordaba a un
muchacho que bebió tanto vino en Dresde antes del bombardeo, que lo tuvimos que
llevar a casa en una carretilla. No había mucho que escribir sobre ello. Yo
recordé a dos soldados rusos que habían saqueado una fábrica de relojes hasta
llenar un carro con ellos, y que se sentían felices andando borrachos y fumando
grandes cigarros liados con papel de periódico.
Estábamos allí intentando recordar, y Mary continuaba haciendo
ruido. Al final entró en la cocina otra vez y tomó otra cocacola. De nuevo sacó
una bandeja de cubitos de la nevera, a pesar de que aún quedaba un montón de
hielo, y la golpeó en la fregadera.
Después se volvió hacia mí, permitiéndome comprobar lo enfadada
que estaba y lo culpable que era yo de su enojo. Había estado todo el tiempo
hablando consigo misma, de manera que lo que entonces dijo fue sólo un
fragmento de una conversación muy larga:
—¡Entonces no erais más que niños!
—¿Qué? —pregunté.
—Durante la guerra no erais más que unos niños, como los que
ahora juegan arriba.
Asentí. Era cierto, durante la guerra no éramos más que unos
necios e ingenuos bebés, recién sacados del regazo de la madre.
—Pero no lo escribirás así, claro —prosiguió. No era una
pregunta; era una acusación.
—Yo... no sé —balbucí.
—Pues yo sí que lo sé —exclamó—. Pretenderás hacer creer que
erais verdaderos hombres, no unos niños, y un día seréis representados en el
cine por Frank Sinatra, John Wayne o cualquier otro de los encantadores y
guerreros galanes de la pantalla. Y la guerra parecerá algo tan maravilloso que
tendremos muchas más. Y la harán unos niños como los que están jugando arriba.
Entonces comprendí. Era la guerra lo que la ponía fuera de sí.
No quería que sus hijos ni los hijos de nadie murieran en la guerra. Y creía
que las guerras eran promovidas y alentadas, en parte, por los libros y el
cine.
Así pues, levanté mi mano derecha y le hice una promesa.
—Mary —dije—, no creo que nunca llegue a terminar ese libro.
Hasta este momento habré escrito por lo menos cinco mil cuartillas, y todas las
he quemado. Sin embargo, si algún día lo termino, te doy mi palabra de honor de
que no habrá ningún papel para Frank Sinatra o John Wayne... Y además —añadí—,
lo llamaré La Cruzada de los Inocentes.
Después de eso, Mary O'Hare fue amiga mía.
O'Hare y yo abandonamos los recuerdos y fuimos a la salita para
charlar de otras cosas. Sentimos una súbita curiosidad por saber algo de la
verdadera Cruzada de los Inocentes, y O'Hare se puso a buscar en un libro que
tenía, titulado Extraordinarios errores populares y la locura de las
multitudes, de Charles Mackay, doctor en leyes. Fue publicado por primera vez
en Londres, en 1841.
Mackay tenía muy mala opinión de todas las Cruzadas. La Cruzada
de los Inocentes (o Cruzada de los Niños) le afectó solamente un poco más que
las otras diez Cruzadas de los adultos. O'Hare leyó en voz alta este bello
pasaje:
«La historia nos informa, en sus solemnes páginas, de que los
cruzados no fueron otra cosa que hombres ignorantes y salvajes, movidos
únicamente por un fanatismo inmoderado, y de que su camino era el de la sangre
y el llanto. Sin embargo, los relatos han exaltado siempre su piedad y su
heroísmo, retratando con sus más ardientes y vehementes matices su magnanimidad
y sus virtudes, y el imperecedero honor que conquistaron para sí, y el gran
servicio que prestaron a la Cristiandad.»
Y, tras una breve pausa, este otro:
«Ahora bien, ¿cuál fue el resultado de todas esas luchas? Que
Europa perdiera gran parte de sus tesoros y la sangre de dos millones de sus
hombres. Y todo ello para que un puñado de caballeros pendencieros retuvieran
la posesión de Palestina durante cerca de un siglo.»
Mackay nos decía que la Cruzada de los Niños había empezado en
1213, cuando dos monjes tuvieron la idea de reclutar ejércitos de niños en
Francia y Alemania, para venderlos como esclavos en el norte de África. Se
presentaron treinta mil niños voluntarios, creyendo que irían a Palestina. Y
Mackay concluía:
«Se trataba, sin duda, de niños abandonados y sin trabajo, de
esos que generalmente abundan en las grandes ciudades, de esos que se nutren
del vicio y la desvergüenza, y que están siempre dispuestos a cualquier cosa.»
El papa Inocencio III también creía que aquellos niños iban a
Palestina y se sentía conmovido: «¡Estos niños están despiertos mientras
nosotros dormimos!», decía. Pero la mayoría de aquellos niños fueron embarcados
en Marsella, y cerca de la mitad perdieron la vida en naufragios. La otra mitad
llegaron al norte de África, donde fueron vendidos.
Sin embargo, resulta que, a causa de un malentendido, algunos
niños fueron enviados a Génova, donde no había ningún barco de esclavos que los
esperara. Allí, unas buenas gentes les dieron de comer y los alojaron para,
después de charlar amablemente con ellos, darles un poco de dinero, muchos
consejos y devolverlos a sus casas.
—¡Hurra por la buena gente de Génova! —exclamó Mary O'Hare.
Aquella noche dormí en uno de los dormitorios de los niños.
O'Hare había dejado sobre la mesita de noche un libro para mí. Era Dresde:
historia, arte y paisaje, de Mary Endell, publicado en 1908. La introducción
empezaba así:
«Existe la esperanza de que este libro sea útil. Intenta dar a
los lectores de habla inglesa una noción a vista de pájaro de cómo Dresde llegó
a ser lo que es arquitectónicamente, y de cómo creció musicalmente a través del
genio de unos pocos hombres, hasta su presente florecimiento. También pretende
llamar la atención sobre ciertas obras de arte permanentes que hacen de su
museo el refugio de quienes buscan impresiones duraderas.»
Más adelante, leí algo de su historia:
«En 1760, Dresde fue sitiada por los prusianos. El 15 de julio
empezaron a disparar los cañones. El museo pictórico se incendió, y a pesar de
que muchas de las telas habían sido trasportadas al Königstein, algunas de
ellas fueron gravemente dañadas por los cascos de metralla, sobre todo el
"Bautismo de Cristo" de Francia. Además, la antigua torre de
Kreuzkirche, desde la cual se habían estado vigilando los movimientos del
enemigo de día y de noche, fue pasto de las llamas para derrumbarse poco
después. En contraste con el doloroso destino de la Kreuzkirche, la
Frauenkirche se mantuvo, con sus duras cúpulas de piedra que hacían rebotar las
bombas prusianas como si de lluvia se tratara. Finalmente, Federico se vio
obligado a abandonar el sitio, al enterarse de la caída de Glatz, el punto
clave de sus nuevas conquistas. "Debemos correr hacia Silesia así no lo
perderemos todo", dijo.
La devastación de Dresde no tuvo límites. Cuando Goethe visitó
la ciudad, siendo un joven estudiante, encontró aún tristes ruinas y escribió:
"Desde la cúpula de la iglesia de Nuestra Señora contemplé los montones de
escombros esparcidos por toda la ciudad. El sacristán me ponderó el genio
previsor del arquitecto que proyectó la cúpula y la iglesia construyéndolas a
prueba de bombas y terremotos. El buen sacristán me señalaba ruinas por todas
partes y, vacilando, exclamó lacónicamente: ¡Esto es lo que ha hecho el
enemigo!»
A la mañana siguiente, las dos niñas y yo cruzamos el río
Delaware por el mismo lugar en que lo había hecho George Washington, y fuimos a
visitar la Feria Mundial de Nueva York. Allí vimos lo que había sido el pasado
según la Ford Motor Company y Walt Disney, y también lo que sería el futuro
según la General Motors.
Y yo me interrogué sobre el presente: ¡cuán amplio era, cuán
profundo y cuán al alcance de mi mano estaba el conservarlo!
Después de eso estuve enseñando, durante un par de años,
creación literaria en la famosa Escuela de Escritores de la Universidad de
Iowa, donde me metí en maravillosas dificultades, de las que ya me he librado.
Daba clase por las tardes, y por las mañanas escribía. No se me podía molestar.
Estaba trabajando en mi famoso libro sobre Dresde.
Y fue allí donde un hombre excelente llamado Seymour Lawrence me
ofreció un contrato por tres libros. Entonces le dije:
—Está bien; el primero de ellos será mi famoso libro sobre
Dresde.
Ahora le he dicho (los amigos de Seymour Lawrence le llaman
Sam):
—Sam, he aquí el libro.
Mira, Sam, si este libro es tan corto, confuso y discutible, es
porque no hay nada inteligente que decir sobre una matanza. Después de una
carnicería sólo queda gente muerta que nada dice ni nada desea; todo queda
silencioso para siempre. Solamente los pájaros cantan.
¿Y qué dicen los pájaros? Todo lo que se puede decir sobre una
matanza; algo así como «¿Pío-pío-pi?»
Les he enseñado a mis hijos que jamás tomen parte en matanza
alguna bajo ningún pretexto, y que las noticias sobre el exterminio y la
derrota de sus enemigos no deben producirles ni satisfacción ni alegría.
También les he inculcado que no deben trabajar en empresas que
fabriquen máquinas de matar, y que deben expresar su desprecio por la gente que
las cree necesarias.
Como antes dije, recientemente volví a Dresde con mi amigo
O'Hare. Lanzamos millones de carcajadas en Hamburgo, en Berlín Oeste, en Berlín
Este, en Viena, en Salzburgo, en Helsinki y también en Leningrado. Para mí fue
vital, ya que viví con autenticidad las bases para varios posibles libros. Uno
de ellos se llamará: Ruso barroco, otro Sin besos, otro Bar Dólar y otro,
quizá, Si la casualidad lo permite, etcétera.
Y así sucesivamente.
El vuelo Filadelfia-Boston-Frankfurt lo realizaba un aparato de
Lufthansa, que O'Hare cogería en Filadelfia y yo en Boston, con objeto de hacer
el viaje juntos. Pero Boston estaba imposible, y el avión se dirigió
directamente a Frankfurt, desde Filadelfia. Entonces me convertí en un ser sin
personalidad sumergido en la niebla de Boston, y la Lufthansa me colocó en un
autocar, junto con otros seres sin personalidad, que me llevó a un motel para
pasar una noche que no fue noche.
El tiempo no pasaba. Alguien debía de estar manipulando los
relojes, y no tan sólo los eléctricos sino también los de cuerda, pues la
segundera de mi reloj de pulsera hacía un tic, dejaba transcurrir un año, y
finalmente hacía el tac.
Pero lo peor era que uno no podía hacer nada. Como cualquier
terrestre vulgar, debía creer en los relojes y en los calendarios.
Llevaba conmigo dos libros, para leerlos en el avión. Uno era
Palabras para el viento, de Theodore Roethke, en el que encontré lo siguiente:
Despierto mientras duermo, despierto lentamente.
Siento mi destino en lo que no puedo temer.
Y aprendo por el camino adonde tengo que acudir.
El otro libro era de Erika Ostrovsky, titulado Céline y su
sueño. Céline era un valiente soldado francés al que, durante la Primera Guerra
Mundial, le rompieron el cráneo. Después de eso no podía dormir, y sentía como
si su cabeza estuviera llena de ruidos. Estudió medicina y se dedicó, durante
el día, a curar a la gente pobre, y por la noche, a escribir novelas. El arte
no es posible si no baila como pareja de la muerte, escribía.
Y también: «La verdad es la muerte. Yo he luchado valientemente
contra ella, tanto como he podido..., he bailado con ella, la he abrazado...,
la he cubierto de flores..., la he adornado con cintas...»
El tiempo le obsesionaba. La Ostrovsky me recordaba la
sorprendente escena de Muerte a plazos, cuando Céline quiere detener el
bullicio de una calle llena de gente. Grita, en el papel: «¡Deténlos..., no
dejes que puedan moverse...! ¡Ahí mismo, congélalos... de una vez para
siempre...! ¡Así no desaparecerán!»
Busqué una historia de destrucción entre las páginas de la
Biblia que había en la habitación del motel. Leí: Al tiempo que el sol salía
sobre la tierra, llegó Lot a Segor. Entonces, Yavé hizo llover sobre Sodoma y
Gomorra azufre y fuego desde su cielo. Y destruyó estas ciudades y toda la
llanura, todos los habitantes de las ciudades y toda la vegetación del suelo.
Eso es.
Como ya es sabido, ambas ciudades estaban llenas de gente vil.
El mundo seguiría mejor sin ellos.
Y desde luego, a la esposa de Lot le dijeron que no mirara hacia
atrás, donde habían estado todas esas gentes y sus hogares. Pero ella se volvió
para mirar, y eso fue lo que me gustó. ¡Es tan humano!
Como castigo quedó convertida en estatua de sal. Eso es.
La gente no debe mirar hacia atrás. Ciertamente, yo no volveré a
hacerlo. Ahora que he terminado mi libro de guerra, prometo que el próximo que
escriba será divertido.
Porque éste será un fracaso. Y tiene que serlo a la fuerza, ya
que está escrito por una estatua de sal, empieza así:
Oíd:
Billy Pilgrim ha volado fuera del tiempo...
y termina así:
¿Pío-pío-pi?
2
Oíd:
Billy Pilgrim ha volado fuera del tiempo.
Billy se ha acostado siendo un viejo viudo y se ha despertado el
día de su boda. Ha entrado por una puerta en 1955 y ha salido por ella en 1941.
Ha vuelto a traspasar esa puerta y se ha encontrado en 1963. Ha visto su
nacimiento y su muerte muchas veces, según dice, y viaja al azar hacia
cualquier momento de su vida. Eso dice.
Billy es espástico en cuanto al tiempo; no puede controlar lo
que va a sucederle y sus excursiones no siempre son divertidas. Vive en
constante temor, dice, pues no sabe nunca qué parte de vida le va a tocar
representar al momento siguiente.
Billy nació en 1922 en Ilium, Nueva York, hijo único del barbero
del lugar. Fue un niño de aspecto gracioso, que se convirtió en un joven de
gracioso aspecto, alto y delgado, con el cuerpo en forma de botella de
cocacola. Terminó sus estudios en la Escuela Superior de Ilium, quedando entre
el tercio superior de la clase, y asistió a las clases nocturnas de la Escuela
de Óptica de Ilium durante un semestre, antes de que fuera requerido para el
servicio militar, durante la Segunda Guerra Mundial. Su padre murió en un
accidente de cacería, en el curso de la guerra. Así fue.
Billy prestó servicio en infantería y, destacado en Europa, fue
hecho prisionero por los alemanes. Después de su honrosa licencia del ejército
en 1945, Billy volvió de nuevo a la Escuela de Óptica de Ilium. Durante el
segundo año de sus estudios se prometió con la hija del fundador y dueño de la
escuela, y luego sufrió una leve depresión nerviosa.
Estuvo bajo tratamiento en un hospital de veteranos cercano a
Lake Placid. Y cuando finalmente le dejaron marchar, se casó con su prometida,
terminó sus estudios y su suegro le montó un negocio en Ilium. Aquélla es una
ciudad particularmente buena para los ópticos, puesto que allí se encuentra la
Compañía General de Forja y Fundición. Todo empleado tiene la obligación de
estar en posesión de unas gafas de seguridad y de llevarlas mientras esté
trabajando en la fábrica. Pues bien, la GF & F tiene sesenta y ocho mil
empleados en Ilium..., lo cual representa muchas lentes y muchas monturas.
El dinero está en las monturas.
Billy se hizo rico y tuvo dos hijos, Barbara y Robert. A su
tiempo Barbara se casó con otro óptico, a quien Billy montó un negocio, y
Robert... Bueno, el hijo de Billy tuvo muchos problemas en la escuela superior.
Pero después se alistó en los famosos Boinas Verdes, sentó la cabeza, se
convirtió en un agradable muchachote y luchó en Vietnam.
A principios de 1968 un grupo de ópticos, entre los que estaba
Billy, fletaron un avión para que les llevara de Ilium a Montreal, donde había
una convención internacional de óptica. El avión se estrelló en la cima del
monte Sugarbush, en Vermont, y murieron todos menos Billy. Así fue.
Mientras Billy se recuperaba en un hospital de Vermont, su
esposa murió de un envenenamiento accidental de monóxido de carbono. Así fue.
Cuando finalmente Billy volvió a su casa de Ilium, después del
accidente de aviación que le dejó una terrible cicatriz en la parte superior
del cráneo, estuvo tranquilo durante algún tiempo. No reemprendió su trabajo.
Contrató un ama de llaves, aparte de que su hija iba a visitarle casi
diariamente.
Fue entonces cuando, de improviso, sin advertencia alguna, Billy
se marchó a Nueva York y acudió a un programa nocturno de radio dedicado a
temas diversos. Dijo lo de que vivía fuera del tiempo, y también lo de que
había sido raptado por un platillo volante en 1967. El platillo, explicó,
procedía del planeta Tralfamadore, adonde le llevaron para exhibirle desnudo en
un zoo y aparejarle, en público, con una estrella de cine terrestre llamada
Montana Wildhack.
Algunas lechuzas nocturnas de Ilium oyeron a su conciudadano por
la radio, y una de ellas llamó a la hija de Billy, Bárbara, que se sintió muy
disgustada. Ella y su marido fueron a Nueva York y se llevaron a Billy a su
casa. El hombre insistía mansamente en que todo lo que había dicho por la radio
era verdad. Explicó que había sido raptado por los tralfamadorianos la noche
del día de la boda de su hija. No lo habían echado de menos, afirmó, porque
aquellos seres extraplanetarios lo condujeron a través de la urdimbre del
tiempo, de manera que él había podido estar en Tralfamadore durante años, y aun
así ausentarse de la Tierra solamente por espacio de un microsegundo.
Pasó otro mes sin incidencias, hasta que Billy escribió una
carta al News Leader de Ilium, que fue publicada. En ella describía a las
criaturas de Tralfamadore.
Decía que medían sesenta centímetros de altura, que eran verdes
y que tenían una forma como si hubieran sido hechos por algún fontanero. Sus
remaches o ventosas descansaban sobre el suelo, y sus tuberías, que eran
extremadamente flexibles, apuntaban generalmente al cielo. Además, en el
extremo de cada una de estas tuberías o cañerías había una pequeña mano con un
ojo verde en la palma. Esas criaturas eran amistosas, podían ver en cuatro
dimensiones —por lo que compadecían a los terrestres, que no pueden ver más que
en tres— y tenían muchas cosas maravillosas que enseñarnos, especialmente sobre
el tiempo. Billy prometía hablar de alguna de esas cosas maravillosas en su
próxima carta.
Todavía estaba Billy trabajando en esta segunda carta, cuando
fue publicada la primera. La segunda carta empezaba así:
«Lo más importante que he aprendido en Tralfamadore es que
cuando una persona muere, sólo muere aparentemente. Continúa estando muy viva
en el pasado, y por lo tanto es muy estúpido que la gente llore en su funeral.
Todos los momentos, el pasado, el presente y el futuro, siempre han existido y
siempre existirán. Los tralfamadorianos pueden contemplar todos los momentos
diferentes de la misma forma que usted, por ejemplo, puede observar cualquier
trecho de las Montañas Rocosas, Se dan cuenta de la permanencia de todos los
momentos, y pueden contemplar cualquiera de ellos que les interese. Aquí en la
Tierra creemos que un momento sigue a otro, como los guisantes dentro de la
vaina, y que cuando un momento pasa ya ha pasado para siempre, pero no es más
que una ilusión.
»Cuando un tralfamadoriano ve un cadáver, todo lo que se le
ocurre pensar es que la persona muerta se encuentra en malas condiciones en
aquel momento particular; pero sabe que aquella misma persona puede encontrarse
estupendamente en muchos otros momentos. Ahora, después de aquella experiencia
junto a ellos, cuando oigo decir que alguien ha muerto, me encojo de hombros,
simplemente, y digo lo que los tralfamadorianos dicen acerca de las personas
muertas, esto es: "Así son las cosas".»
Y así sucesivamente.
Billy trabajaba en aquella carta en la habitación trasera del
sótano de su vacía casa. Era el día libre de su ama de llaves. Y la razón por
la que estaba escribiendo allí, y no en cualquier otra parte, era que la única
máquina de escribir que tenía —un auténtico trasto viejo que pesaba tanto como
un acumulador— no había fuerza humana que pudiera trasladarla fácilmente.
La calefacción de gas oil se había apagado —un ratón había roído
el alambre que accionaba el termostato— y la temperatura de la casa había
descendido hasta los diez grados centígrados. Pero Billy ni se había enterado.
Y no es que fuera muy abrigado, pues iba con los pies descalzos y todavía
vestía el pijama con un albornoz encima, a pesar de que era ya entrada la
tarde.
Los pies desnudos de Billy estaban fríos y marmóreos. Pero las
fibras de su corazón eran, a pesar de todo, como carbones ardientes. Lo que le
hacía sentir tanto calor era la creencia de que iba a conseguir la felicidad de
mucha gente al decir la verdad sobre el tiempo. El timbre de la puerta, en el
piso de arriba, había estado llamando una y otra vez sin que él oyera nada. Era
su hija Barbara, que al fin entró utilizando un llavín y recorrió la casa
llamando: «¿Papá? ¿Papá, dónde estás?» Y otras cosas por el estilo.
Billy no le contestó, porque no la oía, de manera que ella fue
poniéndose más y más histérica, esperando encontrar el cadáver de su padre de
un momento a otro. De pronto se le ocurrió buscar en el último lugar que le
quedaba por mirar: la habitación del sótano.
—¿Por qué no me has contestado cuando te llamaba? —preguntó
Barbara, de pie en la puerta del sótano. Traía un ejemplar del periódico de la
tarde, en el que Billy había descrito a sus amigos de Tralfamadore.
—No te había oído —contestó Billy.
La situación en aquel momento era ésta: Barbara tenía sólo
veintiún años, pero creía que su padre era un viejo aun cuando éste no tuviera
más que cuarenta y seis. Pensaba que su progenitor estaba senil a causa del
daño sufrido por el accidente de aviación, y además se consideraba a sí misma
el cabeza de familia, ya que había tenido que hacerse cargo de los funerales de
su madre. También había tenido que preocuparse de encontrar un ama de llaves
para Billy y todo lo demás. Aparte de esto, Barbara y su marido tenían que
cuidar de los intereses comerciales de Billy, que eran considerables, ya que a
él parecían importarle un comino sus negocios. En fin, que todas esas
responsabilidades, a tan temprana edad, la habían vuelto un poco impertinente.
Y, entretanto, Billy persistía en mantener su dignidad
persuadiendo a Barbara y a todo el mundo de que estaba muy lejos de ser un
viejo caduco, y de que, por el contrario, se dedicaba fervientemente a
responder a una llamada mucho más importante que la de los simples negocios.
Creía, nada menos, que su oficio era el de prescribir unos
lentes correctores para las almas terrestres, ya que muchas de ellas estaban
perdidas y afligidas porque, pensaba Billy, no tenían una visión de las cosas
como la de sus pequeños amigos verdes de Tralfamadore.
—No me mientas, papá —dijo Barbara—. Sé perfectamente bien que
me oíste cuando te llamé.
Era una muchacha bastante bonita, a excepción de las piernas,
que parecían las patas de un gran piano eduardiano. Luego descargó su furor
sobre él a causa de la carta del periódico. Le dijo que estaba haciendo de sí
mismo y de cuantos le rodeaban el hazmerreír de la ciudad.
—Papá, papá, papá —concluyó Barbara—, ¿qué vamos a hacer
contigo? ¿Vas a obligarnos a llevarte donde está tu madre?
La madre de Billy aún vivía. Estaba siempre en cama, en un asilo
de ancianos llamado Pine Knoll y situado en un extremo de Ilium.
—¿Qué pasa con mi carta que te ha enfurecido tanto? —quiso saber
Billy.
—Pues que es una locura. ¡Nada de eso puede ser verdad!
—Todo es verdad.
Estaba claro que Billy no iba a enfurecerse como su hija, pues
él nunca se enfadaba por nada. En este aspecto era maravilloso.
—No hay ningún planeta llamado Tralfamadore —arguyó ella.
—Lo que sucede es que no puede ser detectado por la Tierra, si
es que te refieres a eso —explicó Billy—. Tampoco la Tierra puede ser detectada
desde Tralfamadore. Ambos son muy pequeños. Y están muy alejados el uno del
otro.
—¿De dónde sacaste un nombre tan extraño como Tralfamadore?
—Es así como lo llaman las criaturas que lo habitan.
—¡Oh, Dios mío! —estalló Barbara, que desahogó su irritación
volviéndose de espaldas a él y golpeándose los puños—. ¿Puedo hacerte una
pregunta muy simple?
—Claro.
—¿Por qué nunca mencionaste nada de eso antes del accidente de
aviación?
—Porque consideré que el mundo no estaba todavía maduro.
Y así sucesivamente. Billy dice que se alejó del tiempo por
primera vez en 1944, mucho antes de su viaje a Tralfamadore. Los
tralfamadorianos no tenían nada que ver con su alejamiento. Lo único que
ocurrió es que fueron ellos quienes le hicieron comprender lo que realmente le
sucedía.
Ocurrió durante el apogeo de la Segunda Guerra Mundial, siendo
asistente de un capellán. El asistente del capellán es, por costumbre, objeto
de risa y chanzas en el ejército americano. Y Billy no constituía una
excepción. Era incapaz de hacer daño a sus enemigos o de ayudar a sus amigos.
De hecho no tenía amigos. Simplemente hacía de camarero de un predicador; no
esperaba ni promoción ni medallas, carecía de armas y tenía una fe mansa en un
amoroso Jesús. Tan mansa que a la mayoría de los soldados les parecía
putrefacta.
Mientras estuvieron de maniobras en Carolina del Sur, Billy
tocaba los himnos que había aprendido en su infancia en un pequeño órgano negro
a prueba de agua, que tenía treinta y nueve teclas y dos registros: vox humana
y vox celeste. También se encargaba del mantenimiento de un altar portátil,
constituido por una caja de madera de olivo de color pardo con unas patas
empotradas y forradas de una llamativa felpa escarlata en la que anidaban una
cruz de aluminio anodizado y una Biblia.
El altar y el órgano habían sido construidos por una fábrica de
aspiradores de Camden, Nueva Jersey. Eso es.
En cierta ocasión, estando de maniobras, Billy tocaba «Nuestro
Dios es una poderosa fortaleza» con música de Juan Sebastián Bach y letra de
Martin Luther, cuando apareció un árbitro. Era domingo por la mañana y Billy y
su capellán habían reunido una congregación de unos cincuenta soldados en una
colina de Carolina. Aquel día había árbitros por todas partes, es decir, esos
hombres que dicen quién gana o pierde una batalla teórica, y quién está muerto
o vivo.
El árbitro traía una noticia la mar de cómica: la congregación
había sido el blanco teórico de un teórico avión enemigo, y ahora todos estaban
teóricamente muertos. Después de reír hasta casi reventar, aquellos cadáveres
teóricos se dieron un atracón con una buena y abundante comida.
Años después, recordando ese incidente, Billy se sorprendía
pensando en la aventura tralfamadoriana que había vivido con aquella muerte.
Estuvo muerto y comió al mismo tiempo.
Hacia el final de las maniobras a Billy le dieron un permiso
especial para que fuera a su casa, dado que su padre, el barbero de Ilium,
Nueva York, había sido muerto por un amigo que le disparó mientras cazaban
venados. Así fue.
Al regresar del permiso Billy se encontró con la orden de que
debía atravesar el Atlántico. Lo necesitaban en los cuarteles de una compañía
de un regimiento de infantería que luchaba en Luxemburgo: el asistente del
capellán del regimiento había muerto en acción de guerra. Así fue.
Cuando Billy se unió al regimiento, éste sufría las
consecuencias de un rápido proceso de destrucción bajo el fuego alemán. Era la
famosa batalla de Bulge. Billy no llegó a encontrarse con el capellán al que
debía acompañar, ni recibió nunca un casco de acero o unas botas de combate.
Corría el mes de diciembre de 1944 y los alemanes realizaban el último ataque
importante que hicieron en la guerra.
Billy sobrevivió pero se convirtió en un aturdido vagabundo,
bastante alejado de los nuevos frentes alemanes. Otros tres vagabundos, no tan
aturdidos como él, permitieron que les acompañara. Dos de ellos eran
exploradores y el otro artillero antitanques. No poseían ni alimentos ni mapas,
por lo que, para evitar a los alemanes, fueron penetrando en silenciosos
bosques cada vez más profundos. Comían nieve.
Iban en fila india. En primer lugar caminaban los exploradores,
listos, graciosos y silenciosos, provistos de sendos rifles. Después venía el
artillero antitanques, torpe y aturdido, constantemente al acecho de los
alemanes con un «Cok» 45 automático en una mano y un puñal de trinchera en la
otra. El último era Billy Pilgrim, con las manos vacías, fríamente dispuesto a
morir.
Billy tenía una figura insensata: metro ochenta y ocho de
estatura y un pecho semejante a una caja de cerillas.
No tenía casco, no tenía guerrera, no tenía armas, no tenía
botas. Llevaba los pies metidos en unos zapatos de calle baratos —los mismos
que había calzado en los funerales de su padre— a uno de los cuales le faltaba
el tacón, lo que le hacía andar oscilando arriba-y-abajo, arriba-y-abajo. Este
baile involuntario, arriba-y-abajo, arriba-y-abajo, le producía escozor en la
articulación de la cadera. Su indumentaria, consistía en una chaqueta deportiva
delgada, una camisa, unos pantalones de lana de la que pica, y unos
calzoncillos largos impregnados de sudor.
Era el único de los cuatro que llevaba barba, una barba erizada
y escasa, algunos de cuyos erizados pelos ya eran blancos a pesar de que Billy
tenía veintiún años. Además se estaba quedando calvo y el viento, el frío y el
ejercicio violento habían dado a su rostro un color carmesí.
No se parecía en nada a un soldado. Semejaba un mugriento
pajarraco.
Durante el tercer día de vagabundeo alguien les disparó cuatro
tiros desde lejos mientras cruzaban una estrecha carretera adoquinada. El
primer disparo fue para los exploradores y el siguiente para el artillero
antitanques, cuyo nombre era Roland Weary.
La tercera bala iba dirigida al mugriento pajarraco, que se
había quedado inmóvil en el mismo centro de la carretera. Cuando pasó zumbando
junto a su oreja la mortal avispa, Billy permaneció allí, de pie, cortésmente,
dando otra oportunidad al francotirador. Su interpretación personal de las
reglas de la guerra suponía que al tirador debía concedérsele una segunda
oportunidad. La siguiente bala pasó a unos centímetros de su rótula y se alejó
hasta perderse el sonido.
Mientras tanto, Roland Weary y los exploradores se habían puesto
a salvo en un hoyo. Fue Weary quien le gruñó a Billy. «¡Sal de la carretera,
chulo de putas!» La última palabra constituía una verdadera novedad en el
lenguaje de la gente blanca de 1944. Para Billy, que no había estado nunca con
una puta, aquélla era una expresión fresca y sorprendente. Surtió efecto: le
hizo despertar y apartarse de la carretera.
—Otra vez te he salvado la vida, necio bastardo —dijo Weary a
Billy, en el hoyo.
Había estado salvándole la vida continuamente. Con aquel
muchacho era absolutamente necesario echar mano de la crueldad pues él no
hubiera dado un solo paso para salvarse. En efecto, Billy quería abandonar.
Tenía frío, hambre, aturdimiento y era incompetente. Para él, en aquellos
momentos apenas existían diferencias entre estar dormido o estar despierto; ya
no distinguía entre andar o quedarse quieto.
Deseaba que todo el mundo le dejara solo. «Muchachos, continuad
sin mí», repetía una y otra vez.
La guerra era una cosa tan nueva para Billy como para Weary.
Porque también éste era un sustituto. Formaba parte de una batería de
artilleros, pero solamente había ayudado a disparar un proyectil, en un cañón
antitanque de 57 milímetros. El cañón hizo un ruido desgarrado, como si se
hubiera abierto la cremallera de la bragueta del Dios Todopoderoso, y barrió la
nieve llevándose por delante la vegetación. El disparo no dio en el blanco,
pero la huella dejada en el suelo mostró con toda exactitud a los alemanes el
camuflado escondrijo del arma.
El tanque «Tigre» a quien iba destinado el cañonazo giró
lentamente su hocico de 88 milímetros, vio el rastro en el suelo y disparó.
Murieron todos los de la batería menos Weary. Así fue.
Roland Weary tenía sólo dieciocho años cuando esto ocurría, y se
encontraba al final de una desdichada infancia pasada en su mayor parte en
Pittsburg, Pennsylvania. En su ciudad natal nadie le podía ver. Y no le podían
ver porque era estúpido, gordo y tacaño, y porque olía como un cerdo por mucho
que se lavase. La gente no quería ni verle y por eso se lo quitaban de encima.
A Weary le ponía malo eso de que se lo quitaran de encima.
Cuando alguien se desembarazaba de él iba en busca de otra persona que todavía
fuera menos popular, rondaba con ella durante algún tiempo simulando ser un
buen amigo, y después buscaba cualquier pretexto para pelearse con ella y
hacerle sacar las tripas por la boca.
Era un modelo en su género. Comenzó a mantener unas relaciones
locas, sexuales y criminales con las personas a quienes había pegado alguna
vez. Les hablaba de la colección de armas de fuego, de espadas, de instrumentos
de tortura, de piernas metálicas y demás que tenía su padre. El padre de Weary,
que era lampista, poseía una colección de cosas de éstas que estaba asegurada
en cuatro mil dólares. Y no era él sólo quien se divertía con este hobby:
pertenecía a un club compuesto por personas que coleccionaban tales objetos.
En cierta ocasión el padre de Weary regaló a la madre de Weary
un retuerce-pulgares español que todavía funcionaba, para que lo utilizara como
pisapapeles. Otra vez le hizo una lamparilla de mesa cuya base era una
reproducción de treinta centímetros de altura de la famosa «Doncella de Hierro
de Nuremberg». La verdadera «Doncella de Hierro» era un instrumento de tortura
de la Edad Media que consistía en una especie de recipiente con forma de mujer
por fuera y forrado con clavos por dentro, cuya mitad delantera estaba
compuesta por dos puertas. La idea era poner dentro al criminal, y después
cerrar las puertas lentamente. En el lugar de los ojos había dos clavos
especiales, y en su base tenía un agujero para dejar salir la sangre. Así es.
Weary había hablado a Billy Pilgrim de la «Doncella de Hierro»,
del agujero que tenía en la base y de su utilidad. También le había hablado de
los dum-dum y de la pistola «Derringer» de su padre, que podía llevarse en el
bolsillo del chaleco y aun así agujerear a un hombre y «atravesarlo
limpiamente».
Una vez apostó a que Billy no sabía siquiera lo que era un
canalón de sangre. Billy creyó adivinar que se trataba del desagüe de la
«Doncella de Hierro», pero estaba equivocado. Un canalón de sangre, según supo
después, es el ligero surco que existe en la hoja de una espada o una bayoneta.
También le habló Weary a Billy de las torturas sobre las que
había leído o visto en el cine, o que había oído por la radio, y de otras
torturas que él mismo había inventado. Una de sus invenciones consistía en
meter un taladro de dentista por los oídos de un individuo. Un día le preguntó
a Billy cuál creía que era la peor forma de ejecución. Y como éste no tuviera
opinión al respecto, la respuesta correcta resultó ser: «Se ata al tío en un
hormiguero del desierto boca arriba, se le unta el escroto con miel y se le
cortan los párpados para que tenga que mirar al sol hasta que muera.» Así es.
Ahora, echados en el hoyo después de los fallidos disparos,
Weary obligó a Billy a echar una detenida ojeada a su cuchillo de trinchera. No
formaba parte del equipo que había recibido del gobierno. Era un regalo de su
padre. Tenía ana hoja de diez centímetros que adquiría una forma triangular al
unirse al puño. Este consistía en un mango de bronce provisto de cinco anillas
soldadas, en las cuales Weary introducía sus dedos regordetes. Las anillas no
eran lisas, sino que estaban cubiertas de púas en su parte externa.
Weary rozó las mejillas de Billy con las púas y, reprimiendo su
instinto salvaje, le preguntó:
—¿Qué te parecería si te dieran con eso, eh? ¿Hum?
—No me parecería nada —repuso Billy.
—¿Sabes por qué la hoja es triangular?
—No.
—Pues porque produce una herida que no se cierra jamás.
—¡Ah!
—Hace un agujero de tres bordes. Si le clavas a un tío un
cuchillo ordinario le haces un corte, ¿no? Y esa raja se cierra rápido y bien,
¿no?
—Sí.
—Mierda. ¿Qué es lo que sabes tú? ¿Qué diablos te han enseñado
en la escuela?
—No he estado allí mucho tiempo —dijo Billy.
Y era cierto. Sólo había ido durante seis meses a una escuela
especializada, la Escuela de Óptica de Ilium, y aun ésa había sido una escuela
nocturna.
—¡Quiero decir la Escuela del Arroyo! —explicó Weary duramente.
Billy se encogió de hombros, y Weary concluyó:
—La vida es mucho más de lo que se lee en los libros. Ya lo
verás algún día.
Allí, en el hoyo, Billy tampoco replicó a eso. No tenía ganas de
entablar una conversación innecesaria. Estuvo tentado de decir que sí, que
sabía un par de cosas sobre cuchillos. Pero calló. Después de todo, Billy había
contemplado torturas y horribles heridas desde su infancia, al principio y al
final de casi todos los días. Pues en la pared de su pequeño dormitorio de
Ilium tenía un crucifijo extremadamente espantoso. Un cirujano militar hubiera
sabido admirar la fidelidad clínica del artista al representar las heridas de
Cristo: el lanzazo, las espinas, los agujeros de los clavos... El Cristo de
Billy había muerto de una forma horrible. Era digno de lástima.
Así es.
Billy no era católico, a pesar de que creció soportando la
visión del fantasmagórico crucifijo colgado en la pared de su habitación. Su
padre no tenía religión alguna y su madre solamente era sustituta de organista
en varias iglesias de la ciudad. Se llevaba a Billy con ella a todos los
lugares donde tocaba, e incluso le enseñó a tocar un poquito. Solía decir que
se haría de alguna religión tan pronto decidiera cuál era la verdadera.
Pero nunca lo decidió. Sin embargo tenía una terrible obsesión
por los crucifijos. Compró uno en una tienda de regalos de Santa Fe, durante un
viaje de recreo que la pequeña familia hizo al Oeste durante la Gran Depresión.
Como muchos otros americanos, la mujer intentaba construirse una vida que
tuviera sentido basándose en los objetos que encontraba en las tiendas de
regalos.
Y el crucifijo fue a parar a la pared de la habitación de Billy
Pilgrim.
Dentro del hoyo, acariciando el mango de nogal de sus fusiles,
los dos exploradores dijeron en un murmullo que era el momento de moverse otra
vez. Habían pasado diez minutos y nadie había acudido para ver si les habían
dado y rematarlos. Quienquiera que fuese, el que había disparado estaba muy
lejos y probablemente solo.
Nuestros cuatro vagabundos salieron del agujero a gatas. Nadie
volvió a disparar. Fueron avanzando por el bosque, siempre a gatas y
lentamente, como desdichados mamíferos que eran. El bosque era oscuro y viejo,
con pinos plantados en hilera y sin rastro de maleza. El suelo estaba cubierto
de un manto de nieve virgen de unos diez centímetros de espesor. No tenían otro
remedio que dejar sus huellas sobre la nieve, tan claras como los diagramas de
los libros de baile de salón: adelante-de-lado-descanso, adelante-de-lado-descanso.
—¡Acércate de una vez y no te alejes más! —advirtió Roland Weary
a Billy Pilgrim mientras avanzaban.
Weary parecía un fardo de lana. Era bajo y grueso y llevaba
encima todo lo que había constituido su equipo, así como todos los regalos que
había recibido de su casa: casco, forro del casco, gorro de lana, bufanda,
guantes, camiseta de algodón, camiseta de lana, camisa de algodón, camisa de
lana, jersey, chaqueta, guerrera, calzoncillos de algodón, calzoncillos de
lana, pantalones de lana, calcetines de algodón, calcetines de lana, botas de
combate, máscara de gas, cantimplora, estuche para la comida, estuche-botiquín,
puñal de trinchera, manta, impermeable con capucha, una Biblia a prueba de
balas, un folleto titulado Conozca a su enemigo, otro titulado ¿Por qué
luchamos? y un tercero de frases alemanas escritas según la fonética inglesa.
Este último le permitiría preguntar a los alemanes, llegado el caso, cosas como
éstas: «¿Dónde están vuestros cuarteles?» «¿De qué armas disponéis?», o
decirles: «Rendíos, vuestra situación es desesperada», etcétera.
Además, tenía un trozo de madera de balsa que le servía de
almohada, una cajita profiláctica que contenía dos preservativos («¡Solamente
para prevenir la enfermedad!»), un silbato que no quería enseñar a nadie hasta
que lo ascendieran a cabo y una sucia fotografía de una mujer intentando
consumar el acto sexual con un potrillo de Shetland. Había enseñado esa
fotografía a Billy Pilgrim varias veces.
La mujer y el potrillo habían posado sobre un fondo de
cortinajes de terciopelo atestados de globos, y estaban flanqueados por sendas
columnas dóricas, ante una de las cuales había una palmera en un tiesto. La
foto de Weary era de las más antiguas en la historia de la fotografía
pornográfica. La palabra fotografía fue utilizada por primera vez en 1839, año
en que Louis J. M. Daguerre reveló a la Academia Francesa que una imagen fijada
sobre una placa de metal cubierta con una fina película de yoduro de plata
podía revelarse en presencia de vapor de mercurio.
En 1841, sólo dos años después de eso, un ayudante de Daguerre,
André Le Fèvre, era arrestado en los Jardines de las Tullerías —en el mismo
lugar, precisamente, donde Weary compró su foto— por intentar vender a un
caballero la fotografía de la mujer y el potrillo. Le Fèvre se defendió
diciendo que la fotografía era arte puro y que su intención era hacer revivir
la mitología griega. Argumentó que la columna y la palmera lo demostraban, y
cuando le preguntaron qué mito intentaba representar, Le Fèvre replicó que
había miles de mitos como ése de la mujer-mortal y el potrillo-dios...
Le condenaron a seis meses de prisión. Y murió allí, de
pulmonía. Así fue.
Billy y los exploradores no eran ya más que piel y huesos. En
cambio a Roland Weary le quedaba aún grasa para quemar. Era un verdadero horno
ardiente, bajo todo aquel montón de lana, correas y lonas que cargaba. Tenía
tanta energía que se pasaba el tiempo recorriendo la distancia que separaba a
Billy de los exploradores, portando mensajes que nadie había enviado y que a
nadie gustaba recibir. Además empezó a creerse que, puesto que andaba mucho más
ocupado que los demás, le correspondía ser el jefe de la expedición.
Se sentía tan ardiente y tan arrojado que, de hecho, no tenía
sensación de peligro. Su visión del mundo exterior se limitaba a lo que podía
ver por la estrecha rendija que separaba el borde de su casco del de la bufanda
que le habían mandado de su casa, y que escondía su rostro desde el puente de
la nariz hasta el cuello. Iba tan abrigado que incluso podía imaginar que
estaba en su hogar, sano y salvo, superviviente de la guerra, contando a su
hermana y a sus padres una verdadera historia de guerra. Pero la verdadera
historia de la guerra estaba aún sin terminar.
La versión de Weary de la verdadera historia de la guerra era
algo así: hubo un gran ataque germano y Weary y sus camaradas antitanques
lucharon como demonios hasta que todos murieron, menos Weary. Eso es. Después,
Weary se unió a dos exploradores, e inmediatamente se hicieron muy amigos.
Decidieron intentar la vuelta a su propio frente. Tenían que andar aprisa, pues
estarían perdidos si los cogían. Se estrecharon las manos y se llamaron a sí
mismos los «Tres Mosqueteros».
Pero entonces, aquel condenado colegial, tan débil que no debía
haber ido nunca al ejército, les pidió que le dejaran ir con ellos. No tenía
siquiera una pistola o un cuchillo, ni tampoco casco, ni gorro. Además, no
podía andar derecho; iba meneándose continuamente arriba-y-abajo,
arriba-y-abajo, volviendo loco a todo el mundo y abandonando su posición. Era
digno de lástima. Los «Tres Mosqueteros» empujaron, cargaron y arrastraron al
colegial todo el camino de vuelta a sus líneas. Y salvaron su maldito pellejo.
Entretanto, en la realidad, Weary volvía sobre sus pasos,
intentando averiguar qué le había sucedido a Billy. Les había dicho a los
exploradores que esperaran mientras él iba a buscar al colegial. En el camino,
al pasar por debajo de una rama baja, ésta chocó con su casco emitiendo un
clone que él no oyó. Luego, en algún lugar, un gran perro ladró pero él tampoco
lo oyó. ¿Qué le sucedía? Simplemente que su historia estaba en un momento muy
excitante: veía a un oficial felicitando a los «Tres Mosqueteros» y diciéndoles
que les impondría la medalla de bronce.
—¿Puedo hacer algo más por ustedes, muchachos? —preguntaba el
oficial.
—Sí, señor —respondía uno de los exploradores—. Nos gustaría
estar juntos hasta que terminase la guerra, señor. ¿Puede usted conseguir de
alguna forma que nadie separe a los «Tres Mosqueteros»?
Billy se había detenido en el bosque. Estaba apoyado contra un
árbol con los ojos cerrados, la cabeza echada hacia atrás y las aletas de la
nariz dilatadas. Parecía un poeta en el Partenón.
Esta fue la primera vez que Billy se alejó del tiempo. Primero
su atención empezó a recorrer el arco iris completo de su vida y llegó hasta la
muerte, que era una luz violeta. No había nadie ni nada, sólo aquella luz
violeta y un zumbido.
Después Billy volvió a sumergirse en la vida retrocediendo hasta
el momento antes de nacer, donde todo era luz roja y sonido de burbujas. Luego
regresó nuevamente a la vida y se detuvo. Se vio de jovencito, tomando una
ducha en compañía de su peludo padre, en el YMCA de Ilium. Olía el cloro de la
piscina que había en la sala contigua y oía el ruido de las palancas del
trampolín.
El jovencito Billy estaba aterrorizado, porque su padre le había
dicho que iba a aprender a nadar por el método de hundirse-o-nadar. Le echaría
a las profundidades, le explicaba, y Billy nadaría perfectamente.
Aquello sería como una ejecución. Billy se sentía entumecido
mientras su padre le llevaba desde las duchas hasta la piscina. Tenía los ojos
cerrados. Cuando los abrió se encontró en el fondo de la piscina, oyendo por
todas partes una música maravillosa. Perdió el conocimiento, pero la música
continuó. Casi no se dio cuenta de que alguien lo rescataba. Y Billy lo
lamentó.
Desde allí viajó por el tiempo hasta 1965. Tenía cuarenta y un
años y se dirigía a visitar a su decrépita madre en Pine Knoll, un asilo de
ancianos adonde la había llevado el mes anterior. Estaba enferma de pulmonía y
no se esperaba que sobreviviera. Sin embargo, todavía vivió muchos años después
de aquello.
La anciana casi no tenía voz, de manera que Billy tuvo que pegar
su oreja derecha a los apergaminados labios para oírla. Evidentemente tenía
algo muy importante que decir.
—¿Cómo...? —empezó. Y calló. Estaba demasiado cansada.
Esperaba no tener que terminar la frase, confiaba en que Billy
lo haría por ella.
Pero Billy no tenía ni idea de lo que quería decir.
—¿Cómo... qué, madre? —preguntó.
Ella tragó saliva con dificultad, e incluso derramó alguna
lágrima. Después reunió toda la energía que quedaba en su arruinado cuerpo,
incluida la de las puntas de los dedos de los pies, y al fin pudo acumular la
suficiente para murmurar la frase completa.
—¿Cómo me he vuelto tan vieja?
La madre de Billy perdió el conocimiento, y un?, linda enfermera
sacó a Billy de la habitación. En el preciso momento en que Billy salía al
pasillo pasaron unos sanitarios transportando el cuerpo de un anciano cubierto
con una sábana. El hombre, en su tiempo, había sido un famoso corredor de
maratón... Por cierto que esto fue antes de que Billy se rompiera la cabeza en
el accidente de aviación, y antes de que se convirtiera en conferenciante y
propagador del tema de los platillos volantes y de los viajes por el tiempo.
Billy estaba sentado en una sala de espera. Aún no era viudo.
Estaba sentado, como decíamos, en un confortable sillón y notó algo duro debajo
del cojín tapizado. Lo sacó y vio que se trataba del libro La ejecución del
soldado Slovik, de William Bradford Huie. Era un relato histórico de la muerte,
ante un pelotón de ejecución, del soldado Eddie D. Slovik, placa 36.896.415, el
único soldado americano que hubo de ser fusilado por cobardía desde la Guerra
Civil. Así fue.
En aquel libro, Billy leyó la opinión de un abogado que revisó
el caso Slovik, y que concluía así: «.Había desafiado directamente la autoridad
del gobierno, y una futura disciplina se basa en una decidida réplica a este
desafío. Si la pena de muerte debe imponerse en las deserciones también debió
ser impuesta en ese caso no como una medida de castigo ni de venganza, sino
para mantener esta disciplina, que es lo único que puede poner a un ejército en
condiciones de vencer a su enemigo. Nadie pidió demencia en aquel caso, ni
tampoco este libro intenta comprensión.» Así fue.
Billy parpadeó en 1965 y viajó por el tiempo hasta 1958. Asistía
a un banquete en honor de un equipo de la Pequeña Liga, del cual era miembro su
hijo Robert, y el entrenador —que era soltero— estaba hablando. Se le veía
profundamente emocionado.
Juro por Dios —decía— que consideraría un honor ser el chico de
los balones para esos muchachos.
Billy parpadeó en 1958 y viajó por el tiempo hasta 1961. Era la
víspera de Año Nuevo y estaba terriblemente borracho, en una fiesta donde todos
eran ópticos o estaban casados con alguien del oficio.
Generalmente Billy no bebía mucho porque la guerra había echado
a perder su estómago, pero ahora llevaba encima una verdadera melopea y estaba
siendo infiel a su esposa Valencia por primera y única vez en su vida. Había
conseguido de alguna manera que una mujer le acompañara hasta el lavadero de la
casa y ambos se sentaron en la secadora a gas, que funcionaba.
La mujer, que también estaba muy bebida, ayudó a Billy a que le
quitara la faja.
—¿De qué querías hablar? —le preguntó.
—Da lo mismo —contestó Billy. Y verdaderamente estaba convencido
de que aquello no tenía importancia. No podía recordar ni el nombre de la
mujer.
—¿Por qué te llaman Billy en lugar de William?
—Por razones comerciales —contestó Billy.
Y era cierto. Su suegro, que había sido el dueño de la Escuela
de Óptica de Ilium y que le había puesto el negocio a Billy, era un genio en
este campo. Le dijo a Billy que alentara a la gente a que le llamara Billy,
porque ése es un nombre que queda fijado en la memoria, porque eso crearía un
halo ligeramente mágico a su alrededor —ya que no podía encontrarse en el
oficio ningún otro Billy— y porque, además, hacía que las personas le
consideraran amigo suyo inmediatamente.
En alguna parte de la casa se produjo una terrible escena. La
gente expresaba su disgusto a causa de Billy y la mujer, y de pronto se
encontró en el interior de su automóvil, intentando encontrar el volante.
Lo principal en aquellos momentos era encontrar el volante y
marcharse. Al principio, Billy empezó a mover los brazos como si fueran aspas
de molino esperando tener la fortuna de dar con el chisme. Pero cuando vio que
el sistema fallaba decidió ser más metódico, trabajando de tal forma que el
volante no pudiera escapársele. Se apoyó contra la dura manecilla de la puerta
de su izquierda y exploró el espacio que tenía delante, palmo a palmo. Al
comprender que también así había fracasado comenzó a moverse hacia la derecha,
y volvió a buscar. Quedó muy sorprendido al ver que había llegado hasta la
portezuela del lado derecho sin haber encontrado el volante, y al final sacó la
conclusión de que se lo habían robado. Esto le enfureció, pero seguidamente se
quedó dormido.
Estaba en el asiento posterior de su coche, y ésa era la razón
de que no hubiera encontrado el volante.
Ahora alguien intentaba despertar a Billy, quien todavía se
sentía borracho, aparte de enojado por el robo de su volante. Estaba de nuevo
en la Segunda Guerra Mundial, detrás de las líneas alemanas. Y la persona que
le estaba sacudiendo era Roland Weary. Le tenía agarrado por las solapas de la
chaqueta y le golpeaba contra el árbol. Después, de un tirón, le arrastró en la
dirección que quería que tomara con su propio esfuerzo.
Billy se quedó parado, movió la cabeza y dijo:
—¡Marchaos!
—¿Qué?
—Muchachos, marchaos sin mí. Estoy bien.
—¿Estás, qué?
—¡Estoy perfectamente bien!
—¡Dios mío! Siempre he odiado a los débiles —concluyó Weary por
entre la urdimbre de su húmeda bufanda casera. Billy no había visto nunca el
rostro de Weary. Una vez que había intentado imaginárselo, imaginó un sapo en
una pecera.
Weary arrastró a Billy durante un buen trecho, a base de
puntapiés. Los exploradores, que les estaban esperando a la orilla de un
riachuelo helado, sí que habían oído al perro. También habían oído a algunos
hombres dando voces como si fueran cazadores que saben muy bien dónde está su
presa.
La ribera del riachuelo era lo bastante alta como para poder
estar de pie tras de ella sin ser visto. Billy bajó hasta la orilla
tambaleándose de una forma ridícula. Después bajó Weary, tintineando, repicando
y haciendo sonar todos los artefactos que llevaba encima.
—Aquí estamos, muchachos —dijo Weary al llegar—. No quiere
vivir, pero tendrá que hacerlo quiéralo o no. Cuando salga de ésta, por Dios
que deberá su vida a los «Tres Mosqueteros».
Esta fue la primera vez que los exploradores oyeron a Weary
considerarse, a sí mismo y a ellos, como los «Tres Mosqueteros».
Billy Pilgrim, echado en el lecho del río, pensaba que él, Billy
Pilgrim, iba a transformarse de un momento a otro, dulcemente, en corriente de
agua. Si lo dejaran allí sólo un ratito, pensaba, ya no causaría más problemas
a nadie. Se transformaría en corriente de agua e iría flotando entre los
troncos y la maleza de las orillas.
En alguna parte el perrazo volvió a ladrar. Con la ayuda del
miedo y de los ecos del silencio invernal, el perro parecía sonar tan fuerte
como una gran campana de bronce.
Roland Weary, de dieciocho años, se metió entre los exploradores
y dejó caer sus pesados brazos sobre sus hombros.
—Bien, ¿qué van a hacer ahora los «Tres Mosqueteros»? —inquirió.
Billy Pilgrim tenía una alucinación maravillosa. Llevaba un
traje seco, caliente, con calcetines blancos, y estaba patinando por la pista
de una sala de baile, donde miles de personas le vitoreaban. Esta vez no
viajaba en el tiempo. Nunca había sucedido tal cosa ni nunca sucedería. Era ya
la locura de un hombre moribundo y que tenía los zapatos llenos de nieve.
Uno de los exploradores agachó la cabeza y escupió. El otro hizo
lo mismo y ambos estudiaron los efectos infinitesimales del esputo sobre la
nieve y la historia. Eran personas listas y pequeñas. Habían estado tras las
líneas alemanas muchas veces hasta entonces, viviendo como criaturas de los
bosques, resistiendo día tras día gracias al terror y a su irracional instinto.
Ahora, los dos se deshicieron de los amorosos brazos de Weary y
le dijeron que él y Billy saldrían ganando si buscaban a alguien a quien
rendirse... porque ellos no iban a perder más tiempo aguantándolos.
Y dejaron a Weary y a Billy en el lecho del riachuelo.
Billy Pilgrim continuaba patinando, haciendo las más variadas
piruetas —que la mayoría de la gente hubiera considerado imposibles—, dando
vueltas y más vueltas, deteniéndose para mantener el equilibrio sobre una
moneda de diez centavos, etc. Los vítores continuaban, pero el tono fue
perdiendo intensidad a medida que la alucinación daba paso a un viaje por el
tiempo.
Billy dejó de patinar y se encontró delante de un atril en un
restaurante chino de Ilium, Nueva York, a primeras horas de la tarde de un día
otoñal del año 1957. Estaba recibiendo una tremenda ovación por parte de los
miembros del Club de los Leones: acababa de ser elegido su presidente y era
necesario que dijera algunas palabras. Por ello se sentía rígido de espanto,
como si se hubiera cometido un horrible error. Todos aquellos hombres de sólida
y próspera reputación descubrirían ahora que habían elegido a una persona
insignificante y ridícula, y oirían su aguda voz, la que ya tenía cuando la
guerra. Tragó saliva. Sabía que en lugar de voz tenía un pito que parecía hecho
de madera de sauce llorón. Pero lo peor de todo era que no tenía nada que
decir. La multitud se calmó. Todos mostraban sus colorados y sonrientes
rostros.
Entonces Billy abrió la boca y de ella salió un tono de voz
profundo y resonante. Su voz se había convertido en un maravilloso instrumento.
Para empezar contó chistes que hicieron desternillarse a todos de risa, luego
se puso serio y finalmente contó más chistes, hasta terminar con una nota
humilde, como debía ser. La explicación del milagro era ésta: Billy había
asistido a un curso de cómo hablar en público.
Al volver a la realidad, se encontró de nuevo en el lecho helado
del riachuelo. Roland Weary parecía querer matarle a golpes.
Weary parecía lleno de una trágica cólera. Nuevamente se lo
habían quitado de encima. Enfundó su pistola y su pañuelo, con su hoja
triangular y sus canalones de sangre en cada cara, y después se puso a sacudir
a Billy haciendo resonar todos los huesos de su esqueleto y golpeándole contra
el suelo de la orilla.
No paraba de maldecir y blasfemar a través de los hilos de su
bufanda casera. Hablaba de una forma ininteligible de los sacrificios que había
hecho en beneficio de Billy, y se extendía en consideraciones sobre la piedad y
el heroísmo de los «Tres Mosqueteros», describiendo con los más brillantes y
apasionados matices sus virtudes y su magnanimidad y elogiando el imperecedero
honor que habían conquistado para sí, del gran servicio que habían prestado a
la Cristiandad.
La culpa de que esa entidad luchadora ya no existiera era
totalmente de Billy, y Weary estaba convencido de que tenía que pagarlo. Así
pues, le dio un buen puñetazo en la mandíbula y lo hizo saltar desde la orilla
hasta el hielo que cubría el riachuelo. Billy quedó a cuatro patas sobre el
hielo, lo que aprovechó Weary para darle puntapiés en las costillas. Luego cayó
de lado. Intentó apretujarse formando una bola.
—Ni siquiera deberías estar en el ejército —decía Weary.
Billy respondió con unos involuntarios sonidos convulsivos que
parecían carcajadas.
—Crees que es divertido, ¿eh? —preguntó Weary.
Rodeó a Billy y se colocó a su espalda. La chaqueta, la camisa y
la camiseta del muchacho se habían arremolinado sobre sus hombros a causa de la
violencia, de manera que su espalda estaba desnuda. Los nudos de la columna
vertebral de Billy estaban a merced de las botas de combate de Weary.
Este echó hacia atrás el pie derecho y apuntó a la columna
vertebral, al centro del tubo en el cual Billy tenía tantas conexiones
importantes. Estaba claro que se disponía a rompérselo...
Pero entonces Weary se dio cuenta de que tenía público. Cinco
soldados alemanes y un perro policía atado a una correa les estaban observando
desde la orilla del río. Los azules ojos de los soldados aparecían llenos de
una extraordinaria curiosidad por ver cómo un americano intentaba asesinar a
otro en un lugar tan lejano del hogar, y por saber de qué se reiría la víctima.
3
Los alemanes y el perro estaban llevando a cabo una operación
militar que tenía un divertido nombre. Se trataba de una empresa humana que
raras veces ha sido descrita detalladamente, la sola mención de cuyo nombre en
las noticias o en la historia todavía llena a los entusiastas de la guerra de
una especie de satisfacción postcoital. Y, en la imaginación de los apasionados
de los combates, su realización era como el indolente juego amoroso que sigue
al orgasmo de la victoria. Se trataba de la «Operación Limpieza».
El perro, que tan feroz había parecido en las distancias
invernales, no era más que una hembra de pastor alemán. Tenía la cola entre las
patas y temblaba ostensiblemente. Los soldados se la habían pedido prestada a
un granjero aquella misma mañana. Nunca había estado en la guerra hasta
entonces; y por lo tanto no tenía idea de cuál era el juego. Se llamaba
«Princesa».
Dos de los soldados alemanes eran muchachos que no llegaban a
los veinte años. Los otros dos, en cambio, eran tan viejos que apenas se
mantenían en pie y estaban tan desdentados como carpas. Y los cuatro iban
equipados de una forma fragmentaria, con armas y ropas pertenecientes a
soldados que acababan de morir. Al menos, así lo parecía. Eran granjeros de la
misma frontera alemana, no muy lejana de allí.
Su comandante era un cabo de mediana edad, de ojos enrojecidos,
huesudo y duro como un buey, que estaba harto de guerra. Había sido herido en
cuatro ocasiones y cada vez lo remendaban y lo mandaban de nuevo al frente. Era
un buen soldado, siempre dispuesto a desertar o encontrar a alguien a quien
rendirse. Y llevaba los pies embutidos en unas doradas botas de caballería que
había tomado de un coronel húngaro muerto en el frente ruso. Así fue.
Aquellas botas eran casi lo único que poseía en el mundo.
Constituían su verdadero hogar. Una anécdota: en cierta ocasión, un recluta se
quedó observando cómo limpiaba y enceraba las botas doradas, entonces el cabo
levantó una hacia el recluta y le dijo: «Si miras intensamente, verás a Adán y
Eva.»
Billy Pilgrim no había oído la anécdota. Pero, echado de
espaldas sobre el hielo, miró fijamente el barniz de las botas del cabo... y
vio a Adán y Eva en sus doradas profundidades. Estaban desnudos. Y parecían tan
inocentes, tan vulnerables, tan ansiosos de comportarse decentemente, que Billy
los amó inmediatamente.
Junto a las botas doradas había unos pies envueltos en harapos,
metidos en una especie de zuecos de madera sujetos con unas tiras de lona.
Billy levantó la vista para mirar el rostro del propietario de aquellos zuecos
y vio el rostro de un ángel rubio. Era un muchacho de unos quince años... tan
hermoso como Eva.
El divino muchacho, el celestial andrógino, ayudó a Billy a
ponerse en pie, mientras los otros se acercaban para sacudir la nieve de su
ropa. Luego le registraron en busca de armas pero no encontraron ninguna: lo
más peligroso que llevaba encima era un trozo de lápiz de cinco centímetros.
Tres bangs inofensivos se oyeron a lo lejos, producidos por
fusiles alemanes. Significaban que los dos exploradores que abandonaran a Billy
y a Weary acababan de morir. Los alemanes les habían tendido una emboscada,
descubriéndolos y matándolos por la espalda. Ahora expiraban sobre la nieve
tornándola de color frambuesa, sin sentir nada. Así fue.
Entretanto, Roland Weary, el único superviviente de los «Tres
Mosqueteros», estaba siendo desarmado, con los ojos desorbitados a causa del
terror. El cabo dio la pistola de Weary al muchacho de cara bonita y, tras
maravillarse ante el cruel cuchillo de trinchera, comentó en alemán que sin
duda el americano lo hubiera utilizado sobre él, si hubiese podido, claro, para
deformarle el rostro con los clavos del puño y desgarrarle las entrañas y la
garganta con la hoja de triple filo. Ni el cabo hablaba inglés, ni Billy ni
Weary entendían el alemán.
—Llevas unos juguetes muy lindos —dijo dirigiéndose a Weary; y
añadió, entregando el cuchillo a uno de los viejos—: ¿Qué te parece eso?, ¿eh?
Luego abrió de un tirón la chaqueta y la camisa de Weary
haciendo que ¡os botones de latón salieran disparados. Hecho esto, el alemán
agarró al americano por el abultado pecho con un gesto que parecía fuera a
sacarle el corazón, y le arrancó la Biblia a prueba de balas.
Una Biblia a prueba de balas es una Biblia lo suficientemente
pequeña como para que un soldado pueda llevarla en el bolsillo de su camisa,
sobre el corazón, y está forrada de acero.
El cabo encontró también en el bolsillo de Weary la sucia
fotografía de la mujer y el caballo.
—Vaya caballito más afortunado, ¿eh? —dijo—. Vaya, vaya... ¿No
desearías ser ese caballito? —preguntó, tendiendo la fotografía al otro hombre
viejo—. ¡Cosas de la guerra! —Y concluyó—: Eres afortunado muchacho. ¿Todo eso
es tuyo?
Después hizo sentar a Weary en la nieve y le quitó las botas de
combate, entregándoselas al lindo muchacho. A aquél le dio los zuecos de éste.
Así pues, ahora ni Weary ni Billy llevaban calzado militar decente. Y aún
tenían que andar kilómetros y kilómetros, Weary con aquellos zuecos que
chirriaban a cada paso, y Billy con su oscilación arriba-y-abajo,
arriba-y-abajo, tropezando de vez en cuando con su compañero.
—Lo siento —decía entonces Billy.
O también:
—Perdón.
Al fin llegaron a una casa de piedra situada en un desvío de la
carretera. Era un punto de reunión de prisioneros de guerra. Hicieron entrar a
Billy y a Weary en una sala caliente y llena de humo. En la chimenea siseaba y
crepitaba un buen fuego. Los muebles servían de combustible. Había una veintena
de americanos más, sentados con la espalda contra la pared, mirando las llamas
y pensando en lo único que se podía pensar allí, o sea, en nada.
Nadie hablaba. Nadie tenía ninguna buena historia de guerra que
contar.
Los dos recién llegados se acomodaron como pudieron y Billy se
echó a dormir con la cabeza apoyada en el hombro de un capitán que no protestó.
El capitán era un capellán. Un rabino que había recibido un balazo en una mano.
Entonces Billy volvió a viajar por el tiempo. Abrió los ojos y
se encontró mirando fijamente a los ojos de cristal de un mochuelo mecánico de
jade verde que colgaba de una varilla de acero inoxidable. El mochuelo era el
optómetro de la oficina de Billy en Ilium. Un optómetro es un instrumento para
medir los errores de refracción de los ojos, y así poder prescribir las
adecuadas gafas correctoras.
Billy se había quedado dormido mientras examinaba a una paciente
sentada en una silla al otro lado del mochuelo. Ya le había sucedido otra vez.
Al principio lo encontró divertido pero ahora ya empezaba a preocuparse, tanto
por el hecho en sí como por lo que significaba para el estado de su mente en
general.
Intentó recordar su edad, sin lograrlo, como tampoco el año en
que estaba.
—Doctor... —dijo vacilante la paciente.
—¿Eh? —se sobresaltó él.
—Está usted tan callado...
—¡Oh! Perdón.
—Estaba usted ahí, hablando, y de pronto se ha quedado tan
callado...
—¡Humm!
—¿Ve usted algo terrible?
—¿Terrible?
—Quiero decir, alguna enfermedad en mis ojos.
—No, no —concluyó Billy, con ganas de dormirse de nuevo—. Sus
ojos están perfectamente. Sólo necesita gafas para leer.
Y la acompañó al otro extremo del pasillo, para que eligiera
entre la amplia selección de monturas.
Cuando se quedó solo Billy abrió las cortinas. Pero continuó
encontrándose sumido en la oscuridad. La visibilidad estaba todavía bloqueada
por unas persianas venecianas, que subió rápidamente. Entonces el sol entró
bruscamente. Y al mirar al exterior vio miles de automóviles aparcados,
brillando como un gran lago de techos negros. La oficina de Billy formaba parte
de un centro suburbano de tiendas y comercios.
Debajo mismo de su ventana estaba su Cadillac modelo «El Dorado
Coupé de Ville». Leyó los carteles pegados a su parachoques: uno decía «Visite
Ausable Chasm», otro «Colabore con su Departamento de Policía», y un tercero
«Acusad a Earl Warren». Los anuncios sobre la policía y Earl Warren eran un
regalo del suegro de Billy, que era miembro de la John Birch Society. La fecha
de la matrícula decía, 1967, lo que indicó a Billy que tenía cuarenta y cuatro
años. Se preguntó a sí mismo: «¿Dónde habrán ido a parar todos esos años?»
Billy dirigió su atención a su mesa de despacho. Encima de la
misma un ejemplar de la Review of Optometry estaba abierto por una página en la
que el comentario editorial, que Billy leía ahora moviendo ligeramente los
labios, decía:
«¡Lo que ocurra en 1968 será lo que decidirá el destino de los
ópticos europeos por lo menos en cincuenta años! Con esta advertencia, ]ean
Thiriart, secretario de la Unión Nacional de los Ópticos Belgas, está
presionando para la formación de una Sociedad Europea de Óptica. Las
alternativas serán, según él, la obtención de un status profesional o, hacia el
año 1971, la reducción de la profesión al papel de vendedor de gafas.»
Billy Pilgrim intentaba concentrar su atención.
De pronto sonó una sirena que le provocó un sobresalto terrible.
Esperaba en cualquier momento la Tercera Guerra Mundial. Pero la sirena, que
estaba colocada en la cúpula del Departamento de Bomberos, frente la oficina de
Billy, simplemente anunciaba el mediodía.
Billy cerró los ojos. Y cuando los volvió a abrir estaba de
nuevo en la Segunda Guerra Mundial. Su cabeza seguía descansando sobre el
hombro del rabino herido. Un alemán le estaba dando patadas en los pies y
diciéndole que despertara, que había llegado el momento de marcharse.
Los americanos, con Billy entre ellos, formaban un auténtico
desfile de necios en la carretera.
Había un fotógrafo, corresponsal de guerra alemán, que con una
«Leica» tomó fotografías de los pies de Billy y de Roland Weary. La fotografía
fue publicada dos días después como aplastante evidencia de lo miserablemente
equipados que iban los soldados americanos, a pesar de la fama de ricos que
tenían.
Pero el fotógrafo quería captar algo más vivo, por ejemplo una
captura real, y los guardias hicieron una representación para complacerle.
Escondieron a Billy entre unos arbustos y cuando éste apareció, siguiendo sus
órdenes, con su expresión de buena voluntad, le amenazaron con sus
ametralladoras como si lo acabaran de capturar en aquel mismo momento.
La sonrisa de Billy al salir de entre los arbustos fue tan
singular como la de la Mona Lisa, porque él sentía que estaba simultáneamente
en la Alemania de 1944 y conduciendo su Cadillac en la América de 1967.
Alemania se alejó de su conciencia, al tiempo que el año 1967 se hacía más
brillante y nítido, libre de interferencias de cualquier otro tiempo. Billy iba
camino de la reunión del Club de los Leones. Corría el cálido mes de agosto,
pero su coche tenía aire acondicionado. Se detuvo ante un semáforo en medio del
ghetto negro de Ilium. La gente que vivía allí odiaba tanto el barrio que un
mes antes lo habían incendiado en gran parte: ¡era todo lo que tenían y lo
odiaban! El barrio recordó a Billy algunas de las ciudades que había visto
durante la guerra. Las aceras y las barandillas rotas indicaban claramente los
lugares donde habían estado los carros y los tanques de la Guardia Nacional.
«Sangre hermana», rezaba una inscripción mural hecha con pintura
rosa, junto a una tienda derrumbada.
Alguien llamó a la ventanilla del coche de Billy interrumpiendo
su meditación. Era un hombre negro que parecía querer decirle alguna cosa. En
aquel momento cambió la luz del semáforo. Billy hizo lo más sencillo. Salió
disparado hacia adelante.
Billy continuó su camino hasta que llegó a una escena aún más
desolada. Parecía Dresde después del bombardeo, o también la superficie lunar.
Lo que en otros tiempos fuera el hogar de Billy había estado ahí, donde ahora
no había nada. La zona se había convertido en un distrito urbano en renovación,
donde muy pronto se erigirían un nuevo Centro Gubernamental de Ilium, un
Pabellón de las Artes, un Estanque de la Paz y un complejo de apartamentos de
lujo.
A Billy Pilgrim le parecía muy bien.
El orador invitado para aquella reunión del Club de los Leones
era un comandante de la Marina. Dijo que los americanos no tenían otra
alternativa que continuar luchando en Vietnam hasta que consiguieran la
victoria o hasta que los comunistas se dieran cuenta de que no podían imponer a
la fuerza su forma de vivir a los países débiles. El comandante había estado
allí dos veces en épocas distintas, también habló de las muchas cosas, unas
maravillosas y otras terribles, que había visto. Y concluyó afirmando que era
partidario de aumentar los bombardeos sobre Vietnam del Norte hasta devolverlo
a la Edad de Piedra, si seguían rehusando entrar en razón.
Billy no se movió para protestar contra los bombardeos de
Vietnam del Norte, ni tampoco se estremeció al recordar las cosas horribles que
él, él mismo, había visto durante la Segunda Guerra Mundial. Simplemente estaba
tomando su almuerzo en el Club de los Leones, del que era antiguo presidente.
En la pared de su oficina Billy tenía una oración enmarcada y
colgada, que le ayudaba a seguir viviendo a pesar de que no sentía ningún
entusiasmo por ello. Muchos pacientes que la habían visto le confesaban que a
ellos también les ayudaba a vivir. Decía así:
CONCÉDEME, SEÑOR
SERENIDAD PARA ACEPTAR
LAS COSAS QUE NO PUEDO CAMBIAR,
VALOR PARA CAMBIAR
LAS QUE SI PUEDO
Y SABIDURÍA PARA
DISTINGUIR LAS UNAS
DE LAS OTRAS
Entre las cosas que Billy Pilgrim no podía cambiar se contaban
el pasado, el presente y el futuro.
Ahora le presentaban al comandante de la Marina. La persona que
los presentaba le estaba diciendo al comandante que Billy era un veterano y que
tenía un hijo que era sargento de los Boinas Verdes en Vietnam.
El comandante le dijo a Billy que los Boinas Verdes estaban
llevando a cabo una gran tarea, y que debía estar orgulloso de su hijo.
—Lo estoy. Claro que lo estoy —dijo Billy Pilgrim.
Después de la comida se dirigió a su casa para echar la siesta.
El médico le había ordenado que hiciera la siesta todos los días. El médico
esperaba que así se aliviara una dolencia de la que Billy se quejaba en los
últimos tiempos. A menudo, y sin razón alguna aparente, Billy Pilgrim se echaba
a llorar. Nadie le había sorprendido todavía haciéndolo. Sólo el médico lo
sabía. Se trataba de una cosa muy silenciosa que Billy hacía, y sin mucha
abundancia de lágrimas.
Billy era propietario de una magnífica mansión georgiana en
Ilium. Era tan rico como Creso, cosa que no había esperado llegar a ser ni en
un millón de años. Cinco ópticos trabajaban para él en la tienda que poseía en
la ciudad, y eso le proporcionaba una renta neta de sesenta mil dólares al año.
Además tenía la quinta parte del nuevo Holiday Inn, en la Nacional 54, y casi
la mitad de tres puestos de «Sabor-Frío» (una especie de crema helada que tiene
el mismo gusto que el helado, pero sin la rigidez ni exagerada frialdad de
éste).
Cuando llegó a casa no encontró a nadie. Su hija Barbara estaba
a punto de casarse, y había ido con su madre al centro de la ciudad para buscar
vajillas y cristalerías de plata y cristal. Sobre la mesa de la cocina encontró
una nota en la que se lo explicaban. No tenían criados. A la gente ya no le
interesaba la carrera de servicios domésticos. Tampoco tenían perro.
Había tenido un perro que se llamaba «Spot», pero murió. Así
fue. A Billy le gustaba mucho «Spot» y a «Spot» le gustaba Billy.
Subió por las alfombradas escaleras que conducían a su
dormitorio y al de su esposa. La habitación estaba decorada con papel floreado.
Contenía una gran cama de matrimonio y sobre la mesita de noche había un
radio-reloj, los controles para la manta eléctrica y el interruptor del suave
vibrador conectado a los muelles del colchón. El vibrador, cuyo nombre
comercial era «Dedos Mágicos», también había sido idea del médico.
Billy se despojó de sus trifocales, su chaqueta, su corbata y
sus zapatos, corrió las persianas venecianas y las cortinas, y se echó encima
de la colcha. Pero no podía dormir. En lugar de eso tenía ganas de llorar. Las
lágrimas asomaron a sus ojos. Entonces conectó los dedos mágicos y se sintió
acunado mientras sollozaba.
Se oyó el timbre de la puerta principal. Billy saltó de la cama
y miró a través de la ventana que daba a la parte delantera de la casa para ver
si había llamado alguien importante. Pero no, sólo era un inválido, tan
espasmódico en el espacio como Billy lo era en el tiempo. Las convulsiones le
hacían moverse continuamente, como si estuviera intentando imitar a distintas
estrellas del cine cómico.
Otro mutilado estaba llamando al timbre de la casa situada al
otro lado de la calle. Aquél solamente tenía una pierna, e iba tan apretujado
entre las muletas que los hombros le tapaban las orejas.
Billy sabía lo que querían aquellos individuos. Vendían
suscripciones para unas revistas que no se recibían nunca, y la gente se las
compraba por lástima. Billy había oído hablar de ello dos semanas antes a un
miembro del Better Business Bureau, a través de los altavoces del Club de los
Leones. El hombre dijo que nadie que viera a inválidos trabajando en un barrio
para conseguir suscripciones para una revista debía llamar a la policía.
Billy miró calle abajo y vio un flamante Buick Riviera aparcado
media manzana más allá, en cuyo interior esperaba un hombre. Dedujo
certeramente que se trataba del hombre que había alquilado a los inválidos para
hacer aquel trabajo. Y continuó llorando mientras contemplaba a los inválidos y
a su jefe. El timbre de su casa seguía sonando con insistencia.
Cerró los ojos y los abrió de nuevo. Todavía lloraba. Pero ahora
estaba de vuelta a Luxemburgo, e iba andando entre un montón de prisioneros.
Era el viento invernal lo que le llenaba los ojos de lágrimas.
Desde que le habían hecho representar la comedia de la captura
para tomar la fotografía estaba viendo el fuego de San Telmo, una especie de
radiación electrónica que brillaba sobre las cabezas de sus compañeros y de sus
guardas, así como también sobre los árboles y los tejados de las casas de
Luxemburgo. Era maravilloso.
Billy caminaba con las manos sobre la cabeza al igual que los
demás americanos, pero bamboleándose arriba-y-abajo, arriba-y-abajo. En aquel
momento pisó involuntariamente los talones de Roland Weary y se excusó:
«Perdón».
Los ojos de Weary también estaban llenos de lágrimas. Weary
lloraba a causa de los horribles dolores que sentía en los pies. Los
destrozados zuecos habían convertido sus pies en sendas masas sangrientas.
En cada cruce de carretera había más americanos con las manos en
la cabeza que se unían al grupo de Billy, quien tenía sonrisas para todos. Se
movían como el agua, siempre hacia abajo, y al final fueron a parar a una
carretera más importante en el fondo de un valle. A través del valle corría un
Mississippi de americanos humillados. Diez mil americanos cruzaban el valle
hacia el este con las manos unidas sobre sus cabezas, suspirando y gimiendo.
Billy y su grupo se unieron al río de humillación, cuando el
débil sol de media tarde salía de entre las nubes. Los americanos no tenían la
carretera para ellos solos, sino sólo una calzada. En dirección contraria los
motores de los vehículos que llevaban tropas alemanas al frente roncaban
continuamente. Los reservistas eran hombres de aspecto rudo y violento, con la
piel ajada por el viento.
Tenían los dientes como teclas de piano, iban adornados con
cinturones de municiones para sus ametralladoras, fumaban cigarros y sobre todo
comían. Daban voraces mordiscos a los bocadillos de salchicha que llevaban, y
tenían las manos llenas de puré de patatas.
Un soldado vestido de negro, que estaba tomando el fresco como
si fuera un héroe solitario tendido sobre un tanque, escupió a los americanos.
El esputo fue a caer en la espalda de Roland Weary. Olía a comida y a tabaco.
Billy encontró la tarde terriblemente excitante. Había tantas
cosas para ver... Dientes de dragón, máquinas de matar, cadáveres con los
desnudos pies azules y marmóreos. Así era.
Andando y oscilando arriba-y-abajo, arriba-y-abajo, Billy se
quedó mirando una encantadora granja que acusaba el impacto de las
ametralladoras. En la puerta había un coronel alemán y con él una prostituta
sin maquillaje ni colorete.
Billy tropezó una vez más con Weary y éste le gritó sollozando:
—¡Anda derecho de una vez!
Ahora subían por una suave pendiente. Cuando llegaron a la cima
ya no estaban en Luxemburgo; estaban en Alemania.
En la frontera había una máquina de filmar destinada a registrar
aquella fabulosa victoria. Dos civiles que llevaban chaquetas de piel de oso
estaban inclinados sobre la cámara cuando pasaron Billy y Weary. Hacía horas
que no tenían película.
Uno de ellos enfocó el rostro de Billy durante un momento, y
después de nuevo hacia el infinito. En el horizonte se veía una débil columna
de humo. En aquel punto se estaba desarrollando una batalla. Allí morían
hombres. Así era.
Y se puso el sol. Y Billy se encontró renqueando en una estación
de ferrocarril. Hileras y más hileras de vagones esperaban. Habían traído
reservistas al frente y ahora llevarían prisioneros hacia el interior de
Alemania.
Los alemanes clasificaron a los prisioneros según su categoría
militar. Pusieron sargentos con sargentos, comandantes con comandantes, etc.
Una patrulla entera de coroneles fue colocada cerca de donde estaba Billy. Uno
de ellos padecía una pulmonía doble. Tenía mucha fiebre y vértigo. E intentaba
mantenerse en pie mirando fijamente a los ojos de Billy, pues la estación le
daba vueltas y saltos en la cabeza.
El coronel tosió una y otra vez, y después preguntó a Billy:
—¿Eres uno de mis muchachos?
Era un hombre que había perdido un regimiento entero, unos
cuatro mil quinientos hombres, muchos de ellos en realidad unos niños. Billy no
contestó. La pregunta no tenía sentido.
—¿Cuál era tu equipo? —inquirió nuevamente el coronel.
Y tosía una y otra vez. A cada inspiración sus pulmones roncaban
como si tuvieran un montón de papeles grasientos en el interior.
Billy no podía recordar a qué equipo pertenecía.
—¿Eres del Cuatro-cincuenta-y-uno?
—Cuatro-cincuenta-y-uno, ¿qué? —inquirió Billy.
Hubo un silencio. Finalmente, el coronel explicó:
—...Regimiento de Infantería.
Billy Pilgrim exclamó:
—¡Ah!
Hubo otro largo silencio. El coronel moría y moría, ahogándose,
de pie. Después gritó tristemente:
—¡Soy yo, muchachos! ¡Soy Wild Bob!
Eso es lo que siempre había deseado que le llamaran sus
soldados: «Wild Bob».
Ninguno de los hombres que ahora podían oírle era de su
regimiento, a excepción de Roland Weary. Pero Weary no le escuchaba; estaba
demasiado ocupado en pensar en la agonía de sus propios pies.
El coronel imaginó que estaba dirigiéndose a sus queridos
soldados por última vez y les dijo que no tenían por qué avergonzarse de nada,
que el suelo estaba lleno de alemanes muertos que habían deseado ante Dios no
oír hablar jamás del Cuatro-cincuenta-y-uno. Acabó su arenga prometiendo que
después de la guerra haría una reunión con todo el regimiento en su ciudad
natal, Cody, Wyoming. Asaría novillos enteros para todos.
Dijo todo eso mirando fijamente a los ojos de Billy. Sus
palabras resonaban como un eco en el interior de la cabeza del pobre Billy.
—¡Que Dios os acompañe, muchachos! —gritó con una voz que resonó
interminablemente, para luego añadir—: Si alguna vez uno de vosotros se
encuentra en Cody, Wyoming, ¡que pregunte por Wild Bob!
Yo estaba allí. Y también estaba mi viejo camarada de guerra,
Bernard V. O'Hare.
Billy Pilgrim fue metido en un vagón junto con muchos otros
soldados. Le separaron de Roland Weary, a quien instalaron en un vagón distinto
del mismo tren.
En cada esquina superior del vagón había unos pequeños
respiraderos. Billy se situó debajo de una de aquellas ventanitas mientras los
soldados se apiñaban a su alrededor y lo apretaban contra la pared. Pronto tuvo
que subirse a un tablón de madera colocado de forma que cerrara la escuadra
formada por la esquina de la pared, para eludir algo la presión de los demás, y
esto puso sus ojos al nivel del respiradero. Así fue como pudo ver otro tren
situado a unos nueve metros.
Los alemanes estaban escribiendo sobre los vagones, con yeso
azul, el número de personas que contenía cada uno de ellos, su rango, su
nacionalidad y la fecha en que habían sido «facturados» en el tren. También
aseguraban el cierre de los vagones con clavos y alambres. Billy oyó que
alguien escribía en su vagón, pero no pudo ver quién lo estaba haciendo.
La mayoría de los soldados que ocupaban el vagón donde iba Billy
eran jóvenes, acababan de salir de la infancia. Apretujado en la esquina, junto
a él, estaba un antiguo vagabundo que tenía por lo menos cuarenta años.
—He pasado más hambre otras veces —comentó el hombre,
dirigiéndose a Billy—. He estado en lugares peores que éste. ¡Esto no está tan
mal!
Un hombre gritó, por entre la rendija del respiradero de uno de
los vagones, que acababa de morir uno de sus compañeros. Le oyeron cuatro
guardas sin que la noticia pareciera conmoverles en absoluto.
—Ya, ya —dijo uno, asintiendo lentamente—. Ya, ya.
Pero no abrieron el vagón donde estaba el muerto, sino el
contiguo a ése. Entonces Billy Pilgrim quedó maravillado ante lo que allí vio.
Era como el paraíso. Había luz, literas con colchones y mantas, un hornillo
sobre el que humeaba una cafetera y una mesa con una botella de vino, rebanadas
de pan, salchichas y cuatro tazones de sopa.
En las paredes colgaban fotografías de castillos, lagos y
bonitas muchachas. Aquello era el hogar ambulante de los guardas del
ferrocarril, hombres cuya tarea consistía en estar siempre custodiando cargas
rodantes de acá para allá. Una vez hubieron entrado en el vagón, los cuatro
guardas cerraron la puerta.
Poco después salieron fumando cigarros y hablando con
satisfacción en el tono bajo suave del idioma alemán. Uno de ellos vio el
rostro de Billy en el respiradero y movió un dedo con gesto de advertencia, al
tiempo que le decía que fuera un buen muchacho.
Los americanos del otro vagón seguían gritando que había un
hombre muerto allí dentro. Entonces los alemanes les hicieron caso, sacaron una
camilla de dentro de su vagón, abrieron el otro y entraron. El vagón del hombre
muerto no estaba lleno. Había solamente seis coroneles vivos y uno muerto.
Los alemanes sacaron el cadáver y Billy pudo ver que era Wild
Bob. Así fue.
Durante la noche, algunas locomotoras empezaron a funcionar y a
moverse. La locomotora y el último vagón de cada tren exhibían una banda de
color naranja y negro, indicando que el convoy no era un buen blanco para los
bombarderos pues llevaba prisioneros de guerra.
La guerra estaba a punto de terminar. Las locomotoras empezaron
a moverse hacia el Este a finales de diciembre y la guerra terminaría en mayo.
En Alemania las prisiones estaban totalmente llenas. Ya no había alimentos para
dar a los prisioneros, ni combustible para mantenerlos a una temperatura
decente. A pesar de lo cual, llegaban muchos más prisioneros.
El tren en el que iba Billy Pilgrim, el más largo de todos los
que allí había, estuvo parado todavía dos días. Al llegar al segundo día, el
vagabundo le dijo a Billy:
—Esto no es nada. No está tan mal.
Billy miraba a través del respiradero. La estación de
ferrocarril era ahora un desierto, a excepción del tren hospital marcado con
una cruz roja, que estaba muy lejos. Su locomotora silbó y la locomotora del
tren de Billy Pilgrim le devolvió el silbido. Se saludaban.
Aun cuando no se movieran, los vagones del tren de Billy estaban
completamente cerrados. Nadie podía salir de ellos hasta llegar al final de su
destino. Para los guardas que paseaban arriba y abajo, cada vagón se había
convertido en un organismo único que comía, bebía y evacuaba a través de los
respiraderos. Incluso hablaba y, a veces, gritaba a través de los mismos. Por
ellos entraban agua, rebanadas de pan moreno, salchichas y queso, y salían
mierda, orina y vocerío.
Los seres humanos que allí había hacían sus funciones
evacuadoras en cascos de acero que luego pasaban a los que estaban en los
ventiladores para que los vaciaran. Billy era un vaciador. Aquellos seres
humanos se pasaban también las cantimploras llenas de agua que les entregaban
los guardas. Y cuando les llegaba la comida, aquellos seres humanos se
tranquilizaban tanto que una maravillosa ola de confianza les invadía a todos.
Y la compartían.
Los seres humanos del interior del vagón organizaron turnos para
repartir el estar echado o de pie. Las piernas de los que estaban de pie eran
como postes hundidos en un cálido suelo de cuerpos retorcidos y suspirantes. Y
el extraño suelo era un mosaico de durmientes encogidos como bebés. El tren
empezó a dirigirse hacia el Este.
En aquellos momentos, en alguna parte, era Navidad. Billy
Pilgrim estaba encogido como un bebé, junto al vagabundo, y se quedó dormido.
Era la Nochebuena. De pronto viajó otra vez en el tiempo hasta 1967, hasta
aquella noche en que fue raptado por un platillo volante de Tralfamadore.
4
Billy Pilgrim no podía dormir aquella noche. Tenía cuarenta y
cuatro años y su hija acababa de casarse.
La boda había tenido lugar bajo el cobijo de un alegre entoldado
a rayas instalado en el jardín de Billy. Las rayas eran anaranjadas y negras.
El y su esposa, Valencia, estaban en su gran cama de matrimonio,
encogidos como bebés. Los dedos mágicos les acunaban. Valencia no necesitaba
que la acunasen para dormirse. Valencia roncaba como una motosierra. La pobre
mujer ya no tenía ni ovarios ni útero ni nada. Se los había sacado un cirujano,
socio de Billy en el nuevo Holidays Inn.
Había luna llena.
Billy se levantó de la cama a la luz de la luna. Se sentía
fantasmagórico y luminoso, como si estuviera envuelto en frías pieles cargadas
de electricidad estática. Se miró los desnudos pies y los sintió marmóreos y
helados.
Salió al rellano de las escaleras, sabiendo que estaba a punto
de ser raptado por un platillo volante. El rellano tenía el aspecto de una
cebra, con franjas de oscuridad y de luz lunar que entraba a través de las
puertas de las habitaciones vacías de los dos hijos de Billy. Ya no había niños
en la casa. Se habían ido para siempre. Billy se dejaba guiar por el miedo y
por la falta de miedo. El miedo le decía cuándo debía detenerse. La falta de
miedo le decía cuándo debía seguir adelante.
Se dirigió a la habitación de su hija. Los cajones estaban fuera
de su sitio, el armario vacío. En el centro de la habitación permanecían,
amontonadas, todas las posesiones que no se había podido llevar en su luna de
miel. Y encima de la repisa de la ventana el teléfono modelo «Princesa» que le
había regalado, con línea independiente, despedía una débil luz fosforescente
que llamó su atención. En aquel momento, el aparato sonó.
Contestó. Al otro lado del hilo había un borracho. Billy casi
olía su aliento a gas de mostaza y rosas. Resultó que se había equivocado de
número. Billy colgó. Entonces, sobre la repisa de la ventana, vio, junto al
teléfono, una botella de plástico blando. La etiqueta decía que no contenía
ningún líquido nutritivo.
Billy Pilgrim bajó las escaleras con sus fríos y marmóreos pies.
Se dirigió a la cocina y allí la luz de la luna dirigió su atención hacia una
botella de champaña medio vacía que había sobre la mesa de la cocina. Era todo
lo que quedaba de la fiesta. Alguien había tapado otra vez la botella. Y
parecía decir: «¡Bébeme!»
Así que Billy la destapó con los dedos. No hizo ruido alguno. El
champaña estaba muerto. Así fue.
Billy miró el reloj que había sobre la cocina de gas. Tenía que
matar el tiempo durante una hora antes de que llegara el platillo. Se fue a la
salita balanceando la botella como si fuera una campana, se sentó en una butaca
y puso en marcha el televisor. Entonces, tras haberse aislado ligeramente del
tiempo, vio la última película, primero al revés, de fin a principio, y luego
otra vez en sentido normal. Era una película sobre la actuación de los
bombarderos americanos durante la Segunda Guerra Mundial y sobre los valientes
hombres que los tripulaban. Vista hacia atrás la historia era así:
Aviones americanos llenos de agujeros, de hombres heridos y de
cadáveres, despegaban de espaldas en un aeródromo de Inglaterra. Al sobrevolar
Francia se encontraban con aviones alemanes de combate que volaban hacia atrás,
aspirando balas y trozos de metralla de algunos aviones y dotaciones. Lo mismo
se repitió con algunos aviones americanos destrozados en tierra, que alzaron el
vuelo hacia atrás y se unieron a la formación.
La formación volaba de espaldas hacia una ciudad alemana que era
presa de las llamas. Cuando llegaron, los bombarderos abrieron sus portillones
y merced a un milagroso magnetismo redujeron el fuego, concentrándolo en unos
cilindros de acero que aspiraron hasta hacerlos entrar en sus entrañas. Los
containers fueron almacenados con todo cuidado en hileras. Pero allí abajo, los
alemanes también tenían sus propios inventos milagrosos, consistentes en largos
tubos de acero que utilizaron para succionar más balas y trozos de metralla de
los aviones y de sus tripulantes. Pero todavía quedaban algunos heridos
americanos, y algunos de los aviones estaban en mal estado. A pesar de ello, al
sobrevolar Francia aparecieron nuevos aviones alemanes que solucionaron el conflicto.
Y todo el mundo estuvo de nuevo sano y salvo.
Cuando los bombarderos volvieron a sus bases, los cilindros de
acero fueron sacados de sus estuches y devueltos en barcos a los Estados Unidos
de América. Allí las fábricas funcionaban de día y de noche extrayendo el
peligroso contenido de los recipientes. Lo conmovedor de la escena era que el
trabajo lo realizaban, en su mayor parte, mujeres. Los minerales peligrosos
eran enviados a especialistas que se encontraban en regiones lejanas. Su tarea
consistía en enterrarlos y esconderlos bien para que así no volvieran a hacer
daño a nadie.
Los pilotos americanos mudaron sus uniformes para convertirse en
muchachos que asistían a las escuelas superiores. Y Hitler se transformó en
niño, según dedujo Billy Pilgrim. En la película no estaba. Porque Billy
extrapolaba. Y se imaginó que todos se volvían niños, que toda la humanidad,
sin excepción, conspiraba biológicamente para producir dos criaturas perfectas
llamadas
Adán y Eva.
Billy vio después la película en sentido normal, y cuando acabó
ya era tiempo de acudir al patio posterior de su casa para encontrarse con el
platillo volante. Salió haciendo crujir la húmeda ensalada del césped con sus
fríos y marmóreos pies. Se detuvo para echar un trago de aquel champaña muerto.
Era como 7-Up. No quería levantar los ojos al cielo, a pesar de saber que allí
mismo había un platillo volante proveniente de Tralfamadore. Pronto llegaría el
momento en que lo vería por fuera y por dentro, y en que también vería el lugar
de donde procedía. Pronto llegaría el momento. Muy pronto.
Sobre su cabeza se oyó el grito de lo que podría haber sido un
melodioso búho, pero no era un melodioso búho. Era un platillo volante de
Tralfamadore que venía navegando por el espacio y el tiempo. Billy Pilgrim tuvo
la sensación de que acababa de aparecer de repente desde la nada. En algún
lugar se oía ladrar a un gran perro.
El platillo volante medía unos treinta metros de diámetro y
tenía portezuelas a todo su alrededor. La luz que despedía a través de los
portillos era purpúrea, y el único ruido que emitía era aquella especie de
grito de búho. El aparato descendió hasta envolver a Billy en un titilante halo
de luz pupúrea. Entonces se oyó un ruido como de beso y se abrió una escotilla
en la parte inferior del platillo. Por allí apareció una escalera dotada de una
hilera de brillantes luces a cada lado, como en las pasarelas de los barcos.
La voluntad de Billy quedó paralizada por el cañón de un arma
que le apuntaba desde uno de los portillos. Se hacía imperativo que subiera por
la escalerilla, y así lo hizo. Los travesaños estaban electrificados, de manera
que las manos de Billy quedaron firmemente agarradas a ellos. Fue izado por la
escotilla abierta y una vez dentro las puertas se cerraron tras él. Sólo
entonces le soltó la escalerilla, que se había enrollado en un carrete. Sólo en
aquel momento el cerebro de Billy volvió a funcionar.
En el interior de la cámara donde se encontraba Billy había dos
mirillas, por cuyas estrechas rendijas se asomaban unos ojos amarillos. Y
colgado en la pared, un altavoz. Los tralfamadorianos no tenían cuerdas
vocales. Se comunicaban telepáticamente y únicamente podían hablar con él por
medio de un computador y de una especie de órgano electrónico que producía
todos los sonidos del habla terrestre.
—Bien venido a bordo, señor Pilgrim —dijo el altavoz—. ¿Alguna
pregunta?
Billy se pasó la lengua por los labios, se quedó pensando un
momento y al final preguntó:
—¿Por qué yo?
—Esa es una pregunta muy terrenal, señor Pilgrim. ¿Por qué
usted? ¿Por qué nosotros?, podríamos decir. ¿Por qué cualquier cosa? Porque
este momento, sencillamente, es. ¿Ha visto usted alguna vez insectos atrapados
en ámbar?
—Sí —repuso Billy, que recordó el pisapapeles que tenía en su
oficina: era un bloque de ámbar pulido, con tres mariquitas aprisionadas
dentro.
—Bien, aquí estamos, señor Pilgrim, atrapados en el ámbar de
este momento. No hay ningún porqué.
Introdujeron anestesia en la atmósfera que respiraba Billy.
Cuando se hubo dormido le llevaron a una sala donde le ataron a un sillón
extensible que habían robado en los almacenes Sears & Roebuck. La cabina
del platillo estaba repleta de mercancías robadas, que serían utilizadas para
decorar e instalar la morada artificial que Billy tenía destinada en el zoo de
Tralfamadore.
La terrorífica aceleración del platillo al dejar la Tierra hizo
retorcerse a Billy, cuyo rostro se contorsionó y dislocó en el tiempo,
devolviéndolo a la guerra.
Cuando recobró el conocimiento, ya no estaba en el platillo
volante. Se encontraba de nuevo en un vagón de tren, cruzando Alemania.
En aquel momento algunos hombres se estaban levantando del suelo
y del vagón y otros se echaban en su lugar. Billy tenía también la intención de
echarse. Sería estupendo poder dormir. Tanto dentro como fuera del tren,
imperaba la oscuridad. Y el convoy parecía correr a una velocidad de unos tres
kilómetros por hora. Nunca daba la impresión de que corriera más y siempre
pasaba mucho rato entre el traqueteo de un raíl y el del otro. Se oía un
chasquido, pasaba todo un año y entonces se oía otro chasquido.
El tren se paraba frecuentemente para dejar vía libre a otros
trenes verdaderamente importantes. Y también para dejar, cuando pasaba cerca de
una prisión, algunos vagones. A medida que cruzaba Alemania, aquel tren se iba
quedando más raquítico.
Billy se dejó caer lentamente desde el travesaño en diagonal que
había en el rincón, con objeto de hacerse ingrávido para los que estaban en el
suelo. Sabía que era importante que se comportara casi como un espíritu en el
momento de echarse. Había olvidado el porqué, pero se lo recordaron pronto.
—¡Pilgrim...!—dijo alguien que estaba agazapado a su lado—.
¿Eres tú?
Billy no dijo nada, sino que se echó cuidadosamente y cerró los
ojos.
—¡Maldición! —gritó el otro, al tiempo que se sentaba y palpaba
rudamente a Billy—. Eres tú, ¿no? Vamos, ¿eres tú? ¡Vete al infierno!
Ahora Billy también se sentó, sintiéndose desdichado y próximo a
estallar en lágrimas.
—¡Sal de ahí! ¡Quiero dormir!
—¡A callar! —vociferó otra voz.
—Callaré cuando Pilgrim se vaya.
Billy no tuvo más remedio que levantarse y colgarse otra vez del
travesaño en diagonal.
—¿Dónde puedo dormir? —preguntó suavemente.
—Conmigo, no.
—Ni conmigo, hijo de perra. Chillas y pataleas.
—¿Yo?
—¡Naturalmente que sí! Y además lloras.
—¿Yo?
—¡Vete al infierno, Pilgrim!
Entonces empezó un amargo recuento en el interior del vagón.
Casi todo el mundo tenía algo atroz que contar para explicar las cosas que
Billy Pilgrim había hecho durante su sueño. Y todo el mundo le dijo a Billy
Pilgrim que se fuera al infierne.
Así pues, Billy Pilgrim tuvo que dormir de pie, o no dormir. Y
los alimentos ya no entraban por los ventiladores, y los días y las noches eran
cada vez más fríos.
En el octavo día, el vagabundo cuarentón le dijo a Billy:
—Esto no está mal. Yo puedo estar cómodo en cualquier parte.
—¿De veras? —preguntó Billy.
En el noveno día, el vagabundo murió. Así sucedió. Sus últimas
palabras fueron:
—¿Tú crees que esto está mal? Pues no, no lo está.
Pasó algo relacionado con la muerte el noveno día. Hubo también
otra muerte al noveno día en el vagón contiguo al de Billy. Roland Weary murió
de una gangrena producida en sus destrozados pies. Así fue.
Weary, en su delirio casi constante, habló una y otra vez de los
«Tres Mosqueteros». Y, sabiendo que iba a morir, dejó muchos mensajes para su
familia de Pittsburgh. Quería ser vengado por encima de todo, y por eso
pronunció repetidamente el nombre de la persona a la que consideraba
responsable de su muerte. Todos los del vagón se lo aprendieron de memoria.
—¿Quién me ha matado? —preguntaba.
Y todo el mundo conocía la respuesta:
—Billy Pilgrim.
Escucha: la noche del día décimo se oyó ruido de hierros y
clavijas en el vagón de Billy... y por fin se abrió la puerta. Billy Pilgrim
estaba apoyado en el rincón con los brazos extendidos sobre el travesaño, y se
mantenía en esta postura gracias a un gancho que colgaba del marco del
respiradero. Justo al abrirse la puerta Billy tosió. Y lo hizo con tanto ímpetu
que, al mismo tiempo, evacuó acuosos excrementos. Esto estaba de acuerdo con la
Tercera Ley del Movimiento según sir Isaac Newton, que dice: toda acción
engendra una reacción igual y en dirección opuesta.
Esto, en balística, es interesante saberlo.
El tren había llegado cerca de una prisión que originariamente
fue construida como campo de exterminio de prisioneros de guerra rusos.
Los guardas miraron con curiosidad hacia el interior del vagón
de Billy, murmurando palabras entre ellos. Nunca habían tratado con americanos,
pero seguro que se hacían cargo de la clase de mercancía que eran. Sabían que
se trataba, esencialmente, de un líquido que podía hacerse correr lentamente
hacia donde hubiera luz y vida. Era de noche.
La única luz que se veía era la de una bombilla, una sola,
colgada de un poste muy alto y lejano. Fuera del vagón todo estaba en silencio,
a excepción de los guardas, que producían un murmullo como de palomas. De
pronto, el líquido empezó a correr saliendo a chorros por las puertas y hasta
el suelo.
Billy fue el penúltimo hombre que traspasó la puerta. El último
fue el vagabundo. Pero el pobre hombre no pudo salir a chorro: ya no era
líquido, era piedra. Así fue.
Billy no quería saltar desde el vagón hasta el suelo. Creía
sinceramente que se rompería como un vaso si lo hacía. De manera que los
guardas tuvieron que ayudarle a saltar, sin dejar de murmurar.
Le dejaron frente al tren, que ahora constaba de una locomotora,
un ténder y tres pequeños vagones. El último de éstos era el paraíso sobre
ruedas de los guardas. Y en aquel paraíso sobre ruedas la mesa estaba puesta de
nuevo, con la cena servida.
En la base del poste del que colgaba la bombilla encendida había
tres bultos que parecían pajares. Hicieron caminar a los americanos hasta
ellos, y se los señalaron con insistencia. Los bultos no eran pajares, sino
montones de cazadoras de prisioneros muertos. Así era.
Los guardas expresaron firmemente su deseo de que todos los
prisioneros que no tuvieran cazadora cogieran una. Pero las prendas estaban
pegadas unas con otras por efecto del hielo, de manera que los guardas tuvieron
que utilizar las bayonetas como si fueran picos. Luego, al azar, fueron
tendiendo las piezas, que permanecían rígidas y tenían la forma que habían
tomado al amontonarse.
La cazadora que le tocó a Billy Pilgrim había quedado helada de
tal forma y era tan pequeña que no parecía una cazadora, sino una especie de
tricornio negro y alargado. Además tenía unas manchas pegajosas, como de
mermelada de fresa, que la hacían parecer la piel de un animal muerto de frío.
De hecho, el cuello de la cazadora era de piel animal.
Billy echó una torpe ojeada a las cazadoras de sus vecinos y
comprobó que tenían botones de latón, galones, águilas, lunas, estrellas o
números en alguna parte. Eran cazadoras de soldado. La suya era la única que
había pertenecido a un cadáver civil. Así era.
Luego, los alemanes apremiaron a Billy y al resto para que
rodearan su bonito tren y les hicieron entrar en el campo de prisioneros. Allí
no encontraron ni calor ni vida que les llamara la atención; era simplemente
una larga, larguísima hilera con miles de cobertizos sin ninguna luz dentro.
En alguna parte ladró un perro. Y con la ayuda del miedo y del
eco del silencio invernal, su ladrido pareció el sonido de una pequeña campana
de bronce.
Billy y el resto fueron atravesando puerta tras puerta y en
aquel peregrinar Billy vio, por primera vez, a un ruso. El hombre estaba solo
en la noche, iba andrajoso y tenía un rostro redondo que brillaba como el dial
de un aparato de radio.
Pasó a un metro de él. Les separaba una alambrada de púas. El
ruso no hizo ninguna señal ni dijo nada, pero le miró fijamente, escudriñando
el interior de su alma. En su mirada había una dulce esperanza, como si Billy
tuviera buenas noticias, noticias que él quizá fuera demasiado estúpido para
entenderlas, pero buenas noticias al fin y al cabo.
Billy fue ensombreciéndose a medida que pasaban una puerta tras
otra. Le llevaron a lo que podría haber sido una construcción tralfamadórica.
Estaba iluminada de una forma chillona y enladrillada con mosaico blanco. Pero
estaba en la Tierra. Era un control de limpieza por el que pasaban todos los
prisioneros.
Billy hizo lo que se le ordenó: despojarse de sus ropas. Esta
fue también la primera cosa que le obligaron a hacer en Tralfamadore.
Un alemán midió la parte superior de su brazo derecho rodeándolo
con el pulgar y el índice, y comentó con un compañero la clase de ejército que
sería el que enviaba una debilidad como aquélla al frente. Después miraron a
los demás americanos, y señalaron a muchos que estaban casi tan mal como Billy.
Uno de los americanos que tenía mejor aspecto era también el más
viejo. Ejercía como maestro en una escuela superior de Indianápolis y se
llamaba Edgar Derby. No había viajado en el vagón de Billy, sino en el de
Roland Weary, y había sostenido la cabeza de Weary cuando murió. Así sucedió.
Derby tenía cuarenta y cuatro años. Era tan viejo que un hijo suyo estaba en la
Marina, luchando en el frente del Pacífico.
Derby se había servido de influencias políticas para poder
entrar en el Ejército a su edad. La asignatura que enseñaba en Indianápolis era
«Problemas Contemporáneos de la Civilización Occidental». Además, entrenaba al
equipo de tenis de la escuela; por ello su cuerpo permanecía tan cuidado.
El hijo de Derby sobreviviría a la guerra. Derby no. Su hermoso
cuerpo sería llenado de agujeros por un pelotón de ejecución al cabo de sesenta
y ocho días. Así fue.
El peor cuerpo americano no era el de Billy. Pertenecía a un
ladrón de coches de Cicero, Illinois. Su nombre era Paul Lazzaro. De baja
estatura, sus huesos y sus dientes estaban completamente raídos, y su piel era
desagradable. Tenía cicatrices del tamaño de una moneda por todo el cuerpo.
Eran el recuerdo de los muchos tumorcillos que había padecido.
También Lazzaro había viajado en el vagón de Roland Weary, y le
había dado su palabra de honor de que encontraría la forma de hacer pagar a
Billy Pilgrim por su muerte. Ahora miraba a su alrededor preguntándose cuál de
aquellos desnudos seres humanos sería Billy.
Los americanos desnudos se colocaron bajo unas duchas alineadas
en una pared pintada de blanco. No había grifos que pudieran controlar. Sólo
podían esperar los acontecimientos. Tenían los sexos encogidos. Menos mal que
la función reproductiva no estaba en el programa de la noche.
Una mano invisible dio vuelta a una manivela también invisible y
por las duchas salió una lluvia hirviente, semejante a una antorcha, pero que
no calentaba. Hizo brincar a Billy sin quitarle el frío que llevaba arraigado
en la médula de sus huesos.
Mientras, desinfectaron las ropas de los americanos con un gas
venenoso. Los parásitos del cuerpo y las bacterias de las ropas morían a
millones. Así era.
Y Billy retrocedió hasta el tiempo de su infancia. Era un bebé,
al que su madre acababa de bañar. Ahora su madre le envolvía con una toalla y
le llevaba hasta una alegre habitación llena de sol. Allí le sacaba de la
toalla, se lo ponía sobre las rodillas y lo empolvaba, sonriéndole y hablándole
cariñosamente. Después le daba unas palmaditas en su abultada barriguita, que
sonaba como un tambor.
Y él lanzaba grititos de alegría.
Luego se adelantó hasta el tiempo en que sería un óptico de
mediana edad, y esta vez se vio jugando al golf durante un calurosísimo domingo
estival. Bill ya no iba a la iglesia. En lugar de eso jugaba al golf con tres
ópticos más. Aquel día había llegado al green en siete golpes, y ahora le
tocaba acertar el agujero, situado a unos dos metros y medio.
Acertó. Fue hasta el hoyo, se inclinó y sacó la bola. En aquel momento,
el sol se escondió tras una nube. Y Billy quedó adormilado momentáneamente.
Cuando se recobró, ya no estaba en el golf.
Se encontraba atado a una silla amarilla, en una habitación
blanca, a bordo del platillo volante que se dirigía a Tralfamadore.
—¿Dónde estoy? —preguntó Billy Pilgrim.
—Atrapado en otro bloque de ámbar, señor Pilgrim. Estamos
precisamente donde debemos estar en este instante, a quinientos millones de
kilómetros de la Tierra. Y nos dirigimos, por un hilo del tiempo, hacia
Tralfamadore. Este viaje quizá nos lleve horas, o tal vez siglos.
—¿Cómo... he llegado hasta aquí?
—Eso, para usted, requeriría otra explicación terrenal. Los
terrestres son grandes narradores; siempre están explicando por qué determinado
acontecimiento ha sido estructurado de tal forma, o cómo puede alcanzarse o
evitarse. Yo soy tralfamadoriano, y veo el tiempo en su totalidad de la misma
forma que usted puede ver un paisaje de las Montañas Rocosas. Todo el tiempo es
todo el tiempo. Nada cambia ni necesita advertencia o explicación. Simplemente
es. Tome los momentos como lo que son, momentos, y pronto se dará cuenta de que
todos somos, como he dicho anteriormente, insectos prisioneros en ámbar.
—Eso me suena como si ustedes no creyeran en el libre albedrío
—dijo Billy Pilgrim.
—Si no hubiera pasado tanto tiempo estudiando a los terrestres
—explicó el tralfamadoriano—, no tendría ni idea de lo que significa «libre
albedrío». He visitado treinta y un planetas habitados del universo, y he
estudiado informes de otros cien. Sólo en la Tierra se habla de «libre
albedrío».
5
Billy Pilgrim afirma que, para las criaturas de Tralfamadore, el
Universo no tiene la apariencia de pequeñas manchas luminosas. Esas criaturas
pueden ver cada estrella donde ha estado, donde está y donde estará. Así pues,
para ellos, el cielo es un enorme plato de spaghetti luminoso. Además, según
él, los tralfamadorianos no ven a los seres humanos como criaturas de dos
piernas. Los ven como grandes ciempiés, «con piernas infantiles en un extremo y
piernas de anciano en el otro», afirma Billy Pilgrim.
Billy pidió algo para leer en su viaje a Tralfamadore. Sus
raptores tenían cinco millones de libros terrestres metidos en un microfilm,
pero era imposible proyectarlo en la cabina donde él estaba. El único libro de
verdad que tenían era una novela en inglés que debía ser colocada en un museo
tralfamadoriano. Era El Valle de las Muñecas, de Jacqueline Susann.
Billy lo leyó, y consideró que tenía algunas cosas buenas. Los
personajes pasaban momentos buenos y malos, momentos de ánimo y de depresión.
Pero Billy no tenía ganas de leer los mismos momentos buenos y malos de los
personajes, repetidos una y otra vez. Preguntó si por favor podían darle otra
cosa para leer.
—Sólo novelas tralfamadorianas, aunque me temo que todavía no
pueda comprenderlas —dijo el altavoz de la pared.
—De todas maneras me gustaría ver una —repuso él.
Así pues, le hicieron llegar algunas. Eran objetos muy pequeños.
Una docena de esas novelas abultaban como El Valle de las Muñecas con todos los
momentos buenos y malos de sus protagonistas.
Billy no podía leer el tralfamadoriano, desde luego, pero al
menos podía ver cómo se escribía, en pequeños montones de símbolos separados
por estrellas. Billy comentó que el montoncito de signos podían ser telegramas.
—Exactamente —dijo la voz.
—¿Son telegramas?
—No existen telegramas en Tralfamadore, pero tiene usted razón.
Cada montón de símbolos es un mensaje breve y urgente que describe una
situación, una escena. Nosotros, los tralfamadorianos, los leemos todos a la
vez y no uno después del otro. Por lo tanto, no puede haber ninguna relación
concreta entre todos los mensajes, excepto la que el autor les otorga al
seleccionarlos cuidadosamente. Así pues, cuando se ven todos a la vez dan una
imagen de vida maravillosa, sorprendente e intensa. No hay principio, no hay
mitad, no hay terminación, no hay «suspense», no hay moral, no hay causas, no
hay efectos. Lo que a nosotros nos gusta de nuestros libros es la profundidad
de muchos momentos maravillosos vistos todos a la vez.
Momentos después el platillo penetró en la urdimbre del tiempo,
y Billy retrocedió hasta su infancia. Tenía doce años y se encontraba entre su
padre y su madre en Bright Angel Point, al borde del Gran Cañón. La pequeña
familia humana estaba contemplando el fondo del cañón, mil quinientos metros
bajo sus pies.
—Bien —dijo el padre de Billy, dando un puntapié a una
piedrecita que cayó al vacío—, ahí está.
Habían viajado hasta aquel famoso lugar en automóvil. Y por el
camino habían tenido siete pinchazos.
—Valía la pena el viaje —dijo la madre de Billy, llena de
emoción—. ¡Oh, Dios, y valdría la pena repetirlo!
Billy odiaba el cañón. Estaba seguro de que iba a caerse al
fondo. Su madre le tocó y se orinó en los calzoncillos.
Había otros turistas que también contemplaban el cañón. Y un
guía respondía a las preguntas que se le hacían. Un francés que había venido
desde Francia preguntó al guía, en un inglés torpe, si mucha gente se suicidaba
saltando por allí.
—Sí, señor —contestó el guía—, unos tres individuos al año.
Así es.
Y Billy continuó su viaje por el tiempo, haciendo una parada
diez días más tarde, de manera que seguía teniendo doce años y realizando aquel
viaje turístico por el Oeste con su familia. Ahora se encontraba en las
Cavernas Carlsbad, y Billy estaba rogando a Dios para que no les cayera el
techo encima.
Un guía les explicaba que las cavernas habían sido descubiertas
por un cowboy que vio salir una gran nube de murciélagos de un agujero del
suelo. Y después dijo que iba a cerrar todas las luces para que, probablemente
por primera vez en su vida, las personas que nos encontrábamos allí supiéramos
lo que era la oscuridad total.
Cuando se apagaron las luces, Billy ya no sabía si estaba vivo o
muerto. Y entonces, a su izquierda, vio flotar en el aire una especie de
fantasma que tenía números. Su padre había sacado su reloj de bolsillo, cuyas
cifras eran fosforescentes.
Billy pasó de la oscuridad total a la luz total y se encontró de
nuevo en el control de depuración. La ducha había terminado. Una mano invisible
había cerrado el grifo del agua.
Cuando a Billy le devolvieron sus ropas, no estaban más limpias
que antes, pero todos los pequeños animalitos que habían vivido en ellas
estaban muertos. Así era en efecto. En cuanto a su nueva cazadora, que se había
deshelado y estaba ya blanda, era muy pequeña para él. Además, aunque tenía el
cuello de piel y un forro de seda roja, parecía un colador de tantos agujeros
de bala como tenía.
Billy Pilgrim se vistió. Cuando se puso la cazadora la espalda
se descosió y los hombros y las mangas quedaron completamente sueltos. Así
pues, la cazadora quedó convertida en una camiseta con cuello de piel. Estaba
hecha de manera que el faldón tuviera uno poco de vuelo a partir de la cintura,
pero a Billy el vuelo le empezaba en los sobacos. Los alemanes lo consideraron
lo más ridículo y divertido que habían visto en la Segunda Guerra Mundial. Y se
desternillaron de risa.
Los alemanes hicieron alinear a todos los americanos, con Billy
a la cabeza, para emprender el mismo recorrido que antes, una puerta tras otra,
pero al revés. Los americanos se sentían mejor que antes. La ducha caliente les
había animado. Llegaron hasta un cobertizo, donde un cabo con un solo brazo y
un solo ojo escribía el nombre y número de cada prisionero en un gran libro
rojo. Ahora todos estaban legalmente vivos. Antes, cuando sus nombres y números
aún no estaban registrados en ese libro. se les consideraba desaparecidos en
acción y probablemente muertos.
Así era.
Mientras los americanos esperaban su turno, se produjo un
altercado casi al final de la fila. Un americano había murmurado algo que no le
había sentado bien al guarda. Este, que sabía inglés, le había empujado fuera
de la fila y derribado de un puñetazo.
El americano estaba atónito. Se levantó tembloroso y echando
sangre por la boca, pues le habían saltado los dientes. Evidentemente no quería
ofender a nadie con lo que había dicho, y no tenía ni idea de que el guarda le
hubiera oído y comprendido.
—¿Por qué yo? —preguntó al guarda.
El guarda lo empujó de nuevo a la fila y replicó:
—¿Por qué tú? ¿Por qué cualquiera?
Cuando a Billy Pilgrim le anotaron el nombre en el libro del
campo de prisioneros recibió también su número, grabado en una placa metálica.
Lo había impreso un obrero polaco, que ahora estaba muerto. Así era.
Le dijeron a Billy que se colocara la placa colgada del cuello y
él obedeció. Aquello parecía una galleta, pero con una ranura en medio. Así, un
hombre fuerte podría partir la placa con las manos, en el caso de que Billy
muriera, cosa que no hizo; una mitad quedaría colgando en su cuerpo, y la otra
identificaría su tumba.
Cuando el pobre Edgar Derby, profesor de una escuela superior,
fue fusilado en Dresde, un médico certificó su defunción y rompió la placa en
dos. Así fue.
Debidamente registrados y clasificados, los americanos siguieron
atravesando puerta tras puerta. Al cabo de dos días sus familias sabrían, por
medio de la Cruz Roja Internacional, que estaban vivos.
Al lado de Billy estaba Paul Lazzaro, quien había prometido
vengar a Roland Weary. Ahora Lazzaro no pensaba en venganzas sino en su
terrible dolor de estómago, que se le había encogido hasta adquirir el tamaño
de una nuez. Aquella bolsa seca y encogida era tan dolorosa como un tumorcillo.
Detrás de Lazzaro venía el pobre Edgar Derby con sus
identificaciones alemana y americana colgando como medallas, por fuera de sus
ropas. Había confiado en llegar a ser capitán, o quizá comandante de una
compañía, a causa de su edad y de su cultura. Ahora se encontraba, a
medianoche, en la frontera checoslovaca.
—Alto —ordenó un guarda.
Los americanos se detuvieron, quedándose allí, de pie,
silenciosos y rodeados por el frío. Los cobertizos ante los que estaban ahora
eran exteriormente iguales a cuantos habían pasado hasta entonces. Pero se
apreciaba una diferencia: éstos tenían diminutas chimeneas, por las que salían
constelaciones de chispas.
Un guarda llamó a la puerta.
La abrieron desde el interior y la luz se escapó a una velocidad
de 300.000 kilómetros por segundo. Dentro del cobertizo cincuenta ingleses de
mediana edad cantaban solemnemente «Ah, ah, los muchachos han llegado», de la
obra Piratas de Penzance.
Aquellos rudos y fervientes vocalistas eran quizá los primeros
prisioneros de habla inglesa que se habían hecho en la Segunda Guerra Mundial.
Ahora, cerca ya del final, cantaban. No habían visto una mujer o un niño
durante cuatro años. Tampoco habían visto pájaros. Ni siquiera los gorriones
entraban en el campo.
Los ingleses eran oficiales. Todos habían intentado escapar de
otra prisión por lo menos una vez. Por eso los tenían allí, en aquella isla
yerma rodeada de un mar de rusos moribundos.
Podían abrir tantos túneles como quisieran. Inevitablemente
volverían a la superficie comprendida dentro del rectángulo rodeado de alambre
de púas, y se encontrarían circundados de rusos cadavéricos que no les
comprenderían ni tendrían alimentos, información útil o planes de fuga propios.
Podían decidir escapar a bordo de algún vehículo o robar uno. Fracasarían por
la simple razón de que ningún vehículo llegaba hasta el campo o sus
alrededores. Si querían incluso podían fingir una enfermedad. Eso tampoco les
iba a servir de nada, porque nadie les sacaría de allí: el único hospital del
campo era un cobertizo con seis camas, situado en el mismo bloque de los
prisioneros británicos.
Los ingleses iban limpios, estaban de buen humor y se veía»
decentes y fuertes. Cantaban rugiendo a pleno pulmón. Y eso que llevaban
cantando juntos, cada noche, desde hacía años.
También habían levantado pesos y hecho gimnasia durante aquel
tiempo. Por eso tenían la barriga fuerte y los músculos de las pantorrillas y
de los brazos como balas de cañón. Además todos eran maestros del ajedrez, del
juego de damas, del bridge, del dominó, de los crucigramas, del ping-pong, del
billar e incluso del morse.
Se les podía contar entre la gente más sana de Europa, en
términos de alimentación. Pues un error burocrático cometido a principios de la
guerra, cuando todavía llegaban alimentos a los prisioneros, había sido causa
de que la Cruz Roja les enviara cada mes quinientas raciones de comida en lugar
de las cincuenta que les correspondían. Los ingleses las habían distribuido y
ahorrado tan bien que ahora, al final de la guerra, tenían tres toneladas de
azúcar, una de café, dos de harina, una de carne de buey en conserva y dos de
mermelada de naranja, setecientos kilos de té, cuatrocientos de chocolate,
quinientos de mantequilla en conserva, seiscientos de queso y trescientos de
leche en polvo.
Guardaban todo eso en una habitación oscura que habían
acondicionado a prueba de ratas. Estaba revestida interiormente con el cinc de
las latas vacías.
Los alemanes les adoraban, pues creían que eran exactamente lo
que los ingleses tienen que ser. Sabían transformar la guerra en una cosa
elegante, razonable y divertida. Por eso les dejaban ocupar cuatro cobertizos,
aun cuando todos juntos cabían perfectamente en uno solo. Además, a cambio de
café, chocolate o tabaco, les daban pintura, lumbre, clavos y materiales para
que pudieran instalarse cómodamente.
Doce horas antes se les había comunicado que estaban en camino
unos huéspedes americanos. Y como hasta entonces jamás habían tenido huéspedes,
en seguida se pusieron a trabajar como perfectas amas de casa, barriendo,
lavando, cocinando, horneando, haciendo colchones de paja y sacos, y colocando
mesas y distribuyendo y colocando regalos festivos para sus próximos
compañeros.
Ahora, en el frío de aquella noche invernal, les cantaban la
bienvenida. Sus ropas olían al festín que habían preparado. Iban vestidos mitad
de soldados y mitad de jugadores de tenis o béisbol. Se sentían tan orgullosos
de su propia hospitalidad y de todos los requisitos dispuestos en las mesas,
que ni siquiera miraron a sus huéspedes recién llegados. Y se imaginaban que
estaban recibiendo, con sus cantos, a compañeros oficiales venidos del mismo
frente.
Condujeron a los americanos hacia el cobertizo afectuosamente,
llenando la noche de gritos de alegría y gestos de fraternidad. Les llamaban
«Yank», les hablaban de una «Buena fiesta», les prometían que «Jerry no
molestaba nunca», etc.
Billy Pilgrim se preguntó quién sería Jerry.
Billy se encontraba ahora en el interior del cobertizo junto a
una enorme estufa de hierro cuyo crepitante fuego hacía humear docenas de
teteras. Algunas de éstas estaban provistas de silbatos que anunciaban el
momento de la ebullición del agua. Y había calderos llenos de un dorado y
espeso caldo. En la superficie de la sopa algunas burbujas permanecían en
majestuoso letargo, mientras Billy Pilgrim las contemplaba.
También había unas mesas alargadas preparadas para un banquete.
Encima de las mesas, latas de leche en polvo hacían de cuencos, otras latas más
pequeñas servían de tazas y otras, en fin, más altas y delgadas, de vasos (cada
vaso estaba lleno de leche caliente). Además, lotes de regalos compuestos por
una máquina de afeitar con sus correspondientes paquetes de hojas y brocha, dos
cigarros puros, una pastilla de jabón, una barra de chocolate, diez
cigarrillos, una caja de cerillas, un lápiz y una vela.
Solamente las velas y el jabón eran de origen alemán. Tenían un
aspecto opaco y fantasmagórico. Los ingleses no lo sabían, pero ambas cosas
estaban hechas con grasa extraída de judíos, gitanos, comunistas y otros
enemigos del Estado.
Así era.
La sala del banquete estaba iluminada con candelabros. Y
dispuestas para ser servidas, se veían rebanadas de pan blanco recién hecho,
pastillas de mantequilla, tarros de mermelada, fuentes llenas de carne de buey
cortada en finos filetes, sopa, huevos revueltos y un pastel caliente relleno
de mermelada.
En un extremo del cobertizo Billy vio unos arcos de color de
rosa de los que colgaban unas cortinas azules, bajo las que se habían colocado
un enorme reloj y dos tronos dorados, aparte de un cubo y un estropajo de
fregar. Era el escenario donde tendría lugar el espectáculo, una versión
musical de La Cenicienta, el cuento más popular de todos los tiempos.
Billy Pilgrim se estaba quemando sin darse cuenta. Se había
acercado demasiado a la estufa y el borde de su cazadora se estaba consumiendo.
Era un quemarse lento y tranquilo, que recordaba el consumirse de un brasero.
Se hizo un silencio. Los ingleses contemplaban paternalmente a
las deseadas criaturas, con tanta ilusión esperadas y recibidas. Uno de los
ingleses vio que Billy se estaba quemando.
—¡Eh muchacho! ¡Que te estás quemando! —exclamó apartando a
Billy de la estufa y apagando el fuego a manotazos.
Como Billy no hizo ningún comentario, el inglés le preguntó:
—¿Puedes hablar? ¿Puedes oírme?
Billy asintió.
Entonces el inglés le tocó, palpándolo aquí y allá, lleno de
compasión. Y dijo:
—Dios mío, ¿qué te han hecho, muchacho? Esto no es un hombre, es
un espantapájaros. ¿Eres realmente americano?
—Sí —repuso Billy.
—¿Y tu graduación?
—Soldado.
—¿Qué se hizo de tus botas, muchacho?
—No recuerdo.
—Esa cazadora será una broma, ¿no?
—¿Cómo, señor?
—¿De dónde sacaste eso?
Billy tuvo que pensar un buen rato. Al fin dijo:
—Me la dieron.
—¿Te la dio Jerry?
—¿Quién?
—¿Te la dieron los alemanes?
—Sí.
A Billy comenzaba a disgustarle aquel interrogatorio. Era
agotador.
—Ohhhh... Yank, Yank, Yank... —dijo el inglés—. Esa cazadora es
un insulto.
—¿Cómo, señor?
—Ha sido una acción deliberada para humillarte. No debes dejar
que Jerry te haga esas cosas.
Billy Pilgrim se desvaneció.
Volvió en sí en una silla frente al escenario. De una forma u
otra había comido, y ahora estaba viendo La Cenicienta. Y por cierto que parte
de su personalidad había estado disfrutando con el espectáculo, pues Billy se
estaba riendo mucho.
Los personajes femeninos de la obra eran representados por
hombres, claro. El reloj acababa de dar la medianoche, y Cenicienta se
lamentaba:
«¡Cielos! El reloj ha sonado...
Maldición, y mi suerte se ha truncado.»
Billy encontró el verso tan cómico que no sólo se reía sino que
chillaba. Continuó chillando hasta que lo sacaron del cobertizo y lo
trasladaron a otro, el hospital. Era un hospital de seis camas. No había ningún
otro paciente.
Metieron a Billy en la cama, lo ataron y le pusieron una
inyección de morfina. Otro americano se presentó voluntario para vigilarle.
Este voluntario era Edgar Derby, el maestro de la escuela superior que sería
fusilado en Dresde. Así fue.
Derby se sentó en un taburete de tres patas. Le dieron un libro
para leer: La roja insignia del valor, de Stephen Crane. Y aunque ya lo había
leído antes, se puso a releerlo mientras Billy Pilgrim cruzaba la puerta del
paraíso morfinal.
Bajo los efectos de la morfina, Billy había estado soñando con
jirafas en un jardín. Las jirafas correteaban por un sendero abierto entre
árboles, la mayoría de los cuales eran perales de los que colgaban apetitosos
frutos. Billy era también una jirafa. Comió una pera. Estaba dura. La trituró
entre los dientes y la pera crujió protestando.
Las jirafas aceptaban a Billy como a uno de los suyos, una
inofensiva criatura tan absurdamente dibujada como ellas mismas. Se le
acercaron dos que venían de direcciones opuestas, y le acariciaron el lomo.
Tenían los labios superiores grandes y musculosos, y los ponían como el
pabellón de una trompeta. Le besaron con esos labios. Eran jirafas hembras, de
piel color crema y amarillo limón, que tenían unos cuernos como picaportes. Los
cuernos estaban cubiertos de una piel aterciopelada.
¿Por qué?
La noche cayó sobre el jardín de las jirafas y Billy Pilgrim
durmió durante un rato. No soñó más. Luego viajó por el tiempo. Y se despertó
con la cabeza escondida bajo una manta, en una sala de pacientes mentales
no-violentos de un hospital de veteranos sito en Lake Placid, Nueva York. Era
la primavera de 1948, tres años después del fin de la guerra.
Billy sacó la cabeza de debajo de la manta. Las ventanas de la
sala estaban abiertas. Afuera los pájaros lanzaban sus trinos. «Pío-pío-pi»,
dijo uno. El sol estaba alto. En la sala había otros veintinueve pacientes pero
en aquel momento estaban todos fuera, disfrutando del día. Tenían libertad para
ir y venir a su antojo, e incluso para marcharse a su casa si querían. También
Billy Pilgrim. Todos ellos habían ido allí voluntariamente, alarmados por el
mundo exterior.
Billy se había presentado en el hospital a mediados del último
curso de la Escuela de Óptica de Ilium. Nadie sospechaba que estuviera
volviéndose loco, todo el mundo le decía que tenía buen aspecto. Pero, ahora
que se encontraba en el hospital, los médicos le habían dado la razón: se
estaba volviendo loco.
No creyeron que tuviera nada que ver con la guerra. Todos los
doctores coincidían en que Billy se estaba desmoronando por causa de su padre,
que le había lanzado a las profundidades de la piscina de la YMCA cuando era
pequeño y que le había llevado al borde del Gran Cañón.
El hombre que ocupaba la cama contigua a la de Billy era un
antiguo capitán de infantería llamado Eliot Rosewater. Estaba agotado y enfermo
por su continuo andar borracho por ahí.
Fue Rosewater quien inició a Billy en la cienciaficción, en
particular en los escritos de Kilgore Trout. El ex capitán tenía una
extraordinaria colección de libros baratos de ciencia ficción debajo de la
cama. Se los había traído al hospital metidos en un baúl. Y cada uno de
aquellos queridos y manoseados libros despedía un olor como de pijamas de
franela que se han llevado un mes seguido, o de cocido irlandés, que impregnaba
toda la sala.
Kilgore Trout se convirtió en el autor vivo favorito de Billy, y
la ciencia ficción en la única clase de historia que podía leer. Rosewater era
mucho más listo que Billy. Pero ambos pasaban por crisis similares y de forma
semejante. Para ambos, la vida había llegado a carecer de sentido, en parte por
culpa de lo que habían visto en la guerra. Rosewater, por ejemplo, había
disparado sobre un muchacho de catorce años que hacía de bombero,
confundiéndolo con un soldado alemán. Así fue. Y Billy había sido testigo de la
mayor carnicería de la historia de Europa, el bombardeo de Dresde. Eso es.
Los dos intentaban rehacerse a sí mismos y rehacer el universo
entero. Y por eso la ciencia ficción constituía una tan gran ayuda para ellos.
En cierta ocasión Rosewater dijo a Billy una cosa muy
interesante sobre un libro que no era de ciencia ficción. Dijo que todo lo que
podía saberse de la vida estaba en Los hermanos Karamazov, de Fedor
Dostoievski. Y luego añadió:
—Pero eso ya no es suficiente.
Otra vez, Billy oyó que Rosewater le decía a un psiquiatra:
—Creo que ustedes, muchachos, van a tener que inventarse un buen
montón de mentiras bien dichas, o la gente no querrá seguir viviendo.
Sobre la mesilla de noche de Billy había un bodegón: dos
píldoras, un cenicero con tres colillas manchadas de lápiz de labios, un
cigarrillo todavía encendido y un vaso de agua. El agua del vaso estaba muerta.
Eso es. Y el aire intentaba salir de esa agua muerta. Las burbujas se pegaban a
las paredes del vaso intentando subir para huir.
Los cigarrillos pertenecían a la madre de Billy, que fumaba uno
tras otro. En aquel momento había ido al lavabo de señoras situado fuera de la
sala. Estaría de vuelta en seguida.
Billy volvió a cubrirse la cabeza con la manta. Siempre se
cubría la cabeza cuando su madre iba a verle a la sala general. Se ponía mucho
más enfermo, y no se le pasaba hasta que se marchaba. No es que fuera fea o que
tuviera mal aliento ni tampoco una personalidad desagradable. Al contrario, era
muy simpática, de apariencia corriente, de pelo castaño... Una mujer blanca, en
suma, con educación de escuela superior.
Lo que a Billy le disgustaba era el simple hecho de que fuera su
madre. Le hacía sentirse avergonzado, desagradecido y débil por la sola razón
de haber luchado tanto y haber tenido tantos problemas para darle la vida y
mantenerlo vivo, cuando a él ya no le gustaba vivir.
Billy oyó que Eliot Rosewater entraba en la sala y se tumbaba.
Lo supo por el rechinar de los muelles de su cama. Rosewater era un hombre sin
fuerza pero de aspecto corpulento. Parecía capaz de cargar con el mundo entero.
Después, la madre de Billy regresó del tocador de señoras y se
sentó en una silla entre Billy y Rosewater. Este la saludó con su cálida y
melodiosa voz y le preguntó qué tal se encontraba. Pareció alegrarse muchísimo
al saber que se sentía bien. Lo cierto es que desarrollaba una ardiente
simpatía para con todas las personas que conocía. Pensaba que tal vez esto
haría del mundo un lugar algo más agradable en el que vivir. A la madre de
Billy la llamaba «querida». De un tiempo a esta parte, a todos les llamaba
«queridos».
—Llegará el día —prometió ella a Rosewater— en que, cuando yo
venga, Billy descubrirá su cabeza y... ¿sabe usted lo que va a decir ese día?
—¿Qué es lo que va a decir, querida?
—Dirá: «Hola, mami», y me sonreirá. Y añadirá: «¡Je, je! Me
alegro de verte, mami. ¿Qué tal te ha ido?»
—Hoy podría ser ese día.
—Cada noche rezo para que así sea.
—Es una buena costumbre.
—La gente se sorprendería si supiera la gran cantidad de cosas
que en este mundo han cambiado gracias a las oraciones.
—Nunca dijo usted nada tan acertado, querida.
—¿Viene su madre a verle a menudo?
—Mi madre murió —dijo Rosewater. Así era, en efecto.
—Lo siento.
—Al menos ella fue feliz mientras vivió.
—Esto sí que es un consuelo.
—Sí.
—El padre de Billy también murió—dijo la madre de Billy. Así
había sido.
—Un muchacho necesita de un padre.
Y así continuó interminablemente el dúo entre la dama piadosa y
necia y el deprimido hombrón capaz de comprender cualquier sentimiento de amor.
—Era el primero de la clase cuando eso sucedió —dijo la madre de
Billy.
—Quizá trabajaba demasiado —dijo Rosewater.
Tenía un libro en la mano que deseaba leer, pero él era
demasiado cortés para hacerlo y conversar al mismo tiempo, a pesar de lo fácil
que le hubiera resultado responder satisfactoriamente a la madre de Billy. El
libro era Maníacos en la cuarta dimensión, de Kilgore Trout. Hablaba de las
personas cuyas enfermedades mentales no podían ser tratadas porque sus causas
estaban todas en cuatro dimensiones, y los tridimensionales médicos terrícolas
no podían ver esas causas, ni tan siquiera imaginarlas.
Trout defendía una teoría que encantaba a Rosewater. Decía así:
tanto los vampiros como los brujos, los duendes, los ángeles, etcétera
existían, pero en la cuarta dimensión. William Blake, el poeta de Rosewater,
también estaba de acuerdo con Trout. ¿Y acaso no existían el cielo y el
infierno?
—Está prometido a una muchacha muy rica —comentó la madre de
Billy.
—Esto sí que es una suerte —dijo Rosewater—. El dinero es a
veces un gran consuelo.
—Realmente lo es.
—Claro que lo es.
—No es nada divertido tener que ganarse el sustento céntimo a
céntimo, hasta reventar.
—No. Vivir desahogado sí que es agradable.
—El padre de ella es el propietario de la Escuela de Óptica a la
que asistía Billy. También tiene seis tiendas. Pilota su propio avión y tiene
una finca de veraneo en el Lago Georges.
—Es un lago maravilloso.
Billy se quedó dormido bajo la manta. Cuando de nuevo despertó
estaba atado en una cama del hospital de la prisión. Abrió un ojo y vio al
pobre viejo Edgar Derby leyendo La roja insignia del valor a la luz de una
vela.
Billy volvió a cerrar el ojo y vio en el futuro al pobre viejo
Edgar Derby, de pie ante un pelotón de ejecución sobre las ruinas de Dresde. El
pelotón de ejecución lo componían cuatro hombres. Billy había oído decir que
uno de ellos llevaba el rifle cargado con balas de fogueo. Pero Billy no creía
que en un pelotón tan pequeño, y en una guerra tan vieja, hubiera ningún
cartucho vacío.
El jefe de los ingleses entró en el hospital para examinar a
Billy. Era un coronel de infantería capturado en Dunkerke. El mismo había
inyectado la morfina a Billy. En la prisión no había ningún médico, de manera
que él hacía de médico siempre que era necesario.
—¿Qué tal va el paciente? —le preguntó a Derby.
—Muerto para el mundo.
—Pero no es una muerte real.
—No.
—Qué hermoso... no sentir nada y poder acreditar que aún se está
vivo.
De pronto, Derby se levantó y se cuadró.
—No, no, por favor, continúe como estaba. Con sólo dos hombres
para cada oficial, y todos enfermos, creo que podemos suprimir esas
manifestaciones obligadas entre soldados y oficiales.
Derby continuó en pie.
—Usted parece mayor que el resto —observó el coronel.
Derby le dijo que tenía cuarenta y cinco años, dos más que él.
Luego el coronel dijo que los otros americanos se habían afeitado, y que él y
Billy eran los únicos barbudos. Y añadió:
—¿Sabe usted? Nos hemos tenido que imaginar la guerra desde
aquí, y nos la hemos imaginado librada por hombres como nosotros. Habíamos
olvidado que la guerra la hacen los niños. Cuando vi esos rostros recién
lavados y afeitados quedé sorprendido. «Dios mío, Dios mío —me dije a mí
mismo—, ésta es la Cruzada de los Niños».
El coronel le preguntó al viejo Derby cómo había sido capturado,
y éste le contó que había quedado atrapado en un bosquecillo junto con un
centenar de soldados tan asustados como él. La lucha había durado cinco días.
Cayeron en una emboscada y les rodearon los tanques.
Derby describió la increíble tormenta artificial que los
terráqueos son capaces de crear, a veces, para que otros terráqueos vivan mejor
cuando en realidad no quieren que esos otros continúen viviendo sobre la
Tierra. Las bombas explotaban entre los árboles con un ruido terrible, lanzando
una lluvia de cuchillos, agujas y hojas de afeitar. Pequeños bultos de plomo
metidos en fundas de cobre se cruzaban continuamente en el espacio, bajo las
explosiones, a una velocidad mucho mayor que el ruido que hacían.
Muchos murieron y otros fueron heridos. Así fue.
Finalmente cesaron las bombas y un alemán escondido tras un
altavoz dijo a los americanos que soltaran sus armas y que salieran del
bosquecillo con las manos sobre la cabeza, o de lo contrario continuaría el
tiroteo... Hasta que todos hubieran muerto, aseguró.
Ante tal panorama los americanos depusieron las armas y salieron
del bosque con las manos sobre la cabeza. Porque, a ser posible, querían
continuar viviendo.
De nuevo Billy viajó por el tiempo hasta el hospital de
veteranos. La manta aún le cubría la cabeza. Fuera de la manta todo era
silencio.
—¿Se ha ido mi madre? —preguntó.
—Sí.
Billy asomó cuidadosamente los ojos por encima de la manta.
Ahora era su prometida la que estaba allí sentada en la silla para los
visitantes. Se llamaba Valencia Merble y era hija del propietario de la Escuela
de Óptica de Ilium. Era rica. Era tan grande como una casa, pues nunca podía
parar de comer. Se estaba comiendo una barra de caramelo «Los Tres
Mosqueteros». Llevaba lentes trifocales con una montura de arlequín ribeteada
con lentejuelas que hacían juego, por lo menos en el brillo, con el diamante de
su anillo de prometida. El diamante estaba asegurado en mil ochocientos
dólares. Billy lo había encontrado en Alemania: era su botín de guerra.
Billy no quería casarse con la fea Valencia. Ella era uno de los
síntomas de su enfermedad. Supo que se estaba volviendo loco cuando se oyó a sí
mismo pedir su mano, rogándole que tomara el anillo con el diamante y que fuera
su compañera para toda la vida.
Billy le dijo:
—Hola.
Ella le preguntó si quería algún dulce.
—No, gracias.
Le preguntó qué tal se encontraba.
—Mucho mejor, gracias.
Luego le contó que en la Escuela de Óptica todo el mundo sentía
que estuviera enfermo y esperaban que pronto se restableciera.
—Cuando les veas, diles «Hola» —dijo él.
Y ella prometió hacerlo.
Ella le preguntó si había algo que pudiera traerle del exterior.
—No, tengo todo lo que quiero.
—¿Y libros?
—Estoy junto a una de las mayores bibliotecas particulares del
mundo —dijo Billy, refiriéndose a la colección de novelas de ciencia ficción de
Eliot Rosewater.
Rosewater estaba leyendo en la cama contigua, y Billy le
introdujo en la conversación, preguntándole qué era lo que estaba leyendo.
La respuesta fue El Evangelio del Espacio, de Kilgore Trout,
donde se narraba la historia de un visitante del espacio —por cierto muy
parecido a los tralfamadorianos, según la descripción— que había hecho un
profundo estudio del Cristianismo para comprender, en lo posible, por qué los
cristianos encontraban tan fácil la crueldad. Llegó a la conclusión de que, por
lo menos en parte, el problema era debido a un desliz existente en el Nuevo
Testamento. El suponía que la intención del Evangelio era enseñar a la gente,
entre otras cosas, a ser compasiva, incluso con las personas más bajas y
ruines.
Pero lo que el Evangelio enseñaba en realidad era esto:
Antes de matar a alguien, asegúrate de que no está bien
relacionado. Así es.
El defecto de las historias de Cristo, decía el visitante del
espacio, estaba en que era en realidad el Hijo del Ser más Poderoso del
Universo, aunque pareciera un don nadie. Y los lectores así lo veían, de manera
que cuando llegaban al momento de la crucifixión pensaban (y Rosewater leyó en
voz alta nuevamente) :
¡Esta vez han metido la pata al escoger a ese tío para
lincharle!
Y ese pensamiento engendraba otro: Hay que saber escoger a las
personas a las que se puede linchar. ¿Quiénes son? Las personas que no están
bien relacionadas. Eso es.
El visitante del espacio regaló a los terrícolas un nuevo
evangelio en el que Jesús era realmente un don nadie y un estorbo para muchas
personas mejor relacionadas que él. No obstante, también decía todas las cosas
encantadoras y confusas que dicen los demás evangelios.
Y, al igual qué en esos otros evangelios, un buen día la gente
se divertía clavándole en una cruz que plantaban en la cima de un monte. No
existían probabilidades de represalia, creían los linchadores. Y el lector
pensaba lo mismo, ya que el nuevo evangelio insistía una y otra vez en lo
poquita cosa que era Jesús.
Pero de pronto, poco antes de que el don nadie muriera, los
cielos se abrían y caían rayos y truenos. La aplastante voz de Dios se dejaba
oír. Decía a la gente que iba a adoptar al chico como hijo, dándole por toda la
eternidad los poderes y privilegios del Hijo del Creador del Universo.
—¡Y desde este momento —añadía— El castigará horriblemente a
todo aquel que torture a cualquier golfo que no esté bien relacionado!
La prometida de Billy había terminado la barra de «Los Tres
Mosqueteros», y ahora se enfrentaba con un pastel de nata.
—Olvida los libros —dijo Rosewater, echando el que tenía en la
mano debajo de la cama—. Al infierno con ellos.
—Ese precisamente parece interesante —dijo Valencia.
—¡Jesús, si Kilgore Trout supiera tan sólo escribir! —exclamó
Rosewater.
Creía que la falta de popularidad de Kilgore Trout era merecida.
Porque su prosa era horrible, aunque sus ideas fueran buenas.
—No creo que Trout haya salido nunca del país —explicó
Rosewater—. Dios mío, continuamente escribe sobre los terrícolas como si todos
fueran americanos cuando prácticamente nadie en la Tierra es americano.
—¿Dónde vive? —preguntó Valencia.
—Nadie lo sabe —repuso Rosewater—. Creo que soy la única persona
que ha oído hablar de él. No tiene ni dos libros publicados por un mismo editor
y cada vez que le escribo a alguna editorial me devuelven las cartas porque el
editor ha quebrado.
Cambió de tema y felicitó a Valencia por su anillo de prometida.
—Gracias —dijo ella, y extendió la mano para que Rosewater lo
pudiera admirar más de cerca—. Billy consiguió ese diamante en la guerra.
—Eso es lo único que tiene de atractivo la guerra —afirmó
Rosewater—. Todo el mundo consigue alguna cosilla.
Con respecto a Kilgore Trout, en realidad vivió en Ilium, la
ciudad natal de Billy, sin amigos y despreciado. Billy llegaría a conocerle y
le visitaría de vez en cuando.
—Billy... —dijo Valencia Merble.
—¿Eh?
—¿Te apetece hablar de nuestra cubertería de plata?
—Claro.
—De esas que he escogido, ¿cuál prefieres? ¿La Royal Danish o la
Rambler Rose?
—La Rambler Rose —contestó Billy.
—Ten en cuenta que en esto no debemos precipitarnos —advirtió
ella—. Quiero decir que, sea cual sea la que escojamos, tendremos que vivir con
ella el resto de nuestras vidas.
Billy volvió a mirar las fotografías.
—La Royal Danish —dijo al fin.
—La colonial Moonlight también es bonita, ¿verdad?
—Sí, sí que lo es.
Y Billy viajó en el tiempo hasta el Zoo de Tralfamadore. Tenía
cuarenta y cuatro años y le exhibían bajo una cúpula geodésica, echado en la
misma silla que había utilizado durante el viaje a través del espacio. Iba
desnudo. Los tralfamadorianos se interesaban por su cuerpo, por todo su cuerpo.
Allí, frente a él, miles de ellos mantenían las manos en alto para que sus ojos
pudieran verlo bien. Hacía seis meses terrestres que Billy estaba en
Tralfamadore. Ya se había habituado a la muchedumbre.
La imposibilidad de fugarse estaba fuera de cuestión. La
atmósfera en derredor de la cúpula era cianógena, y la Tierra estaba a
826.214.240.000.000.000 de kilómetros.
Billy estaba instalado en lo que quería ser una imitación de
vivienda terrestre. La mayor parte del mobiliario había sido robado en los
almacenes Sears & Roebuck de Iowa City, Iowa. Disponía de un aparato de
televisión en color, un diván convertible en cama —a cada extremo del cual
había una mesilla con lámpara y cenicero—, un pequeño bar con dos taburetes y
una mesa de billar. El piso estaba alfombrado en color oro, a excepción de la
cocina, el cuarto de baño y el centro de la estancia, donde había un agujero
cubierto con una reja de hierro. Y encima de una mesa de café, ante el diván,
distintas revistas estaban dispuestas en forma de abanico.
También había un tocadiscos estereofónico. El tocadiscos
funcionaba, al contrario que el televisor, sobre cuya pantalla alguien había
pintado la escena de un vaquero matando a otro. Así era.
En la estancia no existían paredes, como tampoco rincón alguno
en el que Billy pudiera esconderse. Hasta los accesorios de color verde menta
del cuarto de baño se encontraban a la vista del público. Billy se levantó de
la silla, se dirigió al cuarto de baño y orinó. Entonces, la multitud no pudo
contener su entusiasmo.
Ante la expectación general, Billy se cepilló los dientes, se
colocó su media dentadura postiza y se dirigió a la cocina. La bombona del gas,
la nevera y la vajilla eran también de color verde menta. Por cierto que,
pintada sobre la puerta de la nevera, había otra escena que representaba a una
alegre pareja de mil novecientos montados en un tándem. La nevera ya había
llegado así.
Billy observó el cuadro, intentando pensar algo con respecto a
la pareja. No se le ocurrió nada. Como si no hubiera nada que pensar sobre
aquella pareja.
Billy se preparó un buen almuerzo a base de conservas. Tras
haber comido, lavó el vaso, el plato, el cuchillo, el tenedor, la cuchara y el
cazo, y los guardó en su sitio. Después hizo los ejercicios que había aprendido
en el ejército: saltar a horcajadas, hacer flexiones sobre las rodillas y
sentarse y levantarse rápida y alternativamente. La mayoría de tralfamadorianos
no podían saber que el cuerpo y el rostro de Billy no eran hermosos. Creían que
era un espléndido ejemplar humano, y esto influía de forma agradable en el
estado de ánimo de Billy. Por primera vez en su vida disfrutaba de su cuerpo.
Después de los ejercicios se duchó, se cortó las uñas de los
pies, se afeitó y se frotó las axilas con desodorante. Mientras tanto, fuera,
un guía del zoológico instalado en una plataforma elevada explicaba lo que
Billy hacía y el motivo de sus actos. El guía hablaba por telepatía,
transmitiendo con su simple presencia las ondas de su pensamiento a la
multitud. Sobre la plataforma en la que se encontraba el guía un pequeño
instrumento le hacía posible transmitir a Billy las preguntas de la multitud.
Llegó la primera pregunta, de labios de un locutor de
televisión:
—¿Es usted feliz aquí?
—Casi tanto como lo era en la Tierra —contestó Billy Pilgrim. Y
era cierto.
En Tralfamadore existían cinco sexos, todos necesarios para la
creación de un nuevo individuo. A Billy todos le parecían idénticos, dado que
sus diferencias sexuales radicaban en la cuarta dimensión.
Una de las mayores sorpresas que Billy recibió de los
tralfamadorianos estaba relacionada con el sexo terrestre. Decían ellos que las
tripulaciones de sus platillos volantes habían identificado sobre la Tierra
nada menos que siete sexos, todos esenciales para la reproducción. Pero Billy
tampoco podía imaginar cuáles eran aquellos cinco sexos desconocidos
relacionados todos con la creación de un niño, ya que su actividad se
desarrollaba en la cuarta dimensión.
Los tralfamadorianos intentaron dar a Billy una clave para que
pudiera imaginar el sexo en la dimensión invisible. Le dijeron que no sería
posible la existencia de bebés terrícolas si no hubiera homosexuales varones,
pero que sí lo sería sin la existencia de homosexuales hembras; que no
existirían los bebés sin mujeres de más de sesenta y cinco años, pero sí aunque
no hubiera hombres de más de esa edad; que no podría haber bebés si otros no
hubieran sobrevivido a su nacimiento más de una hora. Etcétera.
Nada de todo esto tenía sentido para Billy.
Muchas de las cosas que Billy decía tampoco tenían sentido para
los tralfamadorianos. Por ejemplo, les era imposible imaginar lo que el tiempo
representaba para él. Billy había renunciado a explicárselo y el guía se las
arreglaba lo mejor que podía. Este pidió a la multitud que se imaginaran una
cadena montañosa vista desde un desierto en un día despejado. Podrían ver un
pico, una nube, un pájaro, una piedra e incluso un precipicio que estuviera
tras las rocas. Pero con los pobres terrícolas no sucedía así. Ellos tenían la
cabeza metida dentro de una dura coraza y no podían moverla. Sólo contaban con
un pobre orificio por el que mirar, y aun de ese orificio partía un tubo de
casi dos metros de longitud.
En tan triste comparación, todo lo narrado no era más que el
principio de las desdichas de Billy. Así pues, vivía encerrado en una celosía
de acero situada sobre un vagón y de la que sólo salía, bien encajado, aquel
largo tubo. Todo lo que Billy podía ver eran las pequeñas porciones de espacio
que recortaba el orificio exterior del tubo. Pero lo peor del caso era que él
ignoraba dónde y cómo se encontraba, y ni siquiera se daba cuenta de que su
situación era anormal.
El vagón corría, unas veces muy aprisa y otras más despacio, y a
menudo se paraba, daba vueltas, subía, bajaba, volaba y seguía por los más
extraños vericuetos. La única conclusión que Billy sacaba de sus experiencias
tras el tubo era: «Así es la vida.»
Billy esperaba que los tralfamadorianos se sintieran
desconcertados y alarmados ante las guerras y demás reacciones criminales de
los terrícolas. Suponía que la ferocidad y el excesivo uso que se hacía en la
Tierra de las armas les haría temer por la destrucción parcial o total del
Universo. La ciencia ficción alentaba este pensamiento.
Pero el tema de la guerra nunca salió a la luz hasta que el
mismo Billy habló de él. Alguien entre la multitud del zoo le preguntó, a
través del guía, qué era lo más valioso que hasta entonces había aprendido en
Tralfamadore, y Billy respondió:
—La manera en que todos los habitantes de un planeta han
aprendido a vivir en paz. Ya saben ustedes que vengo de un planeta que se ha
visto envuelto en insensatas carnicerías desde el principio de los tiempos. Yo
mismo he presenciado cómo los cuerpos de jóvenes muchachitas eran abrasados por
mis propios compatriotas, quienes por aquel entonces se sentían orgullosos de
luchar contra el mal.
Y era cierto, Billy lo había visto en Dresde.
—Y estando prisionero —prosiguió— me he iluminado utilizando
velas fabricadas con la grasa de los seres humanos que habían sido asesinados
por los hermanos y los padres de esas muchachas abrasadas. ¡Los terrícolas
deben de ser, sin duda alguna, el terror del Universo! Si los demás planetas
aún no están en peligro por causa de la Tierra, pronto lo estarán. Así pues,
les ruego me digan el secreto para llevarlo a la Tierra cuando regrese y
conseguir nuestra salvación. ¿Cómo puede vivir en paz un planeta?
Billy se sentía como si hubiera hecho un gran discurso. Por lo
tanto quedó desconcertado al ver que los tralfamadorianos cerraban sus
manecitas visuales. Sabía ya, por experiencia, lo que ello significaba: que
estaba diciendo estupideces.
—¿Le importaría... le importaría decirme —le preguntó al guía
desanimado— qué es lo que hay de estúpido en esto?
—Conocemos el fin del Universo —contestó el guía—, y la Tierra
no tiene nada que ver con él, a excepción de que también será su fin.
—¿Cómo... cómo será el fin del Universo? —preguntó Billy.
—Lo haremos estallar experimentando un nuevo combustible para
nuestros platillos volantes. Un piloto de pruebas tralfamadoriano aprieta un
botón de puesta en marcha, y todo el Universo desaparece.
Y así será.
—Si lo saben ustedes —insistió Billy—, ¿no pueden evitarlo de
alguna forma? ¿No pueden evitar que el piloto apriete ese botón?
—Siempre lo ha presionado y siempre lo presionará. Siempre hemos
dejado que lo hiciera y siempre dejaremos que lo haga. El momento ha sido
estructurado así.
—Así pues... —dijo Billy despacio—, supongo que la idea de
evitar una guerra sobre la Tierra es también estúpida.
—Claro.
—Pero ustedes viven en un planeta pacífico.
—Hoy sí. En otros tiempos hemos vivido guerras mucho más
horribles de lo que pueda imaginarse. No hay forma de contarlas, de manera que
nuestra reacción es no pensar en ellas. Las ignoramos. Nos pasamos la eternidad
viviendo tan sólo los momentos agradables, como éste que disfrutamos hoy en el
zoo. ¿No es en verdad un momento espléndido?
—Sí.
—Sólo existe una solución para los terrícolas, si se proponen de
veras practicarla: ignorar los malos momentos y concentrarse en los buenos.
—Hum —dijo Billy Pilgrim.
Aquella noche, poco después de que se hubo acostado, Billy viajó
por el tiempo hasta otro momento en el cual había sido bastante feliz. Su noche
de bodas con Valencia Merble. Hacía seis meses que había salido del hospital
para veteranos. Se encontraba bien. Y se había graduado en la Escuela de Óptica
de Ilium, logrando el tercer lugar de su promoción, compuesta por cuarenta y
siete alumnos.
Ahora se encontraba en la cama de un pequeño y delicioso
apartamento situado en el extremo de un embarcadero de Cape Ann, Massachusetts,
junto a Valencia. Sobre el agua se reflejaban las luces de Gloucester. Billy,
montado encima de su esposa, le hacía el amor. Como consecuencia de aquel acto
nacería Robert Pilgrim, que más tarde sería un problema para la escuela
superior y, al fin, sentaría la cabeza alistándose en los famosos Boinas
Verdes.
Valencia no viajaba en el tiempo, pero poseía una gran
imaginación. Mientras Billy le hacía el amor ella soñaba que era un famoso
personaje histórico. Se veía a sí misma como Isabel I de Inglaterra y a Billy
le adjudicaba el papel de Cristóbal Colón.
Billy hizo un chasquido similar al que produce un gozne oxidado.
Acababa de vaciar su vesícula seminal en Valencia y había contribuido con su
granito de arena a la formación de los Boinas Verdes. Al fin y al cabo, según
los tralfamadorianos, cada uno de los Boinas Verdes tenía siete padres en
total.
Se separó de su enorme esposa, que a pesar de ello aún mantenía
su expresión extasiada. Permaneció echado con los nudos de su espina dorsal
siguiendo el borde del colchón y se puso las manos tras la nuca. Ahora era
rico. Había sido recompensado por casarse con una muchacha que nadie en sus
cabales hubiera aceptado. Su suegro le había regalado un Buick Roadmaster
nuevo, una casa completamente equipada de electrodomésticos y le había nombrado
director de su mejor tienda, la de Ilium, de la que Billy esperaba sacar por lo
menos treinta mil dólares anuales. Todo era perfecto. ¡Y pensar que su padre
tan sólo fue un pobre barbero!
Tal como opinaba su madre: «Los Pilgrim se están situando en el
lugar que les corresponde.»
La luna de miel tuvo lugar durante el encantador y misterioso
Verano Indio de Nueva Inglaterra. Una pared del apartamento estaba totalmente
compuesta de cristaleras que daban a una terraza elevada sobre el
grasiento-puerto.
Un remolcador verde y naranja, que de noche parecía negro, pasó
murmurando bajo su terraza, a menos de diez metros de su cama nupcial. Navegaba
con solo las luces de situación encendidas. Su abombado casco resonaba,
haciendo eco al canto del motor. El embarcadero también simpatizó con la
canción, y finalmente ésta penetró con mil resonancias en la cabeza de los
amantes que disfrutaban de su luna de miel. La continuaron oyendo y oyendo,
hasta bastante después de que la barca se hubiera ido.
—Gracias —dijo al fin Valencia. Ahora su oído captaba la canción
de un mosquito.
—Me recibiste bien.
—Me gustó.
—Me alegro.
Entonces empezó a llorar.
—¿Qué te pasa?
—Soy tan feliz...
—Dios mío.
—Nunca creí que nadie quisiera casarse conmigo.
—Hum —hizo Billy Pilgrim.
—Voy a adelgazar para gustarte —dijo ella.
—¿Qué?
—Haré régimen. Me volveré bella para ti.
—Me gustas tal como eres.
—¿Lo dices de veras?
—Claro que sí —sostuvo Billy Pilgrim.
Gracias a sus viajes por el tiempo había visto ya mucho de lo
que sería su matrimonio, y sabía que a pesar de todo iba a soportarlo bien
hasta el fin.
Luego pasó un yate a motor llamado Scherezade, deslizándose
también bajo la cama nupcial. La canción que entonaba el motor era como una
nota de órgano muy grave. Llevaba todas las luces encendidas.
Dos personas jóvenes y bellas, un hombre y una mujer en traje de
noche, se balanceaban en popa, amándose entre sueños. También estaban en plena
luna de miel. Eran Lance Rumfoord, de Newport, Rhode Island, y su esposa
Cyntria Landry, que había sido un amor infantil de John F. Kennedy, en Hyannis
Port, Massachusetts.
Existía una ligera coincidencia. Más tarde, Billy Pilgrim
compartiría una habitación, en el hospital, con un tío de Rumfoord, el profesor
Bertram Copelan Rumfoord, oficial de las fuerzas aéreas de Estados Unidos.
Cuando hubo pasado la feliz pareja, Valencia preguntó a su
esposo, con viva curiosidad, algunas cosas sobre la guerra. Era natural, en una
hembra terrícola, asociar el éxtasis sexual con la guerra.
—¿Piensas alguna vez en la guerra? —le preguntó, poniéndole una
mano en el muslo.
—De vez en cuando —contestó Billy Pilgrim.
—A veces te observo —insistió Valencia—, y tengo la curiosa
sensación de que estás lleno de secretos.
—No lo estoy —dijo Billy. Naturalmente mentía. Jamás había
hablado con nadie de sus viajes en el tiempo, ni de Tralfamadore, ni de todo lo
demás.
—Debes de tener algún secreto sobre la guerra. O quizá no sea un
secreto, pero me parece adivinar que existen cosas de las que no quieres
hablar.
—No.
—Sabes, estoy orgullosa de que fueras soldado.
—Bueno.
—¿Era terrible?
—A veces. —Un pensamiento loco cruzó en aquel momento por la
mente de Billy: «La verdad me asombra». Habría sido un buen epitafio para Billy
Pilgrim... y también para mí.
—¿Me hablarías ahora de la guerra si yo quisiera? —preguntó
Valencia mientras, en una diminuta cavidad de su enorme cuerpo, comenzaba a
mezclar los ingredientes necesarios para la creación de un Boina Verde.
—Te parecería un sueño —dijo Billy—. Y los sueños de los demás,
por lo general, no son interesantes.
—En cierta ocasión te oí hablar con mi padre de un pelotón de
ejecución alemán. —Se refería a la ejecución del pobre Edgar Derby.
—Sí.
—¿Tuviste que enterrarlo?
—Sí.
—¿Os vio él con los picos y las palas antes de que le fusilaran?
—Sí.
—¿Dijo algo?
—No.
—¿Estaba asustado?
—Le habían drogado. Tenía los ojos vidriosos.
—¿Y le colgaron una tarjeta?
—Un pedazo de papel.
De pronto, Billy saltó de la cama, pidió perdón y se dirigió a
oscuras hacia el cuarto de baño para orinar. Buscó a tientas el interruptor,
por las ásperas paredes, y entonces vio que había viajado hasta 1944.
TODO ES HERMOSO. NADA DUELE
Nuevamente se encontraba en la enfermería de la prisión.
En la enfermería ya se había apagado la vela. El pobre Edgar
Derby se había quedado dormido en un camastro contiguo al de Billy. Este había
saltado de la cama e iba a tientas, buscando una salida a lo largo de la pared,
puesto que tenía una imperiosa necesidad de orinar.
De pronto encontró una puerta, la abrió y penetró en la noche de
la prisión. Estaba aturdido a causa del viaje por el tiempo y de la morfina.
Fue a dar con una alambrada de púas, que le hirió en una docena de sitios.
Intentó apartarse, pero las púas le tenían preso. Así pues, empezó a danzar
locamente, con la alambrada por pareja, dando un pasito hacia aquí, otro hacia
allá, y vuelta al compás.
Un ruso que también había salido a orinar vio el baile de Billy
desde el otro lado de la alambrada y se acercó curioso para presenciar el
espectáculo. Le habló amablemente, preguntándole de qué país era, pero el
danzarín no le prestó atención alguna y continuó bailando. Entonces el ruso le
ayudó a desprenderse de las púas, una por una y él se alejó, bailando en la
noche, sin una palabra de agradecimiento.
El ruso hizo un ademán con la mano y le dijo «adiós» en su
idioma.
Billy extrajo su instrumento y, en la noche de la prisión, meó
sobre el suelo. Después guardó más o menos sus intimidades y se enfrentó a un
nuevo problema: ¿de dónde había salido, y por dónde debía entrar?
En algún lugar de la noche se oían gritos lastimeros. Como no
tenía nada mejor que hacer, Billy se dirigió hacia allí. Se preguntaba qué
tragedia ocurriría para provocar tales lamentaciones fuera de los barracones.
Billy ignoraba que se estaba acercando a la parte posterior de
las letrinas. Estas consistían en un cercado alrededor de doce cubos. La cerca
la formaban tres paredes hechas de desperdicios de madera y latas aplastadas.
El lado abierto daba a la negra tapia del barracón en donde había tenido lugar
la fiesta.
Billy dio la vuelta a la cerca y llegó hasta un letrero recién
pintado sobre la pared. Las palabras estaban escritas con la misma pintura rosa
que había sido utilizada para decorar el escenario de La Cenicienta. La
percepción de Billy era tan confusa que vio las palabras colgadas en el aire,
como pintadas sobre un velo transparente y rodeadas de unas encantadoras
manchitas plateadas. Estas no eran más que las chinchetas que mantenían el
cartel pegado a la pared. Billy no podía imaginar cómo se sostenía solo aquel
velo pintado y supuso que tanto la cortina mágica como las lamentaciones
formaban parte de alguna ceremonia religiosa que él desonocía.
He aquí lo que decía el cartel:
«POR FAVOR, DEJA ESTA LETRINA TAN LIMPIA COMO LA ENCONTRASTE»
Billy miró dentro de las letrinas y comprobó que los lamentos
procedían de allí. El lugar estaba abarrotado de americanos con los pantalones
bajados. El festín de bienvenida les había transformado en volcanes. Los cubos
estaban llenos e incluso rebosaban.
Un americano que estaba cerca de Billy se lamentaba de que lo
había defecado todo menos el cerebro. Momentos después decía:
—¡Ahí va! ¡Ahí va! —refiriéndose al cerebro.
Este era yo. Este era yo en persona. El autor de este libro.
Billy huyó de aquella visión infernal. Pasó cerca de tres
ingleses que contemplaban el festival de mierda, desde un lugar distante y
enfermos de asco.
—¡Abróchate los pantalones! —le gritó uno de ellos cuando pasó.
Así pues, Billy se abrochó los pantalones. Accidentalmente llegó
a la puerta de la enfermería. Traspasó la puerta y se encontró de nuevo en Cape
Ann, en plena luna de miel, regresando del cuarto de baño.
—Te he echado de menos —dijo Valencia.
—Te he echado de menos —repitió Billy Pilgrim.
Billy y Valencia se durmieron encogidos como un par de bebés y
él viajó por el tiempo hasta llegar a un viaje en tren que hizo en 1944, cuando
regresaba de las maniobras de Carolina del Sur e iba a los funerales de su
padre, en Ilium. Aún no había visto ni la guerra ni Europa. En aquellos tiempos
todavía se utilizaban máquinas de vapor.
Billy tuvo que hacer muchos transbordos. Todos los trenes iban
despacio. Los vagones olían a carbón quemado, a tabaco de racionamiento y a
pedos de personas alimentadas con la única comida existente en tiempos de
guerra. La tapicería de los asientos metálicos era tan áspera que Billy apenas
pudo dormir. Sólo cuando faltaban tres horas para llegar a Ilium se quedó
profundamente dormido, con las piernas tendidas hacia la puerta del vagón
restaurante.
El revisor le despertó al llegar el tren a Ilium. Billy asió la
bolsa, bajó tambaleándose y permaneció de pie, en el andén de la estación, al
lado del revisor, mientras intentaba despertar.
—Echaste una buena siesta, ¿eh? —dijo el revisor.
—Sí —admitió Billy.
—Muchacho —añadió el revisor—, esta vez la agarraste fuerte.
A las tres de la madrugada, dos ingleses ingresaron un nuevo
paciente en la enfermería de la prisión. Era un hombre pequeñajo, Paul Lazzaro,
el ladrón de coches de Cicero, Illinois. Lo habían atrapado robando cigarrillos
de debajo de la almohada de un inglés. Este, medio dormido, le había roto el
brazo derecho, dejándolo inconsciente.
El agresor era uno de los que traía a Lazzaro. Su pelo era
rojísimo y no tenía cejas. Había representado el papel de Hada Madrina en La
Cenicienta. Ahora mantenía el cuerpo de Lazzaro con una mano, mientras cerraba
la puerta tras de sí con la otra.
—No pesa mucho más que un pollo —comentó.
El inglés que sostenía a Lazzaro por los pies era el coronel que
había inyectado el tranquilizante a Billy.
El Hada Madrina estaba confuso y enojado.
—Si hubiera sabido que me la estaba viendo con una gallina
—dijo—, no le hubiera dado tan fuerte.
El Hada Madrina hablaba con convicción de lo desagradables que
eran los americanos.
—Débiles, malolientes, quejicas... Un puñado de ladrones
desgraciados, sucios y comediantes —dijo—. Son peores que los moribundos rusos.
—Realmente, son folloneros —añadió el coronel.
En aquel momento entró un oficial alemán. Consideraba a los
ingleses como buenos amigos. Les visitaba casi diariamente, jugaba con ellos,
les instruía sobre la historia de Alemania, tocaba en su piano y les daba
lecciones de conversación en alemán. A menudo les había dicho que, de no ser
por su compañía de personas civilizadas, ya se habría vuelto loco. Hablaba un
inglés perfecto.
Se excusó con los ingleses de que tuvieran que compartir su
vivienda con los americanos. Y les prometió que el inconveniente no se
alargaría más que un par de días, pues los americanos serían trasladados a
Dresde para trabajar. Traía con él un librito publicado por la Asociación
Alemana de Oficiales de Prisión. Era un reportaje sobre el comportamiento de
los prisioneros de guerra americanos en Alemania. Estaba escrito por un
americano que había conseguido una gran reputación en el Ministerio de Propaganda
alemán. Su nombre era Howard W. Campbell, Jr., y más tarde se colgaría mientras
esperaba juicio como criminal de guerra.
Así sucedió.
Al tiempo que el coronel británico reparaba el brazo roto de
Lazzaro y preparaba el yeso para el escayolado, el oficial alemán tradujo en
voz alta algunos párrafos del libro de Howard W. Campbell, Jr. Campbell había
sido un escritor teatral bastante conocido en otro tiempo. Decía así:
«América es la nación más rica de la Tierra, pero sus habitantes
son extremadamente pobres. Esta condición hace que los americanos estén
destinados a odiarse a sí mismos. Según nos decía el humorista americano Kin
Hubbatd: "Ser pobre no es ninguna desgracia, pero puede serlo." De
hecho es un crimen que haya un solo americano pobre, a pesar de lo cual América
es una nación de pobres. Cualquier nación tiene como tradición popular algunas
historias de hombres pobres, pero extremadamente sabios y virtuosos, que por
ello eran más apreciados que sus congéneres ricos y poderosos. Entre los
americanos no sucede así. Se burlan de sí mismos y se envanecen de sus hazañas.
Es normal que el más pobre propietario de cualquier bar o restaurante tenga en
la pared de su establecimiento un cartel que interpele con crueldad: "Si
eres tan listo, ¿por qué no eres rico?"; pero también lo es que a su vez
tenga una bandera americana plantada sobre un pisapapeles junto a la caja
registradora.»
El autor del libro había nacido en Schenectady, Nueva York, y se
decía de él que tenía el coeficiente de inteligencia más alto de todos los
criminales de guerra que se enfrentaron con la horca. Y así era.
«El americano, como todo ser humano, cree muchas cosas que
obviamente son falsas —continuaba el librito—. De ellas, la más destructiva es
su convencimiento de que cualquier americano puede hacer dinero con facilidad.
Ignoran lo difícil que es hacerse rico, y, por lo tanto, aquellos que no lo
consiguen no cesan de culparse. Y este sentimiento de culpabilidad ha sido de
gran utilidad para los ricos y poderosos, que lo han considerado como una
excusa para no tener que ayudar en absoluto a los pobres, llegando su
desinterés a extremos que quizá no habían sido superados desde los tiempos de
Napoleón.
»América es una nación de novedades. La más sorprendente de
todas, que además no tiene precedentes, es su gran masa de pobres indignos, que
no se aman los uno a los otros porque tampoco se aman a sí mismos.
»Una vez comprendido todo lo anterior, el desagradable
comportamiento de los americanos en las prisiones alemanas deja de ser un
misterio.»
A continuación, Howard W. Campbell, Jr., se refería al informe
de los americanos que tomaron parte en la Segunda Guerra Mundial:
«A lo largo de la historia, cualquier ejército, próspero o no,
ha intentado vestir incluso a sus elementos más humildes de una forma
impresionante, tanto para sí mismos como para los demás, presentándolos como
hombres rudos, expertos en la bebida y el amor y siempre dispuestos a matar o a
morir. Por el contrario, el ejército americano envía a sus hombres a luchar y a
morir con un traje civil algo modificado, evidentemente hecho para otro hombre;
un lote esterilizado y sin planchar, que muy bien podría ser el regalo de las
ancianas damas caritativas a los borrachos y desgraciados.
»Cuando un oficial americano vestido sin esmero alguno se dirige
a uno de sus chicos tan indignamente uniformado, también le grita, al igual que
cualquier oficial de cualquier ejército. Ahora bien, su enojo no es, como
sucede en otros ejércitos, puramente teatral. Es una reacción de odio hacia los
pobres, que no pueden echar las culpas a nadie más que a sí mismos.
»Así pues, advierto a los administradores de las prisiones que
tengan que tratar por primera vez con soldados americanos prisioneros de guerra
que no esperen de ellos amor fraternal, ni siquiera entre hermanos. No existe
cohesión alguna entre estos individuos. Se comportan como niños mimados, que a
menudo desearían morir por despecho.»
Campbell hablaba de distintas experiencias alemanas con cautivos
americanos. En todos los campos se les conocía como los prisioneros de guerra
más quejicas, más sucios y menos fraternales. Eran incapaces de concertar una
acción para su propio bienestar. Y despreciaban a sus propios superiores,
negándose a obedecerles e incluso a escucharles, bajo el pretexto de que se
encontraban en su misma situación y por lo tanto no tenían por qué darse
importancia. Y así todo.
Billy Pilgrim se durmió y despertó viudo en su casa de Ilium. Su
hija Barbara le estaba reprochando el que escribiera cartas ridículas a los
periódicos.
—¿Oíste lo que dije? —preguntó Barbara.
—Claro —repuso Billy, que había estado dormitando. Se encontraba
nuevamente en 1968.
—Si vas a portarte como un niño, quizá tengamos que tratarte
como a tal.
—Esto no es lo que toca suceder ahora —dijo Billy.
—Ya veremos qué es lo que toca suceder. —La corpulenta Barbara
se cruzó de brazos—. Hace un frío terrible aquí. ¿Es que no hay calor?
—¿Calor?
—La caldera... la cosa esa que hay en el sótano, ese aparato que
calienta agua y reparte el vapor por toda la casa. Me parece que no funciona.
—Quizá no.
—¿Y no tienes frío?
—No me había dado cuenta.
—¡Oh, Dios mío!, eres un niño. Si te dejáramos solo aquí te
morirías de frío, y de hambre.
Y siguió la retahíla. A ella le resultaba muy excitante poderle
destrozar la dignidad en nombre del amor.
Barbara llamó a un operario para que reparase la calefacción,
metió a Billy en la cama y le hizo prometer que mantendría funcionando la manta
eléctrica en tanto no estuviese arreglado lo del calor. Puso el control de la
manta al máximo, con lo que la cama de Billy adquirió una temperatura ideal
para cocer pan, y luego se marchó cerrando la puerta con un trompazo.
Entonces Billy viajó nuevamente por el tiempo, hasta el zoo de
Tralfamadore. Le acababan de traer una pareja de la Tierra. Era Montana
Wildhack, estrella de cine.
Montana se encontraba bajo los efectos de un fuerte sedante. Los
tralfamadorianos, provistos de caretas antigás, la entraron y la dejaron sobre
el diván amarillo de Billy; luego se retiraron. La multitud de fuera disfrutaba
de lo lindo. Las estadísticas de afluencia al zoo se estaban superando
ampliamente. Todos los habitantes del planeta querían ver a la pareja
terrícola.
Montana iba desnuda, al igual que Billy, claro. De repente
sintió un fuerte tirón. Uno nunca sabe cuándo va a sufrir uno.
Ella empezaba a mover los párpados. Sus pestañas parecían alas
de insecto.
—¿Dónde estoy? —preguntó.
—Todo va bien —dijo Billy suavemente—. Por favor, no tema.
Montana había permanecido inconsciente durante todo el viaje.
Los tralfamadorianos no habían hablado con ella, ni tan siquiera se le habían
mostrado. Lo último que recordaba era haber estado tomando el sol en una
piscina de Palm Spring, California. No tenía más que veinte años. Alrededor del
cuello llevaba una cadena de plata, con un medallón en forma de corazón que
pendía entre sus senos.
Volvió la cabeza y vio a varios millares de tralfamadorianos
fuera de la cúpula. La estaban aplaudiendo en un rápido cerrar y abrir de sus
manitas verdes.
Montana chilló y chilló.
Todas las manitas se encogieron. El terror de Montana era muy
desagradable para ellos. Por eso, el jefe encargado del zoo ordenó a un
empleado que cubriera la cúpula con una lona azul marino, para ocultar a sus
inquilinos y simular la noche terrestre en su interior. Allí, en el zoo de
Tralfamadore, la verdadera noche sólo caía durante una hora cada sesenta y dos
horas (terrestres, naturalmente).
Billy encendió la lámpara de pie y al iluminarse la estancia el
cuerpo de Montana destacó su relieve. Entonces él recordó la fantástica
arquitectura de Dresde, antes de que fuera bombardeada.
Pasado algún tiempo, Montana llegó a querer y a confiar en Billy
Pilgrim. El no la tocó hasta que ella le hubo demostrado claramente que así lo
deseaba. Después de haber permanecido en Tralfamadore el tiempo correspondiente
a una semana terrestre, una noche ella le pidió tímidamente que durmieran
juntos. Y así lo hicieron. Fue paradisíaco.
Billy viajó por el tiempo, desde esta deliciosa cama hasta 1968.
Estaba en su cama de Ilium, y la manta eléctrica calentaba al máximo. El sudor
le empapaba, y tenía el vago recuerdo de que su hija le había acostado,
ordenándole que permaneciera allí hasta que la calefacción funcionara.
Alguien llamaba con los nudillos a la puerta de su dormitorio.
—¿Sí? —dijo Billy.
—Soy el operario.
—¿Sí?
—La calefacción ya funciona. Empieza a calentar.
—Bien.
—Un ratón se había comido la protección del termostato.
—Lo tendré en cuenta.
El día siguiente a su sueño, por la mañana, Billy decidió volver
al trabajo en su consultorio de la tienda de la plaza. El negocio marchaba como
siempre, y sus empleados se portaban bien. Se sorprendieron al verle. Su hija
les había dicho que quizá no volviera a trabajar jamás.
Se dirigió al consultorio y pidió que le pasaran al primer
paciente. Le tocó a un muchacho de doce años, que venía acompañado de su madre
viuda. Eran forasteros, recién llegados a la ciudad. Después de algunas
preguntas, Billy supo que el padre del muchacho había muerto en Vietnam,
durante la famosa batalla de los cinco días, en la Cota 875, cerca de Dakto.
Así era.
Mientras examinaba los ojos del muchacho, Billy habló como por
casualidad de sus aventuras en Tralfamadore, y aseguró al huérfano que su padre
aún estaba vivo y que podría verlo una y otra vez.
—¿No es reconfortante? —preguntó Billy.
De pronto, la madre del muchacho salió y le dijo al
recepcionista que era evidente que aquel señor se estaba volviendo loco. Billy
fue llevado a su casa. Y de nuevo su hija le dijo:
—¡Papá! ¡Papá! ¡Papá! ¿Qué vamos a hacer contigo?
6
Escuchad:
Billy Pilgrim cuenta que, la noche siguiente a su ingreso en el
sector británico del campo de exterminio de prisioneros de guerra rusos, fue
destinado a Dresde, Alemania.
Aquel día de enero se despertó aún de madrugada. En la
enfermería no había ventana alguna y las fantasmagóricas velas ya se habían
consumido. Por lo tanto, la única luz existente provenía de las rendijas de los
tabiques en los puntos donde se unían los maderos que los formaban, y del marco
de la mal ajustada puerta. El pequeño Paul Lazzaro roncaba en una cama con un
brazo roto. Edgar Derby, el profesor de escuela superior que más tarde sería
fusilado, roncaba a su vez en otra.
Billy se sentó en la cama. No tenía ni idea del año o del
planeta en que se encontraba. Eso sí, fuera el que fuese el nombre del planeta,
su temperatura era muy fría. Pero no era el frío lo que le había despertado
sino una especie de magnetismo animal que le hacía temblar y le adormecía la
musculatura a pesar de los repentinos movimientos que ejecutaba.
Aquel magnetismo animal procedía de su espalda. Si Billy hubiese
tenido que adivinar su causa, hubiera afirmado que era un vampiro colgado
cabeza abajo de la pared que había tras él.
Se escurrió hacia los pies de la cama, antes de atreverse a
volver la cabeza para mirar lo que era. No quería que el animal se le echara a
la cara y le arañara los ojos o le quitara la nariz de un mordisco. Se volvió.
La causa del magnetismo parecía realmente un murciélago: era su cazadora de
civil con cuello de piel. Colgaba de un clavo.
Billy volvió a su sitio, y mientras miraba por encima del hombro
sintió que el magnetismo crecía. Entonces se puso de rodillas sobre el
camastro, se encaró a la cazadora y se atrevió a tocarla. Buscaba el punto
exacto que producía las radiaciones.
Y encontró dos posibles fuentes, dos bultitos separados entre sí
unos tres centímetros y escondidos en el forro. El uno tenía la forma de un
guisante y el otro de una pequeña herradura. Entonces recibió un mensaje
emitido por las radiaciones, en el que se le decía que no averiguara lo que
eran los bultitos y se le aconsejaba que se conformara sabiendo que podían
hacer milagros para él, con la condición de que no insistiera en querer
averiguar su naturaleza. Billy Pilgrim aceptó. Se sentía agradecido. Estaba
contento.
Billy dormitó un rato y despertó nuevamente en la enfermería de
la prisión. El sol se había levantado. Fuera se oía ruido de picos y palas
producido por hombres fuertes que cavaban agujeros en el duro suelo. Eran los
ingleses, que se estaban construyendo unas letrinas nuevas. Habían dejado las
viejas a los americanos, así como el pabellón donde habían dado la fiesta.
Seis ingleses cargados con una mesa de billar y varios colchones
apilados encima entraron con paso cauteloso y atravesaron la enfermería. Se
trasladaban a los barracones situados contiguamente. Les seguía otro inglés,
arrastrando su colchón y una diana.
El hombre de la diana era el Hada Madrina, que había herido al
pequeño Paul Lazzaro. Se detuvo junto a la cama de Lazzaro y le preguntó qué
tal se encontraba.
Este contestó que cuando terminara la guerra lo haría matar.
—¿Ah, sí?
—Cometiste un gran error —dijo Lazzaro—. El que me toca es mejor
que me mate, o de lo contrario lo hago matar yo a él.
El Hada Madrina parecía conocer a fondo el arte de matar.
Dirigió una leve sonrisa a Lazzaro.
—Todavía estoy a tiempo de matarte —dijo—, si realmente me
convences de que es lo más razonable.
—¿Por qué no te pegas un tiro?
—No creas que no lo he probado —contestó el Hada Madrina.
El Hada Madrina se alejó, divertido y seguro de sí mismo. Cuando
se hubo marchado, Lazzaro les prometió a Billy y al viejo Edgar Derby que iba a
tener su venganza y que ésta sería dulce.
—Es la cosa más dulce que existe —explicó Lazzaro—. La gente se
burla de mí y por Jesucristo que lo van a pagar. Yo me río. No me importa que
sea un caballero o una dama. Aunque sea el presidente de Estados Unidos. A
quien quiera tomarme el pelo, le ajustaré las cuentas. Teníais que haber visto
lo que le hice una vez a un perro.
—¿A un perro? —repitió Billy.
—El hijo de puta me mordió. Entonces cogí algunos filetes y un
muelle de reloj. Corté el muelle en trocitos pequeños y en cada uno de ellos
soldé dos púas. Aquello era peor que las hojas de afeitar. Lo metí todo en la
carne, de forma que no se viera, y volví donde estaba el perro. Quiso morderme
otra vez, pero la cadena que lo tenía atado a la pared se lo impidió. Entonces
le dije: «Vamos, perrito, seamos amigos. No nos peleemos más. No soy mala
persona.» Y él me creyó.
—¿De veras?
—Le eché la carne y se la tragó de golpe. Me quedé mirándole,
esperando. —Lazzaro guiñó un ojo—. A los diez minutos empezó a salirle sangre
por la boca. Aullaba y se revolcaba creyendo que el dolor le venía de fuera.
Pero en seguida intentó morderse en su interior. Yo me revolcaba de risa y le
decía:
«Ahora sí que acertaste, ¿eh? ¡Sácate las entrañas, muchacho!
Soy yo el que está dentro con todos esos cuchillos.»
Y así sucedió.
—Si alguna vez os preguntan qué es lo más dulce que existe en la
vida —concluyó Lazzaro—, sabed que es la venganza.
Cuando tuvo lugar la destrucción de Dresde, Lazzaro no se
alegró. Dijo que él no tenía nada contra los alemanes, y que además prefería
tratar con sus enemigos uno a uno. Y se enorgulleció de no haber herido jamás a
ningún inocente.
—Nadie consigue ningún regalo de Lazzaro si no se lo ha buscado
—afirmó.
El pobre Edgar Derby, profesor de escuela superior, se metió en
la conversación. Le preguntó a Lazzaro si tenía intención de alimentar también
al Hada Madrina con filetes llenos de muelles de reloj.
—¡Mierda! —replicó Lazzaro.
—Es un hombre bastante grande —observó Derby, quien a su vez era
bastante corpulento.
—El tamaño no significa nada.
—¿Vas a matarle a tiros?
—Voy a hacerle matar a tiros —explicó Lazzaro—. Después de la
guerra volverá a su casa. Será un gran héroe, las mujeres se le echarán encima
y podrá instalarse bien. Pasarán un par de años y entonces, un buen día,
alguien llamará a su puerta. El abrirá y se encontrará con un desconocido. Este
le preguntará si es fulanito de tal, y cuando responda que sí, el desconocido
le dirá: «Me envía Paul Lazzaro.» Y rápidamente sacará la pistola y le
arrancará los cojones de un tiro. Luego le concederá un par de segundos para
que recuerde quién es Paul Lazzaro, y se dé cuenta de lo que es la vida sin
cojones. Acto seguido le disparará a las entrañas y se marchará.
Lazzaro dijo que por mil dólares, más los gastos del viaje,
podía hacer matar a cualquiera en cualquier parte del mundo. Y ya tenía una
lista mental.
Derby le preguntó a quiénes tenía en la lista, y Lazzaro dijo:
—Tú asegúrate de no estar en ella. No te cruces en mi camino,
eso es todo.
Hubo un silencio y después añadió:
—No te cruces tampoco en el camino de mis amigos.
—¿Tienes amigos? —quiso saber Derby.
—¿En la guerra? —dijo Lazzaro—. Sí..., tuve un amigo en la
guerra. Está muerto.
Así era.
—¡Lástima!
De nuevo los ojos de Lazzaro parpadearon.
—Sí. Era mi vecino en el vagón de tren. Se llamaba Roland Weary.
Murió en mis brazos. —Señaló a Billy con su mano sana—. Murió a causa de ese
necio cabrón que está ahí. De manera que le prometí hacer matar a ese necio
cabrón después de la guerra.
Lazzaro cortó con un gesto de su mano todo lo que Billy Pilgrim
tenía intención de decir.
—Olvídalo, muchacho —continuó—. Disfruta de la vida mientras
puedas. Nada va a sucederte durante cinco, diez o quizá veinte años. Pero deja
que te dé un consejo: siempre que suene el timbre de tu puerta, procura que sea
otro el que vaya a abrirla.
Billy Pilgrim sabía que ésa sería, realmente, la forma en que
iba a morir. Como viajero del tiempo que era, había visto su propia muerte
muchas veces, y la había descrito en una cinta magnetofónica. La cinta estaba
guardada, con su última voluntad y otros valores, en una caja fuerte del Banco
Nacional Mercantil y de Crédito de Ilium.
«Yo, Billy Pilgrim —comenzaba la cinta—, moriré, he muerto y
estaré muerto para siempre el 13 de febrero de 1976.»
Y continuaba diciendo que en el momento de su muerte estaría en
Chicago, dirigiéndose hacia una gran multitud para dar una conferencia sobre el
tema de los platillos volantes y de la verdadera naturaleza del tiempo. Vivía
todavía en Ilium, pero había tenido que cruzar tres fronteras internacionales
para poder llegar a Chicago. Los Estados Unidos de América habían sido
divididos en veinte pequeñas naciones, con objeto de que jamás volvieran a
constituir una amenaza para la paz mundial. Y Chicago, la gran ciudad de
antaño, había sido destruida con bombas de hidrógeno por unos chinitos
enfadados, que habían obligado a reconstruirla. Todo era nuevo y flamante.
Billy estaba hablando ante un auditorio que llenaba por completo
las gradas de un campo de fútbol recubierto con una cúpula geodésica. A sus
espaldas se desplegaba la bandera del país, luciendo su escudo: un toro de
Hereford en medio de una verde pradera. De pronto, predijo su propia muerte
para una hora más tarde, y se rió de ella, invitando a la multitud a que
también se riera.
—Hace mucho tiempo que estoy muerto —explicó—. Hace muchos años,
cierto hombre juró hacerme matar. Ahora ese hombre es ya un anciano y vive
cerca de aquí. Y como ha leído todo lo publicado sobre mi presencia en vuestra
bella ciudad y está loco, esta noche cumplirá su promesa.
La multitud protestó.
Pero Billy Pilgrim les reprendió:
—Si protestáis, si creéis que la muerte es algo terrible, es que
no habéis entendido ni una sola palabra de cuanto os he dicho.
Y terminó su discurso, al igual que siempre desde que los
pronunciaba, con estas palabras:
—Adiós, hola, adiós, hola.
Al abandonar el pulpito, la policía se movilizó a su alrededor.
Tenían que protegerle del entusiasmo popular. Y, aunque no había recibido
amenazas de muerte desde 1945, los agentes se dispusieron a montar guardia.
Estaban decididos a permanecer a su alrededor, en cerrado círculo, durante toda
la noche.
—No, no —les dijo Billy, serenamente—. Es menester que vuelvan
ustedes con sus esposas e hijos. Ha sonado la hora de que muera por un
ratito... para continuar viviendo después.
En aquel instante, una bala de fusil penetró en la frente de
Billy. La habían disparado desde la oscuridad, en un rincón de la cabina de
prensa. Billy murió instantáneamente.
Luego, Billy experimentó la muerte durante un rato. Se trataba
simplemente de una luz violeta y de un ligero zumbido. Ya no existía nadie. Ni
siquiera Billy Pilgrim.
Cuando volvió de nuevo a la vida, Billy voló por el tiempo hasta
una hora más tarde del momento en que había sido amenazado por Lazzaro, en
1945. Se le ordenó que se levantara de la cama y se vistiera, puesto que ya se
encontraba bien. Después, él, Lazzaro y el pobre Edgar Derby se dirigieron al
encuentro de sus compañeros, que estaban reunidos en el teatro. Querían elegir
a su propio jefe por medio de una votación libre y secreta.
Billy, Lazzaro y el pobre Edgar Derby cruzaban el campo de la
prisión en dirección al teatro. Billy llevaba la cazadora como si fuera un
manguito de señora, envuelta alrededor de las manos. Parecía el payaso central
de aquella especie de parodia inconsciente de la famosa pintura al óleo El
espíritu del 76.
Edgar Derby estaba escribiendo, mentalmente, cartas a su hogar,
diciéndole a su esposa que se encontraba sano y salvo, que no tenía por qué
preocuparse, que la guerra casi había terminado y que pronto volvería a casa.
Lazzaro, por su parte, repasaba la lista de la gente que haría
matar una vez finalizada la guerra, los proyectos de golpes que iba a dirigir y
el número de mujeres que metería en su cama (o donde fuera) por las buenas o
por las malas. Si hubiera sido un perro en plena ciudad, cualquier policía le
habría matado de un tiro para mandar su cabeza a un laboratorio y ver si tenía
la rabia. Así era.
Se acercaban al teatro. Encontraron a un inglés que trazaba una
línea en el suelo con el tacón de la bota. Estaba delimitando la frontera entre
los sectores americano e inglés de la prisión. Billy, Lazzaro y Derby tuvieron
necesidad de preguntar lo que significaba esa línea. Aquel símbolo les era
familiar desde la infancia.
El teatro estaba repleto de americanos acurrucados como
cucarachas. La mayoría estaban dormidos o en estado de estupor. Tenían la tripa
vacía.
—Cierra esa maldita puerta —le gritó alguien a Billy—. ¿Es que
naciste en una cuadra?
Billy cerró la puerta, sacó una mano del manguito y tocó la
estufa. Estaba fría como el hielo. En el escenario aún estaban el decorado de
La Cenicienta, aquellos cortinajes azules colgando de los chocantes aros
pintados y el falso reloj, cuyas manecillas señalaban la media noche. Y las
zapatillas de la Cenicienta eran unas botas de aviador pintadas de color de
plata y estaban cuidadosamente colocadas debajo de uno de los troncos dorados.
Billy, el pobre Edgar Derby y Lazzaro estaban en el hospital
cuando los británicos repartieron los colchones y las mantas. Por eso se
quedaron sin ellos y también sin lugar donde anidar. Tuvieron que improvisarlo
todo. El único espacio libre que quedaba era el escenario, y, en cuanto a lo
demás, hubieron de echar mano de las cortinas para hacerse sus nidos.
Una vez se hubo acurrucado en su nidito azul, Billy se quedó
perplejo ante la vista de las botas plateadas de la Cenicienta. Inmediatamente
recordó que sus zapatos estaban destrozados; necesitaba unas botas. Odiaba
tener que salir de su nidito, pero debía hacerlo. A gatas, llegó hasta las
botas, se sentó y se las probó. Le ajustaban perfectamente.
Billy Pilgrim era la Cenicienta, y la Cenicienta era Billy
Pilgrim.
En alguna parte, el jefe de los ingleses estaba dando una charla
sobre la higiene personal y la libre elección. Durante el sermón más de la
mitad de los americanos permanecieron dormidos. El inglés subió al escenario y
dio unos golpes secos sobre uno de los tronos, gritando:
—Muchachos, muchachos, muchachos... ¿pueden prestarme un momento
de atención, por favor?
Lo que el inglés predicaba sobre la supervivencia era algo así:
—Si dejan de preocuparse por su apariencia, pronto morirán.
Les contó que ya había visto morir a varios hombres de la
siguiente forma:
—Empezaban por andar alicaídos, luego no se afeitaban ni se
lavaban, un poco más tarde ya ni se levantaban de la cama, después dejaban de
hablar y al fin morían. De todo ello sólo puede sacarse una conclusión: que es
una forma muy fácil e indolora de largarse.
Entonces el inglés les contó que cuando le capturaron se hizo el
propósito, y lo había cumplido, de cepillarse los dientes dos veces al día,
afeitarse cada mañana, lavarse la cara y las manos antes de cada comida, y
después de acudir a las letrinas, limpiarse las botas, hacer por lo menos media
hora diaria de ejercicio, evacuar los intestinos cada día y mirarse al espejo
con frecuencia para valorar con franqueza su aspecto y cuidar particularmente
sus gestos.
Billy Pilgrim le escuchaba, echado en su nido, sin mirarle la
cara; observaba sus tobillos. Tras una pausa, el inglés dijo:
—Les envidio a ustedes, muchachos.
Alguien se echó a reír. Billy se preguntó qué habría dicho de
gracioso, pero ya el oficial británico lo explicaba:
—Esta tarde, muchachos, van a salir hacia Dresde, una bella
ciudad, según me han dicho. Y no permanecerán encerrados como nosotros. Vivirán
al aire libre entre la gente, seguramente con comida más abundante que aquí...
Si me permiten una nota personal, les diré que desde hace cinco años no sé lo
que es un árbol, una flor, una mujer, un niño..., ni he visto un perro, un
gato, un lugar de diversión ni ningún ser humano que hiciera algo útil para la
sociedad. Por eso les he dicho que les envidio. Además, no tendrán que
preocuparse por las bombas. Dresde es una ciudad abierta, sin defensas. No
tiene industrias bélicas, ni tampoco ninguna concentración importante de
tropas.
Luego, y de forma más bien extraña, Edgar Derby fue elegido jefe
americano. El inglés solicitó el voto de todos los que estaban echados en el
suelo, pero nadie lo dio. De manera que, teniendo en cuenta su madurez y su
larga experiencia en el trato con la gente, nombró a Derby, y así finalizaron
los nombramientos y las elecciones.
—¿Todos de acuerdo?
—Sí —dijeron dos o tres voces débilmente.
Entonces el pobre Derby hizo un discurso. Agradeció al inglés
sus buenos consejos, y prometió seguirlos al pie de la letra. Añadió que estaba
convencido de que todos los americanos harían lo mismo, y que en aquel momento
su principal responsabilidad consistía en asegurarse de que todo el mundo
regresara a su hogar sano y salvo. Pero antes de que terminara de hablar, Paul
Lazzaro murmuró, desde su lecho azul celeste:
—¡Vamos, por qué no te largas volando en un buñuelo! ¡Anda, vete
a joder a otro a la Luna!
Aquel día la temperatura había subido de una manera
sorprendente. El mediodía era cálido. Los alemanes trajeron sopa y pan en dos
carros tirados por rusos. Los ingleses mandaron café de verdad, azúcar,
mermelada, cigarrillos y cigarros. Dejaron las puertas del teatro abiertas para
que entrara el sol.
Los americanos empezaron a sentirse mucho mejor; incluso podían
retener la comida. Después, a la hora de partir hacia Dresde, salieron del
sector británico casi con marcialidad. De nuevo, Billy Pilgrim encabezaba la
formación, llevando ahora sus botas plateadas, el manguito y un trozo de
cortinaje azul celeste a modo de toga. Billy todavía iba sin afeitar, al igual
que el pobre Edgar Derby, que le seguía. Este ya meditaba otra carta a su
hogar, que tampoco llegaría a enviar, y sus labios se movían temblorosos:
«Querida Margaret: Hoy hemos partido hacia Dresde. No te
preocupes. Nunca será bombardeada. Es una ciudad abierta. Este mediodía ha
habido elecciones y, ¿a que no adivinas...?» Etcétera.
Llegaron de nuevo a la estación del ferrocarril. Habían venido
metidos en dos vagones e iban a marchar, mucho más cómodamente, en cuatro. El
cadáver del vagabundo aún se encontraba en el mismo sitio. Tenía la rigidez del
hielo y estaba tirado sobre la hierba, junto a las vías, en posición fetal,
intentando, incluso después de muerto, acurrucarse en forma de bebé entre los
demás. Pero los demás, para él, ya no existían. Sólo le rodeaban las cenizas y
el aire. Alguien le había quitado las botas. Sus píes desnudos eran azules y
marmóreos. Ciertamente era mejor que estuviera muerto.
El viaje a Dresde fue una diversión. Tan sólo tardaron un par de
horas en llegar. Y sus antes vacías tripas ahora estaban llenas y tranquilas. A
través de los respiraderos se filtraban el sol y el aire. El vagón estaba lleno
de humo de cigarrillos.
Los americanos llegaron a Dresde a las cinco de la tarde. Se
abrieron las puertas de los vagones y vieron la más bella ciudad que jamás
hayan visto parte de los americanos. El panorama era voluptuoso, encantador y
absurdo a la vez. A Pilgrim le pareció un cuadro celestial, como el que había
en la escuela dominical.
Tras él, alguien suspiró:
—¡Oh!
Era yo. Sí, aquél fui yo. Estaba deslumbrado. La única ciudad
que había visto hasta entonces era Indianápolis, Indiana.
Todas las demás ciudades importantes de Alemania habían sido
bombardeadas y ferozmente destruidas. Dresde no había sufrido más daños que la
rotura de algún cristal. Las sirenas funcionaban a diario, la gente acudía a
los refugios subterráneos, donde escuchaban la radio. Pero los aviones siempre
se dirigían a otro lugar, Leipzig, Chemnitz, Plauen o ciudades semejantes. Así
era.
Por Dresde aún silbaban alegremente las sirenas de vapor, y los
tranvías transitaban por las calles. Cuando los teléfonos sonaban, se
contestaba en seguida. Y cuando alguien hacía funcionar un interruptor las
luces se apagaban o se encendían. Había varios restaurantes y hasta un zoo. Las
principales industrias de la ciudad eran laboratorios farmacéuticos, marcas
alimenticias y manufacturadoras de tabaco.
Y, al finalizar cada jornada, la gente regresaba del trabajo,
para descansar tranquilamente durante la noche.
Ocho ciudadanos de Dresde cruzaron las vías de la estación del
ferrocarril, en dirección a los americanos. Vestían uniformes nuevos. Habían
ingresado en el ejército el día anterior. Unos eran chicos y los otros hombres
en avanzada madurez; solamente dos de ellos eran veteranos del ejército: habían
sido malheridos en Rusia. Su misión era custodiar aquel centenar de americanos
prisioneros de guerra que iban a ser subastados como obreros. En el pelotón
había un abuelo y su nieto. El abuelo era arquitecto. A medida que se acercaban
a los vagones que contenían su mercancía, aquellos ocho hombres adquirían un
aspecto cada vez más siniestro. Eran conscientes de su propia apariencia de
soldados enfermizos e inútiles. Uno de ellos tenía una pierna artificial, y además
del rifle cargaba con su bastón. Pero, con todo, esperaban que aquellos
americanos robustos, bien criados, asesinos de infantería que acababan de
llegar de las matanzas del frente, les depararan una pronta obediencia y
respeto.
Con lo primero que se encontraron fue con el barbudo Billy
Pilgrim y su toga azul, sus zapatos plateados y sus manos metidas en un
manguito, como una señora. Les pareció que debía tener, por lo menos, sesenta
años. Junto a él iba Paul Lazzaro, con un brazo roto y rebosante de rabia. Al
lado de Lazzaro, el pobre y viejo profesor de escuela superior, Edgar Derby,
tristemente repleto de añejo patriotismo y de sabiduría imaginaria. Y así
todos.
Los ocho ridículos ciudadanos de Dresde se aseguraron de que
aquellas cien ridículas criaturas eran realmente combatientes americanos recién
llegados del frente, sonrieron y acabaron riéndose a carcajadas. Su terror se
evaporó. No había nada que temer. En realidad, no eran más que un puñado de
estúpidos y enfermos como ellos mismos. Aquello parecía una opereta.
Así pues, la opereta se puso en marcha. Partieron de la
estación, comenzaron a recorrer las calles de Dresde. Billy Pilgrim era la
estrella, y encabezaba la formación.
En las aceras se encontraron con miles de trabajadores que
regresaban a sus hogares después de la jornada laboral. Eran gente pálida y
fofa, con aspecto de no haber comido durante los últimos dos años otra cosa que
patatas. No habían esperado del día más bendición que pasarlo medianamente
bien. Y de pronto se reían.
A Billy le pasaron desapercibidos la mayoría de los ojos que le
encontraban tan divertido. Estaba maravillado por la arquitectura de la ciudad.
Sobre las ventanas, alegres amaretti entrelazaban alegres guirnaldas. Rudos
faunos y ninfas desnudas atisbaban desde las festoneadas cornisas. Y monos de
piedra retozaban entre volutas, conchas y bambúes.
Billy, puesto que conocía el futuro, sabía que la ciudad sería
hecha añicos e incendiada al cabo de unos treinta días. Y también que la
mayoría de las personas que ahora le miraban muy pronto estarían muertas. Y así
fue.
Mientras caminaban, Billy no paraba de mover las manos dentro
del manguito. Con las puntas de los dedos tanteaba la cálida oscuridad de la
improvisada prenda, intentando descubrir qué eran los dos pequeños bultos que
se escondían bajo el forro de la cazadora. Por fin, las yemas de sus dedos
llegaron a palpar los bultos, el objeto en forma de guisante y el objeto en
forma de herradura. En aquel momento, el pelotón se detenía en un cruce muy
concurrido. Había un semáforo rojo.
Sobre la acera, en la primera hilera de peatones, se encontraba
un cirujano que había estado operando todo el día. Era un civil, aunque su
postura le hiciera parecer un militar. Había servido en las dos guerras. El
aspecto de Billy le ofendió, especialmente después de enterarse por los
guardias de que era americano. Le pareció que Billy tenía un gusto abominable y
supuso que le habría costado una infinidad de problemas tontos el llegar a
vestir de tal forma.
El cirujano, que hablaba inglés, se dirigió a Billy:
—Debo entender que usted encuentra la guerra una cosa muy
cómica.
Billy le lanzó una vaga mirada. Momentáneamente había perdido el
hilo de la vida y no sabía dónde se encontraba, ni cómo había ido a parar allí.
Ignoraba totalmente que la gente estaba tomándolo por un payaso. El Destino le
había vestido; el Destino, y una débil voluntad de sobrevivir.
—¿Esperaba hacernos reír? —le preguntó el cirujano.
El hombre le pedía una especie de satisfacción. Pero Billy se
sentía místico. Quería ser amable y facilitar las cosas todo lo posible, pero
sus recursos eran insuficientes. Sus dedos sujetaban ya los dos objetos del
forro de la cazadora. Entonces decidió mostrárselos al cirujano.
—¿Cree usted que nos gusta ser burlados? —decía el cirujano—.
¿Se sentiría orgulloso de poder representar este papel en América?
Billy retiró la mano del interior del manguito y la tendió bajo
las narices del cirujano. Sobre su palma había un diamante de dos quilates y un
fragmento de dentadura postiza que más bien parecía un pequeño artefacto
obsceno, con sus dientes de plata y su color rosado. Billy sonrió.
El pelotón caminó dando rodeos, hasta dirigirse definitivamente
hacia la verja del matadero de Dresde. Una vez dentro se dieron cuenta de que
allí no había movimiento. La razón era que la mayoría de animales con pezuñas
de Alemania habían sido ya muertos, comidos y excretados por seres humanos, en
especial soldados. Así era.
Los americanos fueron conducidos al quinto edificio del
matadero. Era un bloque de cemento de un solo piso, con puertas corredizas en
las partes delantera y trasera, que fue construido para alojar a los animales
que iban a ser sacrificados. Ahora serviría como vivienda a un centenar de
prisioneros de guerra americanos sin hogar. Estaba provisto de literas, un
lavadero y dos estufas. Detrás había una letrina formada a base de un tablón
agujereado y varios cubos debajo.
Sobre la puerta del edificio había un número inmenso. Era el
número cinco. Antes de que los americanos entraran, el único guarda que hablaba
inglés les recomendó que se acordaran de su nueva dirección para el caso de que
se perdieran en la gran ciudad. La dirección era: «Schlachthof-fünf».
Schlachthof significa matadero. Fün, el viejo y querido número cinco.
7
Veinticinco años más tarde, Billy Pilgrim subía a un avión
fletado en Ilium. Sabía que iba a estrellarse, pero no quería quedar como un
necio pronosticándolo. El avión debía llevar a Billy y a veintiocho ópticos más
a Montreal, para asistir a una convención.
Su esposa, Valencia, fue a despedirles a él y a su padre, Lionel
Merble, que ocupaba el asiento contiguo al suyo.
Lionel Merble era una verdadera máquina. Claro que los
tralfamadorianos opinan que todas las criaturas y plantas del universo son
máquinas; les divierte que tantos terrícolas se sientan ofendidos ante la idea
de ser máquinas.
Fuera del avión, otra máquina, llamada Valencia Merble Pilgrim,
estaba comiendo un dulce «Peter-Paul-Mound» y diciendo adiós con la mano.
El avión despegó sin incidentes. El momento estaba estructurado
así. A bordo viajaban un cuarteto vocal, compuesto también por ópticos, que se
llamaba Los Bacos, contracción de Los Bastardos de Cuatro Ojos.
Cuando el avión hubo despegado la máquina que era el suegro de
Billy pidió al cuarteto que cantara su canción favorita. Ellos ya sabían cuál
quería, y la cantaron. Decía así:
Estoy sentado en mi celda de la cárcel,
Con los calzoncillos llenos de mierda.
Y mis pelotas rebotan contra el suelo,
Y veo el miembro sangriento.
Debido al mordisco que ella me dio,
¡Oh!, jamás volveré a follar con una polaca.
El suegro de Billy se reía descontroladamente, y rogó al
cuarteto que cantara la otra canción polaca que tanto le gustaba. Así pues,
cantaron la canción de los mineros de Pennsylvania, que empieza así:
Mike y yo trabajamos en la mina.
¡Santa mierda, qué bien nos lo pasamos!
Una vez a la semana nos dan nuestro salario
¡Santa mierda, y al otro día no trabajamos!
Hablando de polacos: a los tres días de haber llegado a Dresde,
Billy Pilgrim vio casualmente cómo colgaban públicamente a un polaco. Billy iba
por la calle hacia el trabajo con algunos compañeros poco después de la salida
de] sol, cuando se encontraron con una horca rodeada de una gran multitud. El
polaco era obrero de una granja e iba a ser colgado por haber tenido relaciones
sexuales con una alemana. Así fue.
Billy, a sabiendas de que el avión pronto iba a estrellarse,
cerró los ojos y viajó por el tiempo hasta 1944. Volvía a estar en el bosque de
Luxemburgo, con los «Tres Mosqueteros». Roland Weary le estaba sacudiendo y
golpeando su cabeza contra un árbol.
—Muchachos, continúen sin mí —decía Billy Pilgrim.
El cuarteto estaba cantando Espera basta que brille el sol,
Nelly, cuando el avión se empotró en la cima del monte Sugarbush, en Vermont.
Murieron todos menos Billy y el copiloto. Así fue.
Los primeros en llegar al escenario del desastre fueron unos
jóvenes austriacos que residían en una famosa escuela de esquí instalada en
aquella montaña. Hablaban en alemán entre ellos mientras iban de un cuerpo a
otro. Llevaban pasamontañas rojos y la cara cubierta, excepto los ojos, para
protegerse del viento. Parecían muñecos, gente blanca que por diversión se
habían disfrazado de negro.
Billy se había fracturado el cráneo, pero todavía estaba
consciente. No sabía dónde se encontraba. Al ver que sus labios se movían, uno
de los muñecos le acercó el oído a la boca, intentando comprender las que
podían ser sus últimas palabras. Y Billy, que creía al muñeco relacionado con
la Segunda Guerra Mundial, murmuró su dirección: «Schlachthof-fünf».
Fue transportado hasta la falda del monte Sugarbush en un trineo
al que los muñecos le ataron para que se mantuviera inmóvil durante el camino.
Cerca de la base de la montaña la pista terminaba bruscamente frente a un poste
de telesilla. Billy vio a unos jóvenes que vestían prendas elásticas de
brillantes colores, grandes gafas y enormes botas colgando, sentados y con los
esquís puestos, de unas sillas amarillas. Entonces supuso que esto formaba
parte de una nueva y sorprendente fase de la Segunda Guerra Mundial. Para él,
todo estaba bien. Para Billy Pilgrim todo era perfecto.
Fue llevado a un pequeño hospital privado, donde un famoso
neurocirujano llegado de Boston le practicó una operación que duró tres horas.
Después de la operación, Billy estuvo inconsciente durante dos días y soñó
millones de cosas, algunas reales. Todas ellas fueron viajes por el tiempo.
Una de las cosas que revivió fue su primera noche en el
matadero. El y el pobre Edgar Derby empujaban una carreta de dos ruedas, vacía,
por una sucia pendiente flanqueada de establos también vacíos. Se dirigían a la
cocina común en busca de cena para todos, custodiados por un alemán de
dieciséis años llamado Werner Gluck. Los ejes de la carreta habían sido
engrasados con sebo de animales muertos. Así era.
El sol estaba en su ocaso y su resplandor hacía resaltar el
perfil de la ciudad formado por bajas colinas que rodeaban los malolientes
establos. La total oscuridad en que se encontraba sumida la ciudad como
precaución por los bombardeos impidió a Billy ver, desde un mirador tan
privilegiado como aquél, una de las cosas más hermosas que suele hacer una
ciudad normal a la puesta del sol: encender sus luces una tras otra.
El amplio río que pasaba por allí hubiera reflejado esas luces,
y hubiera hecho de aquel crepúsculo una hora deliciosa. Este río era el Elba.
Werner Gluck, el joven guarda, era de Dresde. Jamás había estado
en el matadero, de manera que no sabía a ciencia cierta dónde se encontraba la
cocina. Era alto y delgado, como Billy, y podría haber sido su hermano menor.
De hecho eran primos lejanos, cosa que siempre ignoraron.
Gluck iba armado con un mosquetón increíblemente pesado, una
pieza de museo con un cañón octogonal de alma lisa y que cargaba un solo tiro.
Llevaba calada la bayoneta, o mejor dicho una especie de aguja de hacer
calceta, sin canalones de sangre ni nada.
Gluck les hizo tomar un camino que él creía les llevaría a la
cocina y abrió una puerta corrediza que se encontraba a un lado. Pero se
equivocó. Aquello eran los vestuarios adyacentes a unas duchas comunales y el
ambiente estaba lleno de vapor. Por entre el vapor divisaron alrededor de
treinta muchachas de menos de veinte años todas desnudas. Eran refugiadas
alemanas de Breslau, ciudad que había sido tremendamente bombardeada, y también
acababan de llegar a Dresde.
Dresde estaba atestada de refugiados.
Así pues, se encontraron con aquellas muchachas cuyos rincones
más privados estaban al descubierto, para recreo de cualquier observador. Y eso
hacían, recrearse mirando desde la puerta, Gluck, Derby y Pilgrim, el soldadito
infantil, el pobre viejo profesor de escuela superior y el payaso con su toga y
sus zapatos de plata. Las muchachas chillaron, se cubrieron con las manos, se
volvieron de espaldas y todo lo demás. Y se hicieron aún mucho más bellas.
Werner Gluck, que nunca hasta entonces había visto ninguna mujer desnuda, cerró
la puerta. Billy estaba en las mismas condiciones que el alemán, era evidente.
Pero para Derby aquello no era nada nuevo.
Cuando los tres desgraciados encontraron la cocina comunal, cuya
misión principal era hacer la comida para los trabajadores del matadero, ya se
había largado todo el mundo menos una mujer que les estaba esperando con
impaciencia. Era una viuda de guerra. De verdad. Y llevaba el sombrero y el
abrigo puestos, pues también quería marcharse a su casa a pesar de que en ella
no encontraría a nadie. Sus guantes blancos permanecían aún uno junto al otro,
sobre uno de los mostradores de zinc.
La mujer guardaba para los americanos dos grandes latas de sopa
que hervían sobre una cocina encendida a poco gas. También les reservaba un
montón de pan moreno.
Le preguntó a Gluck si no era demasiado joven para estar en el
ejército. El admitió que sí lo era.
Luego le preguntó a Edgar Derby si no era demasiado viejo para
estar en el ejército. También lo admitió.
Entonces le preguntó a Billy Pilgrim de qué iba disfrazado.
Billy le dijo que no lo sabía, que sólo pretendía mantenerse abrigado.
La mujer comentó, concluyendo:
—Todos los soldados de verdad han muerto.
Y era cierto.
Otra cosa que también revivió Billy mientras estaba inconsciente
en Vermont fue el trabajo que él y sus compañeros hicieron en Dresde durante el
mes anterior a la destrucción de la ciudad. Lavaron ventanas, barrieron suelos,
limpiaron aseos, empaquetaron tarros y sellaron cajas de cartón en una fábrica
donde hacían jarabe de malta enriquecido con vitaminas y minerales. Era para
mujeres embarazadas.
El jarabe sabía a miel con un ligero aroma a nueces, y todos los
que trabajaban en la fábrica se pasaban el día tomando a escondidas cucharada
tras cucharada. No eran mujeres embarazadas, pero también necesitaban vitaminas
y minerales.
Durante su primer día de trabajo Billy no tomó ninguna cucharada
de jarabe, pero otros americanos sí lo hicieron. Al segundo día ya había
aprendido el truco. En todos los rincones de la fábrica había cucharas
escondidas. Sobre las vigas del techo, en los cajones, tras los radiadores, en
todas partes. Las escondían personas que, estando tomando jarabe, habían oído
llegar a alguien. Tomar jarabe era un crimen.
Durante su segundo día de trabajo, Billy estaba limpiando un
radiador y encontró una cuchara. A su espalda había una tina llena de jarabe
que se estaba enfriando. La única persona que podía verle era el pobre Edgar
Derby, que por la parte de fuera limpiaba el cristal de la ventana. La cuchara
era sopera. Billy la metió en la tina, volvió la cabeza a uno y otro lado para
ver si había alguien, la sacó y se la introdujo en la boca.
Pasó un momento, y después todas las células del cuerpo de Billy
se sacudieron en un entusiasmado aplauso de gratitud.
Se oyeron unos tímidos golpecitos en la ventana de la fábrica.
Era Derby, que lo había visto todo y quería también un poco de jarabe.
Así pues, Billy, siempre vigilando, llenó la cuchara, abrió la
ventana y la metió dentro de la anhelante boca de Derby. Pasó un momento y de
los ojos de Derby empezaron a saltar lágrimas. Billy cerró la ventana y
escondió rápidamente la pegajosa cuchara. Alguien venía.
8
Dos días antes de que Dresde fuera destruida los americanos del
matadero tuvieron una visita muy interesante. Era Howard W. Campbell, jr., el
americano nazi, el mismo que había escrito el librito sobre el vergonzoso
comportamiento de sus compatriotas prisioneros de guerra. Ahora ya no se
dedicaba a hacer investigaciones sobre prisioneros. Había venido al matadero
para reclutar hombres con vistas a formar una unidad militar alemana que
pensaba llamar Cuerpo de Americanos Libres y comandar él mismo. Como era de
suponer, esta unidad sólo debía luchar en el frente ruso.
Campbell era un hombre de aspecto ordinario, pero iba vestido
con un extravagante uniforme que él mismo se había diseñado. Se tocaba con un
sombrero blanco en el que ostentaba diez galones, calzaba unas botas negras de
vaquero decoradas con esvásticas y estrellas, y vestía un traje de punto azul
muy ceñido, con rayas amarillas que, partiendo de los sobacos, le llegaban
hasta los tobillos. En los hombros llevaba unas charreteras que recortaban el
perfil de Abraham Lincoln sobre un fondo verde pálido. Y, para completar su
uniforme, en la manga exhibía un brazalete rojo con una esvástica azul dentro
de un círculo blanco.
Ahora, en el establo de cemento, estaba explicando a los
prisioneros de guerra americanos el significado del brazalete.
Billy tenía un gran ardor de estómago debido a la gran cantidad
de jarabe de malta que había tomado durante la jornada laboral. Aquel ardor le
hacía saltar lágrimas de los ojos y por eso veía, a través de la sinuosa
cortina de líquido salado, una imagen de Campbell bastante deformada.
—Azul por el cielo de América —decía Campbell—. Blanco por la
raza que descubrió el continente, saneó los pantanos, limpió los bosques y
construyó carreteras y puentes. Rojo por la sangre de los americanos patriotas
que tan alegremente han corrido a lo largo de los años...
El auditorio de Campbell dormitaba. Habían trabajado mucho en la
fábrica de jarabe y después habían tenido que hacer el largo camino hasta casa,
andando en medio de un gran frío. Estaban delgados y tenían ojeras. Su piel
empezaba a formar pequeñas vesículas, al igual que sus bocas, gargantas e
intestinos. El jarabe de malta que tomaban a escondidas en la fábrica sólo
contenía una ínfima cantidad de los minerales y vitaminas que un ser humano
necesita.
Ahora Campbell ofrecía a los americanos comida, filetes de
carne, puré de patatas, salsas y empanadas rellenas si se unían al Cuerpo de
Americanos Libres.
—Cuando se haya vencido a Rusia, seréis repatriados a través de
Suiza —aseguró.
No hubo respuesta alguna.
—Tarde o temprano tendréis que luchar contra los comunistas
—añadió—. ¿Por qué, pues, no terminar ya con ellos de una vez?
Y entonces llegó el momento en que Campbell había de obtener por
fin alguna respuesta. El pobre Derby, el sentenciado profesor de escuela
superior, se puso en pie aprovechando lo que probablemente sería el mejor
momento de su vida. En esta historia no existen personajes ni situaciones
dramáticas, puesto que la mayoría de personajes que la integran están enfermos
y son totalmente ajenos al juego de los grandes poderes; uno de los principales
efectos de la guerra es que la gente pierde la fuerza de ánimo suficiente para
conservar su personalidad. Pero en aquel momento, el viejo Derby era todo un
carácter.
Su postura era la de un combatiente: la cabeza baja y los puños
crispados, esperando información sobre el plan de batalla. Derby levantó la
cabeza y le dijo a Campbell que era una serpiente. Peor aún, corrigió, puesto
que las serpientes no podían evitar el serlo y Campbell, que bien podía evitar
el ser lo que era, se había convertido en algo mucho más rastrero que una
serpiente, una rata o incluso una garrapata rellena de sangre.
Campbell sonrió.
Derby habló conmovedoramente de la forma de gobierno americana,
que otorga libertad, justicia, oportunidades y juego limpio para todos. Dijo
que allí no había ni un solo hombre que no estuviera dispuesto a morir con
alegría por todos esos ideales. Habló de la fraternidad entre los americanos y
los rusos, y de cómo estas dos naciones iban a aplastar la plaga de nazismo que
pretendía infectar al mundo entero.
De pronto, la sirena de alarma empezó a sonar lastimeramente en
Dresde.
Los americanos, sus guardas y Campbell se refugiaron en un
enorme almacén de carne, excavado en la roca viva bajo el matadero. Se
descendía hasta allí por unas escaleras de acero que comenzaban y terminaban en
sendas puertas también de acero.
De los ganchos de hierro del almacén colgaban aún algunos
terneros, ovejas, cerdos y caballos muertos. Así era. El resto eran miles de
ganchos vacíos, a la espera de más animales. Naturalmente, allí dentro hacía
frío, aunque no había refrigeración. Y por toda luz disponían de una sola vela.
El almacén estaba encalado —olía, pues, a ácido carbónico— y tenía bancos a lo
largo de sus paredes. Los americanos se dirigieron hacia ellos haciendo saltar
parte del blanco polvo que cubría las paredes.
Howard W. Campbell jr. permaneció de pie, como los guardas,
hablando con ellos en un alemán excelente. Había escrito muchas obras de teatro
populares, y también poemas, en este idioma. Incluso se había casado con una
famosa actriz alemana, llamada Resi North. Ella había muerto. Cayó mientras
divertía a las tropas alemanas en Crimea. Así fue.
Aquella noche no sucedió nada. Fue durante la noche siguiente
cuando murieron cerca de ciento treinta mil personas en Dresde. Así fue. Billy
dormitaba en el almacén de carne cuando se encontró de nuevo enzarzado en una
discusión con su hija, que revivió palabra por palabra y gesto por gesto.
—Padre —decía ella—. ¿Qué vamos a hacer contigo? —Y cosas así—.
¿Sabes a quién desearía matar?
—¿A quién desearías matar? —preguntó Billy.
—A ese Kilgore Trout.
Kilgore Trout era y es un escritor de ciencia ficción de quien
Billy no sólo leyó docenas de libros sino que incluso llegó a ser amigo suyo. Y
eso, teniendo en cuenta que nadie puede llegar a ser amigo de Trout porque éste
es un hombre amargado, tiene un excepcional mérito.
Trout vive en un sótano de alquiler, en Ilium, a unos tres
kilómetros de distancia de la hermosa casa blanca de Billy. Ni él mismo tiene
idea de la cantidad de novelas que ha escrito. Posiblemente alrededor de las
setenta y cinco. Y ninguna de ellas le ha dado dinero. Así pues, Trout se
dedica en cuerpo y alma a la divulgación de la Ilium Gazette. Es el encargado
de los vendedores de periódicos, esos muchachos que trabajan por cuatro perras.
Billy lo conoció en 1964. Conducía su Cadillac por un callejón
de Ilium cuando se encontró con el camino cortado por docenas de muchachos con
sus bicicletas. Celebraban una reunión. Un hombre con toda la barba les estaba
hablando. Se le veía cobarde y peligroso a la vez, y era obvio que dominaba su
oficio. Trout tenía entonces sesenta y dos años. Intentaba convencer a los
muchachos de que despabilaran sus dormidas cabezotas, y también de que
vendieran a sus clientes habituales la maldita edición dominical. Les prometió
que quien vendiera más suscripciones dominicales durante los próximos dos meses
sería premiado con un viaje gratis, con todos los gastos pagados durante una
semana, para él y sus padres, a la maldita Martha's Vineyard. Y cosas así.
Uno de los vendedores de periódicos, que en realidad era una
muchacha, estaba extasiada.
El paranoico rostro de Trout le resultaba a Billy enormemente
familiar, puesto que lo había visto en las solapas de infinidad de libros.
Pero, en el preciso momento en que se encontró con ese rostro en un callejón de
su ciudad natal, no pudo recordar por qué le era tan familiar. Lo primero que
se le ocurrió fue que quizá hubiera conocido a tan ruinoso mesías en alguna
parte de Dresde. Trout parecía, ciertamente, un prisionero de guerra.
Y entonces la muchacha levantó la mano.
—Señor Trout —gritó—, si gano, ¿puedo llevar conmigo a mi
hermana?
—No, demonios —contestó Kilgore Trout—. ¿Crees que el dinero
crece en los árboles?
Casualmente, Trout había escrito un libro sobre un árbol que
daba dinero. Tenía por hojas billetes de veinte dólares. Sus flores eran bonos
del gobierno y sus frutos diamantes. Atraía a los seres humanos, que se mataban
los unos a los otros al pie del árbol, fertilizándolo.
Así era.
Billy Pilgrim aparcó su Cadillac en el callejón y esperó a que
terminara la reunión. Cuando se disolvió la asamblea un muchacho se quedó
hablando con Trout. El chico quería dejar el trabajo porque era demasiado
pesado, tenía que trabajar muchas horas y estaba mal pagado. Trout parecía
consternado. Si el muchacho dejaba el trabajo él mismo tendría que hacerlo
hasta encontrarle sustituto.
—¿Quién crees que eres? —le preguntó Trout con desprecio—. ¿Una
especie de maravilla sin entrañas?
Este era también el título de un libro de Trout: La maravilla
sin entrañas. Trataba de un robot que tenía mal aliento, y que se hizo popular
cuando hubo curado su halitosis. Pero lo más notable de la narración, que había
sido escrita en 1932, era que predecía un amplio consumo de gasolina gelatinosa
entre los seres humanos. Los robots la echaban desde aeroplanos. Y no tenían
conciencia ni entendimiento que les permitiera imaginar lo que les estaba
sucediendo a las gentes en la Tierra.
El robot de Trout parecía un ser humano. Podía hablar, bailar y
cosas así, e incluso salir con chicas sin que nadie se ofendiera porque echaba
gasolina gelatinosa sobre las personas. Pero, eso sí, encontraban imperdonable
su halitosis. Así pues, cuando ésta desapareció, fue bien aceptado por la raza
humana.
Trout perdió la discusión que mantenía con el muchacho que
quería dejar el empleo. Le habló de la gran cantidad de millonarios que habían
empezado repartiendo periódicos, pero el chico le replicó:
—Sí, pero apuesto a que sólo aguantaron una semana en ese
magnífico empleo.
Y el muchacho se largó, dejando a los pies de Trout la bolsa
llena de periódicos y la agenda de subscriptores encima. Aquellos periódicos
quedaban a merced de Trout, quien tendría que repartirlos. No tenía coche, ni
siquiera bicicleta, y los perros le daban miedo.
En alguna parte ladró un perro.
Mientras Trout se colgaba lúgubremente la bolsa a la espalda,
Billy Pilgrim se le acercó:
—¿El señor Trout? —preguntó.
—¿Sí?
—¿Es... es usted Kilgore Trout?
—Sí.
Trout suponía que Billy tendría alguna queja sobre la forma en
que se repartían los periódicos. No pensaba en sí mismo como escritor. Y ello,
por la simple razón de que el mundo jamás le había permitido considerarse como
tal.
—¿El... el escritor? —insistió Billy.
—¿El qué?
Billy estaba convencido de que había cometido un error.
—Existe un escritor llamado Kilgore Trout —explicó.
—¿De veras? —Trout parecía aturdido.
—¿Nunca ha oído usted hablar de él?
Trout movió la cabeza con desánimo.
—Nadie..., nadie ha oído jamás hablar de él.
Billy ayudó a Trout a repartir los periódicos, acompañándole
casa por casa en su Cadillac. Billy era el responsable, el que encontraba las
casas y el que señalaba las direcciones pasadas. La mente de Trout estaba
vacía. Nunca hasta entonces había tenido un admirador, y menos un admirador tan
entusiasta.
Trout confesó a Billy que nunca había visto un libro suyo
anunciado, reseñado o en venta.
—Durante todos estos años —dijo— he abierto de par en par mis
puertas al mundo y sólo he recibido desprecio.
—Seguramente habrá recibido cartas —dijo Billy—. Es lógico que
le hayan escrito muchas.
Trout levantó un solo dedo.
—Una.
—¿Era de un entusiasta?
—Era de un loco. Decía que yo debería ser nombrado presidente
del Mundo.
Resultó que la persona que había escrito tal carta era Eliot
Rosewater, el amigo que tuvo Billy en el hospital de veteranos, cerca de Lake
Placid. Billy le habló a Trout de Rosewater.
—¡Dios mío! —dijo éste al final—. Yo pensé que se trataba de un
muchacho de catorce años.
—Pues fue un verdadero hombre, un capitán durante la guerra.
—Escribe como un muchacho de catorce años —insistió Kilgore
Trout.'
Billy le invitó a la fiesta del dieciocho aniversario de su
boda, que debía celebrarse al cabo de dos días con gran esplendor.
Trout estaba en el comedor, tragando canapés. Hablaba con la
boca llena de queso, crema de Filadelfia y salmón, con la esposa de un óptico.
Todos los asistentes a la fiesta estaban relacionados de una forma u otra con
algún óptico, excepto Trout. Era el único que no llevaba gafas. Su presencia
estaba causando gran sensación. Todos los invitados se mostraban excitadísimos
por el solo hecho de tener entre ellos a un verdadero escritor. Y eso que nadie
había leído sus libros.
Trout hablaba con Maggie White, que había dejado de ser
asistente de un dentista para convertirse en ama de casa de un óptico. Era muy
bonita. El último libro que había leído era Ivanhoe.
Billy, de pie a su lado, escuchaba. No dejaba de palpar en su
bolsillo. Allí llevaba el regalo que tenía que entregarle a su esposa, una caja
de satén blanco que contenía un anillo con un zafiro. El anillo estaba valorado
en mil ochocientos dólares.
La adulación que Trout recibía, tan espontánea y tan ignorante,
le afectaba como la marihuana. Se sentía feliz, fuerte y atrevido.
—Me temo que no leo tanto como debiera —dijo Maggie.
—Todos tememos algo —observó Trout—. Yo temo al cáncer, a las
ratas y a los perros de raza Doberman.
—Debería saberlo, pero no lo sé —dijo Maggie—; así pues, se lo
pregunto: ¿qué es lo más famoso que ha escrito?
—Trataba del funeral de un gran político francés.
—Esto suena interesante.
—Todos los grandes políticos del mundo asistían al acto. La
ceremonia era muy hermosa. —Trout iba improvisando a medida que hablaba—. Y
antes de cerrar el ataúd, los familiares del difunto esparcían perejil y
pimentón sobre el fallecido.
—¿Es verídico el suceso? —preguntó Maggie White.
La mujer resultaba aburrida, pero su persona era una deliciosa
invitación a la procreación. Los hombres que la miraban deseaban al instante
cargarla con bebés. Sin embargo, todavía no había tenido ninguno. Hacía uso del
control de natalidad.
—Claro que es verídico —aseguró Trout—. Si escribiera alguna
falsedad e intentara venderla podrían meterme en la cárcel. Sería un fraude.
Maggie le creyó.
—Nunca había pensado en ello hasta ahora —dijo.
—Pues, a partir de ahora, piénselo.
—Es como anunciar. Cuando se anuncia algo debe decirse la
verdad, o de lo contrario una se mete en líos.
—Exactamente. Podría aplicársele la misma ley.
—¿Nos pondrá usted en algún libro?
—En los libros siempre pongo todo lo que me ocurre.
—Así pues, deberé tener cuidado con lo que digo.
—Y más aún. Yo no soy el único que escucha. Dios también nos
está escuchando. Y en el día del Juicio nos va a pedir cuentas de todo lo que
hemos dicho y hecho. Si hemos dicho cosas malas en lugar de buenas, peor para
nosotros, porque nos quemaremos en el infierno por toda la eternidad. El fuego
nunca dejará de atormentarnos.
La pobre Maggie se volvió de un color grisáceo. También le había
creído en esto, y estaba petrificada.
Kilgore Trout reía estruendosamente. De pronto un huevo de
salmón salió disparado de su boca y fue a caer en el escote de Maggie.
En aquel instante, un óptico pidió un momento de atención.
Quería proponer un brindis para Billy y Valencia, puesto que era su
aniversario. De acuerdo con lo planeado, el cuarteto de ópticos Los Bacos
empezaron a cantar mientras los demás bebían y Billy y Valencia, radiantes, se
abrazaban. Todo el mundo tenía los ojos brillantes. La canción era Mi vieja
pandilla.
La letra decía: «...daría el mundo entero por ver a mi vieja
pandilla», y cosas así. Y un poco más tarde: «Hasta siempre, mis viejos camaradas
y compañeros, basta siempre, viejos amigos míos... Dios os bendiga...» Y esas
cosas.
Inesperadamente, Billy Pilgrim se sintió conmovido por la
canción y el momento. El nunca había formado parte de una pandilla ni había
tenido un viejo amigo, pero de todas maneras, a medida que el cuarteto hacía
agonizar lentamente las últimas notas sentía nostalgia. Eran unas notas
intencionadas y amargas, cada vez más amargas, insoportablemente amargas, que
se diluían en un alargado acorde sofocantemente dulce, y luego otras notas
amargas. El cambio de notas operaba en Billy reacciones psicosomáticas muy poderosas.
La boca se le llenó de sabor a gaseosa, y el rostro se le volvió grotesco, como
si realmente estuviera atado a una máquina de tortura llamada potro.
Su aspecto era tan extraño, que varias personas lo comentaron
con solicitud, una vez terminada la canción. Pensaron que quizá le hubiera dado
un ataque al corazón, y Billy parecía querer confirmarlo al dirigirse a una
silla y sentarse con desmayo.
Hubo un silencio.
—¡Oh! ¡Dios mío! —exclamó Valencia, inclinándose sobre él—.
Billy... ¿Estás bien?
—Sí.
—¡Tienes un aspecto tan horrible!
—¿De veras...? Estoy perfectamente.
Y lo estaba, sólo que no podía encontrar explicación alguna al
hecho de que la canción le hubiera afectado de una forma tan grotesca. Durante
años había supuesto que no tenía secretos para sí mismo. Y ahora se encontraba
ante la evidencia de que tenía un gran secreto escondido en alguna parte de su
interior. Y ni tan siquiera podía imaginar de qué se trataba.
La gente, al ver que Billy empezaba a sonreír y que los colores
volvían a sus mejillas, se fue alejando de su alrededor. Valencia se quedó
junto a él, y Kilgore Trout, que se había mantenido al margen entre la
multitud, se acercó ahora interesado.
—Parecía como si hubieras visto un espíritu —dijo Valencia.
—No —replicó Billy.
Lo único que había visto era lo que realmente tenía ante sí, las
caras de los cuatro cantantes, aquellos cuatro hombres ordinarios que, con sus
ojos vacunos, abstraídos y angustiados, oscilaban insistentemente entre la
dulzura y la amargura.
—¿Puedo aventurar una opinión? —dijo Kilgore Trout—. Usted vio a
través de una ventana del tiempo.
—¿Una qué? —preguntó Valencia.
—Súbitamente vio el pasado o el futuro. ¿Estoy en lo cierto?
—No —contestó Billy Pilgrim.
Se levantó, se puso la mano en el bolsillo, encontró la caja que
contenía el anillo, la sacó y se la dio a Valencia con aire ausente. Hubiera
querido dársela al final de la canción, cuando todo el mundo miraba. Ahora sólo
Kilgore Trout estaba allí para verlo.
—¿Para mí? —preguntó Valencia.
—Sí.
—¡Oh, Dios mío! —exclamó ella.
Después lo repitió más fuerte, para que los demás la oyeran y se
agruparan a su alrededor mientras abría la caja. Casi chilló cuando vio el
zafiro en el centro del anillo, semejante a una estrella.
—¡Oh, Dios mío! —repitió, dándole un sonoro beso a Billy—.
Gracias, gracias, gracias.
Entonces se habló, durante mucho rato, de las maravillosas joyas
que Billy le había regalado a Valencia en sus aniversarios de matrimonio.
—¡Oh, Dios mío! —dijo Maggie White refiriéndose al diamante que
Billy había traído de la guerra—. Tienen el mayor diamante que he visto fuera
del cine.
El fragmento de dentadura que había encontrado dentro de la
cazadora, Billy lo guardaba dentro de su caja de gemelos, en el cajón del
armario. Billy tenía una bonita colección de gemelos.
Se había convertido en costumbre familiar el regalarle gemelos
cada año en el Día del Padre. Ahora también llevaba unos gemelos del Día del
Padre, que habían costado más de cien dólares. Estaban hechos con antiguas
monedas romanas. Poseía otros que tenían forma de rueda de ruleta que además
funcionaban, y otros que por un lado eran un termómetro y por el otro una
brújula, ambos verdaderos.
Billy deambulaba por la fiesta intentando aparentar normalidad.
No obstante, Kilgore Trout no le quitaba el ojo de encima, dispuesto a
averiguar lo que Billy había sospechado o visto. Al fin y al cabo, la mayoría
de novelas de Trout trataban de urdimbres del tiempo, de percepciones
extrasensoriales o de otros hechos insólitos. Trout creía en cosas como éstas,
y deseaba probar su existencia.
—¿Ha puesto alguna vez un espejo en el suelo y un perro encima
de él? —preguntó Trout a Billy.
—No.
—El perro mirará hacia abajo, y de pronto se dará cuenta de que
nada existe debajo de sus patas. Creerá que se mantiene en el aire y dará un
enorme salto.
—¿De veras?
—Sí. Y ése es el aspecto que tiene usted ahora... Como si de
pronto se hubiera dado cuenta de que se mantiene en el aire.
El cuarteto cantó de nuevo. Y Billy volvió a emocionarse. La
experiencia quedaba definitivamente asociada con los cuatro hombres, no con la
canción.
He aquí lo que cantaban ahora, mientras Billy se desgarraba
interiormente:
Once centavos cuesta el algodón y cuarenta la carne,
¿Puede un pobre, comer a esos precios?
Unos ruegan para que haga sol y otros para que llueva,
Las cosas irán de mal en peor hasta que nos volvamos locos.
Construí un bello bar y de marrón lo hice pintar
Pero al ponerle la luz todo se quedó hecho cenizas.
De nada nos sirve hablar si al fin siempre perdemos.
Once centavos cuesta el algodón y cuarenta la carne,
Once centavos cuesta el algodón y encima nos cargan de
impuestos.
¡Ay nuestras pobres espaldas! ¿Cómo soportarán tamaña carga?
Y cosas así.
Billy empezó a subir las escaleras interiores de su bella y
blanca mansión.
Trout le hubiera seguido de buen grado, si su anfitrión se lo
hubiera pedido. Billy se dirigió al cuarto de baño del piso superior. Estaba a
oscuras. Entró y cerró la puerta con el pestillo. Palpó en la oscuridad y
gradualmente, se fue dando cuenta de que no estaba solo. Su hijo también estaba
allí.
—¿Papi...? —le llamó en la oscuridad.
Robert, el futuro Boina Verde, tenía entonces diecisiete años. A
Billy le gustaba el muchacho pero no le conocía muy a fondo. Tenía la sospecha
de que no había nada que conocer en Robert.
Billy encendió la luz. Su hijo estaba sentado en la taza del
water, con los pantalones del pijama por debajo de las rodillas. Llevaba una
guitarra que aquel mismo día le habían regalado. Todavía no sabía tocarla, y de
hecho no llegaría a aprender nunca. Era de nácar rosado.
—Hola, hijo —dijo Billy Pilgrim.
Entonces se dirigió a su habitación, a pesar de que todavía
quedaban invitados que atender en el piso de abajo. Se echó sobre la cama y
enchufó los dedos mágicos. El colchón empezó a temblar, lo cual hizo salir a
toda prisa de debajo de la cama a un perro. Era «Spot». Por aquel entonces, el
viejo «Spot» todavía estaba vivo. El perro volvió a tumbarse en un rincón.
Billy pensó en el efecto que el cuarteto había ejercido sobre él
y lo asoció con una experiencia que había vivido hacía ya mucho tiempo. No
necesitó viajar por el tiempo hasta la experiencia pues la recordaba
claramente. Sucedió de la siguiente forma:
Se encontraba en el almacén de carne, la noche en que Dresde fue
destruida. Procedentes del exterior se oían unos ruidos parecidos a los pasos
de un gigante. Era el estruendo que producían las bombas al estallar. Los
gigantes caminaban y caminaban pero como el almacén de carne era un refugio muy
seguro todo lo que lograban allí era provocar, de vez en cuando, una lluvia de
cal. Con Billy sólo estaban los demás americanos, cuatro de los guardas se
habían marchado en busca del calor de sus hogares, antes de que empezara el
bombardeo. Todos morirían con sus familias.
Así fue.
Las muchachas que Billy había visto desnudas también morirían
todas, dentro de un refugio mucho menos seguro situado en la otra parte de los
establos.
Así fue.
De vez en cuando un guarda subía hasta el principio de las
escaleras para observar lo que sucedía en el exterior. Después volvía a bajar y
murmuraba algo a los demás guardas. Fuera caía una tormenta de fuego. Dresde se
había convertido en una gran llama, una llama única que consumía todo lo
combustible.
No pudieron salir del refugio hasta media mañana del día
siguiente. Cuando los americanos y sus guardas aparecieron, el cielo estaba
negro de humo. El sol era un pequeño punto malhumorado. Dresde parecía un
paraje lunar. No quedaba nada, excepto lo mineral. Las piedras estaban
calientes. Todos habían muerto.
Así fue.
Los guardas se apretujaron entre sí instintivamente, recorriendo
el terreno con sus ojos. Iban mudando continuamente de expresión sin decir
palabra, a pesar de que de vez en cuando abrían la boca. Parecían un cuarteto
vocal en una película muda.
—Hasta siempre —podrían haber cantado—, mis viejos camaradas y
compañeros; hasta siempre viejos amigos míos... Dios os bendiga...
—Cuéntame una historia —le pidió en cierta ocasión Montana
Wildhack a Billy Pilgrim, en el zoo de Tralfamadore.
Estaban en la cama uno junto al otro y disfrutaban de intimidad,
pues la lona cubría la cúpula. Montana llevaba seis meses embarazada y estaba
gorda y rolliza. De vez en cuando exigía perezosamente algunos pequeños favores
a Billy. No podía pedirle helados o fresas, claro, ya que la atmósfera exterior
de la cúpula era cianhídrica y además los helados o fresas más cercanos estaban
a millones de años luz. Pero si podía mandarle a la nevera, que estaba decorada
con una pareja montada en una bicicleta, o bien, como ahora, le podía rogar:
—Cuéntame una historia, Billy, muchacho.
—Dresde fue destruida la noche del 13 de febrero de 1945 —empezó
Billy Pilgrim—. Salimos de nuestro refugio al día siguiente...
Le habló a Montana de los cuatro guardas que, en su aturdimiento
y dolor, se habían parecido tanto al cuarteto de cantantes. Le contó cómo
habían quedado los establos, totalmente destrozados, sin tejados ni ventanas. Y
también le explicó cómo encontraron por doquier una especie de troncos
abrasados que eran los restos de las personas calcinadas bajo la tormenta de
fuego. Y así sucesivamente.
Luego Billy le habló de lo que había sucedido con los edificios
que se reflejaban en el horizonte como peñascos. Se habían derrumbado, la
madera se había consumido y las piedras, al chocar unas contra otras, se habían
partido hasta quedar convertidas en montones de ruinas.
—Parecía la Luna —dijo Billy Pilgrim.
Los guardas ordenaron a los americanos que formaran en fila de a
cuatro y ellos obedecieron. Después les hicieron regresar a lo que había sido
su hogar. El edificio estaba todavía en pie, pero no tenía ni ventanas ni
tejado y en su interior no había otra cosa que cenizas y pequeños charcos de
cristal fundido. Fue entonces cuando tuvieron conciencia de que no había ni
agua ni comida, y de que los supervivientes, si querían continuar siéndolo,
deberían recorrer una tras otra todas las colinas de aquella superficie lunar.
Y así lo hicieron.
Vistas a cierta distancia, las colinas eran bajas. Pero las
personas que tuvieron que subirlas no tardaron en darse cuenta del error. El
suelo se movía, estaba caliente, era poco estable. Debieron remover muchas
ruinas para formar con ellas otras colinas más sólidas, pequeñas, sobre las que
poder andar.
Durante el transcurso de la expedición que cruzó aquella luna,
nadie dijo ni una palabra. No había nada que decir. Una cosa estaba bien clara:
aparentemente todos, absolutamente todos los habitantes de la ciudad, habían
muerto, y cualquier objeto que se moviera no representaba otra cosa que un
defecto en el paisaje. En la Luna no había hombres.
Algunos aviones americanos atravesaron el espeso velo de humo
para comprobar si algo se movía. Vieron a Billy y al resto del pelotón y les
dispararon unas cuantas ráfagas. Pero no acertaron. Luego vieron a otras
personas, en la orilla del río, y también les dispararon. Alguna bala dio en el
blanco. Así fue.
Su idea era anticipar el fin de la guerra.
La narración de Billy terminaba a las afueras de Dresde, lejos
del fuego y las explosiones. Al atardecer, los americanos y los guardas
llegaron a una posada lista para recibir clientes. En la planta baja había una
vela encendida, tres hogares que calentaban la estancia y mesas y sillas que
esperaban a que alguien llegara. En el piso de arriba había camas, arregladas
con su correspondiente cubrecama.
En el albergue sólo vivían un hombre ciego, su esposa, que era
la cocinera, y sus dos jóvenes hijas, que trabajaban de camareras y doncellas.
Toda la familia sabía que Dresde había desaparecido. Lo habían visto con sus
propios ojos, todo fuego y más fuego, y comprendían que ahora se hallaban al
borde de un desierto. Aun así habían abierto el albergue, lavado los pisos,
dado cuerda a los relojes, encendido los hogares y esperado a que alguien
llegara.
Pasaban muy pocos refugiados procedentes de Dresde. Pero los
relojes cantaban su tic-tac, el fuego chisporroteaba y las velas goteaban cera
indiferentes. De pronto alguien llamó a la puerta, y entraron cuatro guardas y
un centenar de americanos prisioneros de guerra.
El hombre del albergue preguntó a los soldados si venían de la
ciudad.
—Sí.
—¿Viene alguien más?
Entonces los soldados contestaron que por la difícil ruta que
habían seguido no habían visto ni un alma viviente.
El posadero ciego dijo que los americanos podían pasar la noche
en el establo, y que además les daría sopa, un poco de café y cerveza. Después
les acompañó al lugar para oír cómo se acostaban en la paja.
—Buenas noches, americanos —les dijo en alemán—. Que duerman
bien.
9
He aquí cómo Billy Pilgrim perdió a su esposa, Valencia.
Cuando estaba inconsciente en el hospital de Vermont, después
del accidente de aviación en el monte Sugarbush, Valencia, enterada del
accidente, fue de Ilium al hospital conduciendo el Cadillac familiar, modelo
«El Dorado Coupé de Ville». Valencia había sufrido una fuerte crisis de
histerismo cuando, con toda franqueza, le notificaron que Billy podía morir y
que, si se salvaba, su vida podía quedar reducida a un estado puramente
vegetativo.
Adoraba a su esposo. Mientras conducía lloraba y gemía tan
desesperadamente que perdió la dirección en plena calle. Pisó los potentes
frenos de su coche y un Mercedes se le echó encima. A Dios gracias nadie se
hizo daño, puesto que ambos conductores llevaban abrochado el cinturón de
seguridad. A Dios gracias. El Mercedes sólo perdió una luz de situación. Pero
la parte trasera del Cadillac parecía el aparato reproductor masculino después
de una noche ajetreada. Su chasis se asemejaba a la boca de un tonto de pueblo
explicando que no sabe nada de nada. Los guardabarros se habían encogido. El
parachoques tenía los extremos izados, como brazos levantados clamando «¡Hurra
por el presidente!». Y el cristal retrovisor estaba hecho añicos.
El conductor del Mercedes salió y se dirigió hacia Valencia para
ver si se había hecho daño. Ella, histérica, solamente balbuceaba cosas sobre
Billy y el accidente de aviación. Luego volvió a poner su coche en marcha y
reemprendió el camino, dejando tras de sí un montón de chatarra.
Cuando llegó al hospital la gente se apresuró a salir a las
ventanas para ver de dónde procedía tal ruido. El Cadillac, con ambos tubos de
escape rotos, parecía un bombardero aterrizando sobre un ala. Valencia paró el
motor y entonces, auténticamente deshecha, se desplomó sobre el volante. El
claxon empezó a sonar con insistencia. Un médico y una enfermera salieron
corriendo para ver lo que sucedía. La pobre Valencia estaba inconsciente a
causa del monóxido de carbono. Su tez era ya de color azul celeste.
Murió una hora después. Así fue.
Billy no lo supo hasta más tarde. Soñaba, viajaba por el tiempo,
y cosas así, en aquel hospital tan lleno de enfermos que no le fue posible
tener una habitación para él solo. Compartía su habitación con un profesor de
historia de Harvard, llamado Bertram Copeland Rumfoord, al que no veía, ya que
éste estaba rodeado de biombos de lino blanco sobre ruedas de goma, pero al que
sí oía hablar consigo mismo continuamente.
Rumfoord tenía la pierna izquierda en tracción. Se la había roto
esquiando. Ya había cumplido setenta años pero su cuerpo y su espíritu eran los
de un hombre de mediana edad. Estaba en plena luna de miel con su quinta esposa
cuando se fracturó la pierna. Ella se llamaba Lily. Lily tenía veintitrés años.
Más o menos a la misma hora en que se certificaba la muerte de
Valencia, Lily entró en la habitación de Billy y de Rumfoord con los brazos
cargados de libros. Rumfoord se los había hecho traer desde Boston. Estaba
escribiendo un volumen sobre la historia de las Fuerzas Aéreas de Estados
Unidos en la Segunda Guerra Mundial. Todos los libros hablaban de bombardeos y
batallas campales ocurridas antes de que Lilly viniera al mundo.
—Sigan sin mí, muchachos —decía Billy Pilgrim, en su delirio, en
el momento de entrar la bella Lily en la habitación.
Ella era go-go girl cuando Rumfoord la conoció y resolvió
hacerla suya. No había pasado de la escuela superior. Su coeficiente de
inteligencia era 13.
—Me asusta —murmuró al oído de su esposo, refiriéndose a Billy
Pilgrim.
—A mí me saca de quicio —dijo enojado Rumfoord—. Entre sueños no
hace más que abandonar, rendirse, pedir excusas y rogar que le dejen solo.
Rumfoord era general de brigada retirado de la Reserva de las
Fuerzas Aéreas, oficial historiador de las Fuerzas Aéreas, un verdadero
profesor, autor de veintiséis libros, multimillonario de nacimiento y uno de
los más grandes campeones de regatas de todos los tiempos. Sus libros más
populares trataban del sexo o de hazañas deportivas de hombres de más de
sesenta y cinco años. Ahora citaba a Theodore Roosevelt, a quien se parecía
mucho:
—Me atrevería a crear un hombre mejor esculpiendo un plátano.
Una de las cosas que Rumfoord había pedido a Lily que le trajera
de Boston era una copia del discurso del presidente Harry S. Truman anunciando
al mundo que se había lanzado una bomba atómica sobre Hiroshima. Cuando ella le
entregó el comunicado, Rumfoord le preguntó si lo había leído.
—No.
Lily no leía bien, y ésta fue una de las razones por las que
abandonó los estudios antes de terminar en la escuela superior.
Rumfoord la hizo sentar inmediatamente y leer el escrito de
Truman. Ignoraba que ella leyese tan mal. En realidad, sabía muy poco de ella,
a excepción de que le serviría para demostrar públicamente que era un
superhombre.
Así pues, Lily se sentó e intentó leer lo de Truman:
«Hace dieciséis horas, un avión americano lanzó una bomba en
Hiroshima, importante base del Ejército japonés. Dicha bomba era más potente
que veinte mil toneladas de TNT, y dos mil veces más fuerte que el "Grand
Slam" británico, que era la mayor bomba utilizada en la historia de la
guerra.
»Los japoneses empezaron la guerra desde el aire en Pearl
Harbour. Ahora han sido doblegados con aviones. Y el final aún no ha llegado.
Esta bomba representa un nuevo y revolucionario sistema de destrucción que
elevará el creciente poder de nuestros ejércitos. Estamos produciendo gran
cantidad de este tipo de bombas y preparamos otras aún más potentes.
»Es una bomba atómica. El máximo exponente del poder básico
universal. El principio mismo que produce la energía. Y ha sido utilizado
contra aquellos que osaron empezar la guerra en el Lejano Oriente.
»Antes de 1939 ya era aceptada por los científicos la
posibilidad teórica de aislar la energía atómica. Pero nadie sabía la forma de
llevarla a la práctica. Sin embargo, en 1942 supimos que los alemanes estaban
trabajando denodadamente para encontrar la forma de aplicar la energía atómica
a todas las máquinas de guerra. Esperaban, con ello, esclavizar totalmente el
mundo. Pero fracasaron. Debemos agradecer a la Providencia el que los alemanes
consiguieran las V-1 y V-2 con retraso y en cantidades limitadas, pero debemos
agradecerle mucho más el que no consiguieran la bomba atómica.
»La batalla científica es, para nosotros, tan arriesgada como
las batallas terrestres, marinas o aéreas. Y esta vez hemos ganado en el
laboratorio, al igual que lo hicimos en los demás campos.
»Estamos preparados para arrasar de una forma rápida y completa
la totalidad de las industrias japonesas, se encuentren donde se encuentren.
Destruiremos sus muelles, sus fábricas y sus medios de comunicación. No habrá
error alguno; destruiremos totalmente el potencial bélico japonés. Eso
evitará...»
Y así seguidamente.
Uno de los libros que Lily le había traído a Rumfoord era La
destrucción de Dresde, de un inglés llamado David Irving. Era una edición
americana publicada por Holt, Rinehart & Winston en 1964. Lo que Rumfoord
quería sacar de él era parte del prefacio, escrito por sus amigos Ira C. Eaker,
teniente general retirado de las Fuerzas Aéreas de los Estados Unidos, y el
mariscal de la Aviación Británica sir Robert Saundby.
«Me es difícil comprender a los ingleses y americanos que lloran
por sus enemigos muertos y no son capaces de derramar una sola lágrima por
nuestras valientes tropas perdidas en combate frente a tan cruel enemigo
—escribía su amigo el general Eaker—. Creo que cuando el señor Irving se puso a
escribir su descripción de la terrorífica matanza de civiles en Dresde debía
haber recordado que las V-1 y las V-2 caían a su vez sobre Inglaterra, matando
hombres, mujeres y niños sin discriminación, tal como era su intención. Y
tampoco estaría nada mal que recordaran Buchenwald y Coventry.»
El prefacio de Eaker terminaba así:
«Lamento profundamente que las bombas británicas y
estadounidenses mataran a 135.000 personas en el bombardeo de Dresde, pero,
recordando quién empezó la última guerra, lamento mucho más la pérdida de más
de 5.000.000 de vidas aliadas en un grandioso esfuerzo por destruir completa y
definitivamente el nazismo.»
Así era.
En cuanto al mariscal del Aire Saundby, decía, entre otras
cosas:
«El bombardeo de Dresde fue una gran tragedia, nadie puede
negarlo. Que fuera necesidad militar, pocos, después de leer este libro, lo
creerán. Fue uno de esos casos terribles que a veces ocurren en tiempos de
guerra, y que se producen a causa de una combinación desafortunada de
circunstancias. Los que lo decidieron no eran ni ruines ni crueles, a pesar de
que posiblemente se encontraran muy lejos de la dura realidad de la guerra para
poder comprender plenamente el sorprendente efecto destructor de este bombardeo
aéreo de la primavera de 1945.
»Los abogados del desarme nuclear, que creen que la guerra se
transformará en algo tolerable y decente si alcanzan su ideal, harán bien en
leer este libro y en sopesar el destino de Dresde, donde 135.000 personas
murieron como resultado de un ataque aéreo con armamento convencional. Durante
la noche del día 9 de marzo de 1945, otro ataque sobre Tokio, efectuado por
bombarderos pesados americanos que utilizaban bombas explosivas e incendiarias,
causó la muerte de 83.793 personas. La bomba atómica que cayó sobre Hiroshima
mató a 71.379 personas.»
Así era.
—Si alguna vez van ustedes a Cody, Wyoming —decía Billy Pilgrim
desde el otro lado de los biombos blancos—, no tienen más que preguntar por
Wild Bob.
Lily Rumfoord se estremeció y continuó intentando la lectura de
Harry Truman.
La hija de Billy, Barbara, llegó al caer la tarde. Se mantenía
en pie gracias a las drogas. Tenía los mismos ojos vidriosos que el pobre Edgar
Derby antes de ser fusilado en Dresde. Los médicos le habían recetado algunas
píldoras para que pudiera continuar trabajando, a pesar de que su padre estaba
hecho añicos y de que su madre había muerto.
Así era.
La acompañaban un médico y una enfermera. Su hermano Robert
estaba volando desde el campo de batalla del Vietnam hasta casa.
—¡Papá...! —dijo, probando—. ¿Papá...?
Pero Billy estaba a diez años de allí. Había retrocedido hasta
1958 y se encontraba examinando los ojos de un joven mongólico que necesitaba
lentes correctoras adecuadas. La madre del idiota hacía de intérprete.
—¿Cuántas manchas ve usted? —le preguntaba Billy Pilgrim.
Y luego Billy viajó por el tiempo hasta que tenía dieciséis años
y esperaba en la antesala de un consultorio médico. Se había infectado un
pulgar. En la salita sólo había otro paciente esperando, un hombre viejo. El
pobre anciano se sentía muy angustiado a causa de los tremendos gases que se le
escapaban y de los eructos que echaba.
—Perdón —le dijo a Billy. Y volvió a hacerlo—. ¡Oh, Dios mío!,
sabía que era malo volverse viejo. —Movió la cabeza—. Pero nunca imaginé que se
tratara de esta clase de desgracia.
Billy Pilgrim abrió los ojos en el hospital de Vermont, sin
saber dónde se encontraba. Su hijo Robert le observaba. Vestía el uniforme de
los famosos Boinas Verdes. Llevaba el pelo corto y era del color del trigo.
Robert iba limpio y aseado, guarnecido con un corazón púrpura, una estrella de
plata y una doble estrella de bronce.
Este era el muchacho que había sido expulsado de la escuela
superior, a los dieciséis años, por ser alcohólico y compañero de un puñado de
gamberros que tumbaron cientos de lápidas en un cementerio católico. Ahora todo
le iba bien. Tenía un porte excelente, sus zapatos brillaban, sus pantalones
estaban bien planchados y era un dechado de virtudes.
—¿Papi...?
Billy Pilgrim cerró de nuevo los ojos.
Billy no pudo asistir a los funerales de su esposa porque
todavía se encontraba muy débil. Pero sí estaba consciente cuando Valencia fue
enterrada en el cementerio de Ilium. No había hablado demasiado desde que había
recobrado el conocimiento, ni tampoco había reaccionado con viveza ante las
noticias de la muerte de Valencia, de la vuelta a casa de Robert, de esas
cosas. Así pues, todos creían que había quedado como un vegetal. Se habló de
practicarle otra operación para mejorar la circulación del cerebro.
En realidad la apatía externa de Billy no era más que un velo.
Con ella encubría las dotes de una mente llena de proyectos excitantes. Estaba
preparando cartas y conferencias sobre los platillos volantes, la
intrascendencia de la muerte y la verdadera naturaleza del tiempo.
El profesor Rumfoord, convencido de que Billy ya no tenía sesos,
decía cosas terribles de él mientras éste le escuchaba.
—¿Por qué no le dejan morir? —preguntó a Lily.
—No lo sé —contestó ella.
—Esto ya no es un ser humano. Los médicos son para los seres
humanos. Deberían confiarlo a un veterinario o a un jardinero, son los únicos
que pueden saber lo que hay que hacer en estos casos. ¡Fíjate en él! Eso es
vida según la profesión médica. ¿Te parece una bonita manera de vivir?
—No lo sé —dijo Lily.
En cierta ocasión, Rumfoord estaba hablando con Lily del
bombardeo de Dresde y Billy les escuchaba. Rumfoord tenía un problema con
Dresde. Su volumen de la historia de las Fuerzas Aéreas de Estados Unidos en la
Segunda Guerra Mundial pretendía ser un resumen más legible que los veintisiete
tomos de la Historia Oficial de las Fuerzas Aéreas en la Segunda Guerra
Mundial. Ahora bien, curiosamente, en aquellos veintisiete tomos casi no se
hablaba del bombardeo de Dresde, a pesar de la importancia del suceso. El
alcance de la catástrofe había sido, durante muchos años, un secreto para los
americanos. Naturalmente no lo fue nunca, en cambio, para los alemanes, ni para
los rusos, que ocuparon Dresde después de la guerra, y que todavía permanecen
allí.
—Finalmente, los americanos se han enterado de lo de Dresde
—decía Rumfoord, veintitrés años después del bombardeo—. Ahora empiezan a saber
que fue mucho peor que lo de Hiroshima. Por lo tanto debo poner algo de ello en
mi libro. Desde el punto de vista de las Fuerzas Aéreas, será completamente
nuevo.
—¿Por qué lo han mantenido en secreto durante tanto tiempo?
—preguntó Lily.
—Por temor a que muchos corazones se conmovieran —explicó
Rumfoord—, y pudieran pensar que no todo lo que hicimos había sido tan
maravilloso.
Fue entonces cuando Billy Pilgrim empezó a hablar
coherentemente.
—Yo estuve allí —dijo.
A Rumfoord le era difícil tomarse en serio a Billy. Tanto tiempo
le había considerado como un ser inexistente, al que más le hubiera valido
estar muerto, que ahora que Billy hablaba con claridad, Rumfoord hubiera
preferido ver sus palabras convertidas en una lengua tan extraña que ni valiera
la pena entender.
—¿Qué ha dicho? —preguntó Rumfoord.
Lily hizo de intérprete.
—Dice que él estuvo allí —explicó.
—¿Que él estuvo dónde?
—No lo sé. —Y Lily le preguntó a Billy—: ¿Dónde estuvo usted?
—En Dresde —contestó Billy.
—En Dresde —le transmitió Lily a Rumfoord.
—Está repitiendo simplemente lo que decimos —dijo Rumfoord.
—¡Oh! —suspiró Lily.
—Ahora tiene «ecolalia».
—¡Oh!
La ecolalia es una enfermedad, mental que consiste en repetir lo
que se oye inmediatamente después de haberlo oído. Pero Billy no sufría tal
enfermedad. Rumfoord insistía en ello para su propia comodidad. Prefería que
Billy la tuviera. Rumfoord pensaba al estilo militar: toda persona que estorba,
o que sería preferible ver muerta por razones prácticas, sufre una enfermedad
repulsiva.
Rumfoord continuó insistiendo durante varias horas en que Billy
tenía ecolalia. Y así se lo dijo a las enfermeras y al médico. Entonces le
hicieron varios exámenes, intentando que Billy repitiera algunas cosas, pero no
respondía a sus deseos.
—Ahora no lo hace —decía Rumfoord, malévolamente—. Pero
inmediatamente después que ustedes se vayan volverá a las andadas.
Nadie tomó en serio el diagnóstico de Rumfoord. El personal
tenía a Rumfoord por un hombre odioso, despreciable y cruel. A menudo les
decía, de una forma u otra, que un hombre débil merecía la muerte. Se lo decía
a ellos, a todo aquel personal que dedicaba por entero su vida a la idea de que
las personas débiles son las que necesitan más ayuda, y de que nadie debe
morir.
Allí, en el hospital, Billy estaba viviendo una aventura muy
común entre la gente sin autoridad alguna en tiempos de guerra: estaba
intentando probar a un enemigo voluntariamente ciego y sordo que él era alguien
interesante de ver y escuchar. Se mantuvo en silencio hasta que apagaron las
luces por la noche y entonces, cuando hubo pasado un largo rato de silencio,
sin nada que repetir, le dijo a Rumfoord.
—Yo estuve en Dresde cuando fue bombardeada. Era prisionero de
guerra.
Rumfoord suspiró con impaciencia.
—Palabra de honor —dijo Billy Pilgrim—. ¿Me cree usted?
—¿Debemos hablar de eso ahora? —dijo Rumfoord.
Le oía y no lo creía.
—No tenemos por qué hablar de eso nunca —repuso Billy—. Sólo
quiero que lo sepa: que yo estaba allí.
Aquella noche no volvieron a hablar de Dresde. Billy cerró los
ojos y viajó por el tiempo hasta una tarde de mayo, en Europa, dos días después
del fin de la Segunda Guerra Mundial. Billy y cinco prisioneros más,
americanos, montaban en una carreta de color verde y en forma de ataúd que
habían encontrado abandonada junto con dos caballos en un suburbio de Dresde.
Atravesaban la ciudad siguiendo pequeños senderos abiertos entre aquellas
ruinas que parecían la luna. Regresaban al matadero en busca de recuerdos de
guerra. Billy recordó el sonido de los caballos del lechero, en su infancia en
Ilium.
Iba sentado en la parte posterior de la carreta-ataúd con la
cabeza echada hacia atrás y las fosas nasales dilatadas. Se sentía feliz. No
tenía frío. En la carreta llevaba comida y vino, un aparato fotográfico, una
colección de sellos, un mochuelo disecado y un reloj de pared que funcionaba
por el efecto de las variaciones de la presión atmosférica. Los americanos
habían saqueado las casas abandonadas de los suburbios, tomando todas esas
cosas y muchas más.
Los propietarios de dichas casas, al saber que los rusos se
acercaban matando, robando, violando y quemando, habían huido.
Pero los rusos no habían llegado todavía, aun cuando hacía ya
dos días que había terminado la guerra. Y las ruinas de la ciudad estaban en
paz. Billy solamente encontró una persona en su camino hacia el matadero. Era
un viejo que empujaba un cochecito de niño, con botes, tazas, el armazón de un
paraguas y alguna otra cosa que había encontrado.
Cuando llegaron al matadero Billy no bajó de la carreta.
Prefirió tomar el sol. Los demás fueron a la caza de recuerdos. Más tarde, los
tralfamadorianos enseñarían a Billy que lo importante era concentrarse tan sólo
en los momentos felices de la vida ignorando los desdichados, disfrutar de las
cosas bonitas puesto que no podían ser eternas. Si tal selección fuera posible
—pensaría Billy muchos años después—, habría escogido como el momento más feliz
de su vida aquel en que tomaba el sol dormitando en la parte trasera de una
carreta de color verde y en forma de ataúd.
Billy Pilgrim iba armado por primera vez desde el período de
instrucción. Sus compañeros habían insistido en que se proveyera de alguna
arma, pues sólo Dios sabía con qué clase de asesinos se podría encontrar en
aquella superficie lunar. Perros rabiosos, montones de ratas gordas e hinchadas
de tantos cadáveres, locos y criminales fugados, soldados que no cesarían de
matar hasta estar muertos...
Llevaba una pistola tremenda en su cinturón. Era una reliquia de
la Primera Guerra Mundial. Tenía una anilla en el extremo del cañón y cargaba
balas del tamaño de un huevo de petirrojo. La había encontrado sobre la mesa de
una casa. Estas son las gangas que se encuentran al final de una guerra: todo
aquel que quiere un arma puede conseguirla; sobran en todas partes. Billy
también tenía un sable. Era un sable de ceremonias de la Luftwaffe cuyo mango
estaba adornado con un águila que portaba una esvástica y miraba hacia abajo.
Billy lo había encontrado clavado en un poste de teléfonos. Lo cogió al pasar a
su lado con la carreta.
Empezaba a recobrar la conciencia y a despertar de su
somnolencia cuando oyó a un hombre y a una mujer hablando alemán en tono
lastimero. Estaban compadeciendo a alguien. Antes de abrir los ojos a Billy le
pareció que aquel tono de voz podría haber sido el de los amigos de Jesús
cuando desclavaron de la cruz su cuerpo destrozado.
Entonces abrió los ojos y vio a un hombre de mediana edad y a su
esposa hablando a los caballos. Se habían dado cuenta de lo que los americanos
ignoraban, a saber: que los pobres animales perdían sangre por la boca, tenían
las pezuñas partidas —lo que hacía que cada paso fuera una agonía para ellos— y
además estaban muertos de sed. Los americanos habían tratado a su medio de
transporte como si no fuera más sensible que un Chevrolet de seis cilindros.
Las dos personas que se compadecieron de los caballos dieron la
vuelta a la carreta hasta descargar sobre Billy todos sus reproches,
precisamente sobre Billy, que era tan larguirucho y débil y que estaba tan
ridículo con su toga azul celeste y sus botas plateadas. A él no le temían. De
hecho, ya no le temían a nada. Ambos eran médicos, ginecólogos, que habían
ayudado a traer hijos al mundo hasta que fueron incendiados todos los
hospitales. Ahora se habían retirado a lo que anteriormente fuera su casa.
La mujer era delicadamente hermosa, casi transparente por haber
comido patatas durante mucho tiempo. El hombre llevaba un traje de calle con
pajarita y todo, era tan alto como Billy y tenía un aspecto macilento, obra de
las patatas sin duda, y llevaba lentes de montura metálica trifocales. Esta
pareja tan relacionada con los bebés no se había reproducido, a pesar de que
tenía todas las facilidades para hacerlo. En realidad, su punto de vista con
respecto a la procreación en general era muy curioso e interesante. .
Entre los dos hablaban nueve lenguas. Primero intentaron hablar
a Billy en polaco, basándose en que iba vestido como un payaso (los desdichados
polacos fueron los payasos involuntarios de la Segunda Guerra Mundial). Pero el
americano no entendió nada.
Luego fue Billy quien les preguntó, en inglés, qué era lo que
querían. Al momento ambos le reprendieron, también en inglés, por las
condiciones en que se encontraban los caballos. Le hicieron bajar de la carreta
para que los viera, y se quedaron sorprendidos cuando le vieron echarse a
llorar ante el estado de su medio de transporte. Durante toda la guerra, nada
había conseguido hacerle llorar.
Años más tarde, cuando Billy era ya un óptico de mediana edad,
lloraría muchas veces, silenciosa e íntimamente. Por ello, el epígrafe de este
libro bien podría ser la cuarteta de un famoso villancico. Porque Billy lloraba
suavemente, aunque a veces el motivo de su pena bien mereciera un buen llanto.
Era en este aspecto, por lo menos, en lo que se parecía al Cristo del
villancico:
El ganado muge
El niño se agita.
Pero Jesusito
Ni llora ni grita.
Billy viajó por el tiempo hasta el hospital de Vermont. Acababa
de almorzar y ya habían retirado las bandejas vacías. El profesor Rumfoord
empezaba a interesarse por él como ser humano, aunque con escepticismo.
Rumfoord le hacía preguntas de forma grosera pero satisfecho en el fondo de que
Billy hubiera estado realmente en Dresde. Le preguntó qué aspecto tenía aquello
y Billy le habló de los caballos y del matrimonio que deambulaba por aquella
luna.
La historia terminó de esta forma. Billy, ayudado por los
médicos, despojó a las bestias de sus guarniciones. Pero los caballos no
hicieron ni un solo paso para huir. Las patas les dolían demasiado. Entonces
llegaron los rusos y arrestaron a todo el mundo menos a los caballos.
Dos días después Billy fue entregado a las autoridades
americanas, que le embarcaron hacia casa en un lento mercante llamado Lucretia
A. Mott. Lucretia A. Mott había sido una famosa sufraguista americana. Por
entonces ya estaba muerta. Así era.
—Tenía que hacerse —le dijo Rumfoord a Billy refiriéndose a la
destrucción de Dresde. —Lo sé —dijo Billy. —Es la guerra.
—Lo sé. No me quejo.
—Aquello debió de ser el infierno en la tierra.
—Lo fue.
—Compadezco a los hombres que tuvieron que hacerlo.
—Yo también.
—Sus sentimientos debían de ser muy complejos cuando se
encontraba allí.
—No, todo estaba bien —concluyó Billy—. Todo está bien, y todo
el mundo tiene que hacer exactamente lo que hace. Aprendí eso en Tralfamadore.
Aquel mismo día su hija se lo llevó a casa, lo metió en la cama
y le enchufó los dedos mágicos. Iba a cuidarle una enfermera titulada. Billy no
podría trabajar, ni salir de su casa, durante cierto tiempo. Estaba bajo
observación.
Pero, aprovechando un momento de distracción de la enfermera,
Billy se escapó. Se fue a la ciudad de Nueva York en su coche, confiando en
aparecer ante las cámaras de televisión. Sentía necesidad de hablar al mundo de
las lecciones aprendidas en Tralfamadore.
Al llegar a Nueva York Billy Pilgrim se hospedó en el Hotel
Royalton, sito en la calle Cuarenta y Cuatro. Por casualidad le dieron una
habitación que mucho antes había pertenecido a George Jean Nathan, crítico y
editor que, según el concepto terrestre del tiempo, había muerto en 1958. Sin
embargo, según el concepto tralfamadoriano, Nathan estaba todavía vivo en
alguna parte, y siempre lo estaría.
La habitación era pequeña y sencilla, pero, como estaba en el
último piso, tenía unas cristaleras que daban a una terraza tan espaciosa como
la misma habitación. Y más allá de la barandilla de la terraza, la espesa
atmósfera de la calle Cuarenta y Cuatro ascendía al cielo. Billy se asomó y
contempló a la gente que se movía de un lado para otro, allí abajo. Parecían
pequeñas tijeras saltarinas. Era muy divertido.
La noche era fría. Al cabo de un rato, Billy entró y cerró las
puertas tras de sí. Al hacer este gesto se acordó de su luna de miel. También
había cristaleras en su nidito amoroso de Cape Ann. Todavía estarían allí.
Siempre estarían allí.
Billy conectó el televisor haciendo girar el selector en busca
de un programa al que le fuera permitido presentarse. Pero aún era temprano
para los programas en los que se permitía hablar a las personas con ideas
extravagantes. Habían sonado las ocho de la tarde y todos los programas
hablaban de tonterías o asesinatos. Así era.
Billy abandonó su habitación, bajó en el ascensor, anduvo hasta
Times Square y se detuvo ante el escaparate de una librería. Tras el cristal
había cientos de libros, desde novelas pornográficas y policíacas hasta una
guía urbana de Nueva York y una réplica de la Estatua de la Libertad con un
termómetro encima. También se encontraban en el escaparate, metidas entre toda
aquella porquería, cuatro ediciones baratas de las novelas del amigo de Billy,
Kilgore Trout.
Detrás de él, en la fachada de un edificio, iban apareciendo, en
luces de colores, las noticias del día. El cristal del escaparate reflejaba los
letreros. Hablaban de política, de deportes, de pleitos y de muertes. Así era.
Billy entró en la librería.
Al fondo del establecimiento había una puerta, y sobre ella un
cartel indicaba que sólo se permitía la entrada a los adultos. En el interior
de aquella trastienda, unas máquinas proyectaban películas de jóvenes de ambos
sexos, desnudos. Un minuto de espectáculo costaba veinticinco centavos. También
vendían fotos de personas desnudas para que uno se las pudiera llevar a casa.
Las fotos eran mucho más tralfamadóricas que el cine, ya que podían mirarse en
cualquier momento y sin que se alterara su imagen. Dentro de veinte años las
muchachas allí representadas aún estarían jóvenes y sonrientes, o quizá
simplemente mirarían con expresión estúpida, con sus piernas abiertas de par en
par. Algunas comían caramelos o plátanos, y siempre los estarían comiendo. Y
los sexos de los muchachos continuarían por siempre semierectos; y sus músculos
abultarían como balas de cañón.
Pero a Billy no le atraía la trastienda de la librería. A él le
excitaban las novelas de Kilgore Trout. Los títulos eran nuevos para él, o al
menos así lo creyó. Abrió uno. Le pareció que podía hacerlo, allí todo el mundo
manoseaba a sus anchas. El título del libro era El gran tablero. Leyó algunos
párrafos y descubrió que ya lo había leído, hacía cosa de un año. Trataba de un
hombre y una mujer terrícolas que habían sido raptados por seres
extraterrestres y exhibidos en un zoo de un planeta llamado Zircon-212.
La ficticia pareja disponía en el zoo del lejano planeta de un
gran tablero que contenía las fluctuaciones de los precios del mercado, las
alzas y las bajas de todos los valores de la Bolsa, un receptor de noticias y
un teléfono, todo ello aparentemente conectado con la Tierra. Las criaturas del
Zircon-212 habían regalado a sus cautivos un millón de dólares para que, desde
allí, lo invirtieran en la Tierra, asegurándoles que les sería permitido
manejarlos a su antojo, de modo que podrían ser fabulosamente ricos cuando
volvieran a su planeta.
Naturalmente, el teléfono, el tablero y el receptor de noticias
eran falsos. Eran simples estimulantes para que los terrícolas se mostraran más
vivos y animados ante las multitudes del zoo. Así pues, tan pronto saltaban de
alegría como chillaban, se tiraban de los pelos, se morían de miedo o se
sentían contentos y satisfechos como un bebé en brazos de su madre.
Los terrícolas hacían muy bien su papel. Y como, naturalmente,
todo formaba parte del espectáculo, la religión también estaba mezclada en
ello. Recibían noticias de que el Presidente de Estados Unidos había declarado
una Semana Nacional de Oración solicitando que todo el mundo rezara. Hacía poco
que los terrícolas habían perdido una pequeña fortuna en aceite de oliva. Por
lo tanto se dedicaron a rezar con gran fervor. Surtió efecto y el aceite de
oliva subió.
Otro de los libros de Kilgore Trout que estaba en el escaparate
trataba de un hombre que construyó una máquina del tiempo para retroceder hasta
poder ver a Jesús. La máquina funcionó y vio a Jesús cuando éste tan sólo tenía
doce años. Su padre le enseñaba el oficio de carpintero.
Un día, dos soldados romanos entraron en el taller y le
mostraron el plano dibujado en papiro de un trabajo que necesitaban a la mañana
siguiente. Era una cruz que tenían que utilizar para la ejecución de un
rebelde.
Jesús y su padre la construyeron. Estaban contentos de tener
trabajo. Y el rebelde fue ejecutado sobre ella.
Así fue.
Los que atendían la librería parecían quintillizos. Eran cinco
hombres bajitos y calvos, que mordían otras tantas colillas apagadas y húmedas.
Nunca sonreían. Permanecían sentados en sus taburetes y se enriquecían con su
negocio de prostitutas de papel y celuloide. Ellos no buscaban diversión
alguna. Billy Pilgrim tampoco. En cambio, todos los demás sí. Era una tienda
ridícula: sólo comerciaba con el amor y la reproducción.
De vez en cuando los dependientes le decían a alguien que
comprara o se largara, que ya bastaba de mirar y sólo mirar, de manosear y nada
más que manosear. Había personas que se observaban las unas a las otras en
lugar de mirar la mercancía.
Un dependiente se acercó a Billy y le aconsejó que fuera a la
trastienda, que todo lo bueno estaba allí y que los libros que Billy miraba no
eran más que una fachada para el escaparate.
—¡Por Dios, eso no es lo que usted desea! —le dijo a Billy—. Lo
que usted busca está allí detrás.
Así pues, Billy se dirigió hacia el fondo de la librería pero no
llegó a penetrar en el reservado para adultos. Su mente estaba ausente, se
había movido tan sólo por cortesía, llevándose consigo el libro de Trout, el
que hablaba de Jesús y la máquina del tiempo.
En dicho libro el viajero del tiempo retrocedía hasta los
tiempos bíblicos para averiguar una cosa en concreto: si Jesús había muerto en
realidad sobre la cruz o bien lo habían bajado todavía vivo y se había
recuperado. El héroe se llevaba consigo un estetoscopio.
Billy pasó las páginas hasta llegar al final del libro, cuando
el héroe se mezclaba con la multitud que bajaba a Jesús de la cruz. El viajero
del tiempo era el primero en subir la escalerilla, vestido con un traje de la
época. Y al llegar arriba se pegaba a Jesús para que la gente no le viera usar
el aparato, y le auscultaba.
En el interior de la macilenta cavidad de aquel pecho no se oía
nada. El Hijo de Dios estaba tan muerto como un picaporte.
Así era.
Entonces, el viajero del tiempo, cuyo nombre era Lance Corwin,
aprovechaba para medir el cuerpo de Jesús. Medía un metro sesenta centímetros.
El peso no pudo averiguarlo.
Otro dependiente se acercó a Billy para preguntarle si deseaba
comprar el libro o no, y éste contestó que sí. Estaba de espaldas a una
estantería de libros sobre la historia de los contactos oral-genitales desde el
antiguo Egipto hasta nuestros días, cosas de ésas. Así pues, el dependiente
supuso que Billy había estado leyendo alguno de estos libros. Pero quedó
estupefacto cuando vio cuál era el libro que tenía entre las manos.
—¡Dios mío! ¿De dónde sacó esto? —exclamó.
Y cosas así.
Y fue y les dijo a los demás dependientes que aquel pervertido
quería comprar uno de los elementos de camuflaje del escaparate. Los otros, que
ya lo habían notado, le observaban como a un bicho raro.
La caja registradora ante la que Billy esperaba que le
devolvieran el cambio estaba cerca de un montón de revistas femeninas. Miró de
reojo una de ellas y leyó en la cubierta la siguiente frase: «¿Qué ha sido de
Montana Wildhack?»
El, Billy, sabía con certeza dónde estaba Montana Wildhack. Se
había quedado en Tralfamadore, cuidando del bebé.
Leyó la revista, que se titulaba Garitos de Medianoche, y se
sorprendió ante la afirmación de que Montana se encontraba sumergida a
cincuenta metros de profundidad en las salobres aguas de la bahía de San Pedro,
vistiendo un chaleco de cemento.
Así era.
Pero él no lo creyó. Es más, estuvo a punto de echarse a reír.
La revista, que estaba editada totalmente por hombres, alargaba la historia
buscando tema para incluir algunas fotos de las películas que Montana había
rodado en sus primeros años de estrella. Billy no las vio bien. Eran unas fotos
grises y confusas. Podrían haber sido de cualquier mujer.
De nuevo le orientaron hacia la trastienda, y esta vez entró. Un
marinero se alejaba de una máquina de cine que todavía estaba en marcha. Billy
miró y allí se encontró con Montana Wildhack, sola en una gran cama, pelando un
plátano. Billy no deseaba ver la continuación, por lo que aprovechó la
invitación de un dependiente que le importunaba para que se acercara a ver algo
realmente bueno que tenía escondido bajo el mostrador.
Billy sintió algo de curiosidad por ver qué podían esconder en
un lugar semejante. Y el dependiente se lo mostró. Era una fotografía con una
mujer y un potrillo de Shetland. Intentaban realizar el acto sexual entre dos
columnas dóricas, frente a una cortina de terciopelo llena de globitos
colgantes.
Billy no se presentó ante las cámaras de la televisión aquella
noche, pero sí que acudió a un programa radiofónico abierto al público. Cerca
de su hotel había una emisora de radio. Vio un rótulo muy llamativo sobre la
puerta del edificio y entró. Subió al estudio en un ascensor automático y allí
pensaron que Billy era uno de los convocados para hablar de si la novela era o
no una cosa muerta. Así era.
Billy se sentó, como los demás, alrededor de una mesa de roble.
Frente a su nariz tenía un micrófono para él sólo. El locutor le preguntó su
nombre y el periódico que representaba. Billy dijo que era de la Ilium Gazette.
Se sentía nervioso y feliz. «Si alguna vez vas por Cody, Wyoming
—se dijo—, pregunta por Wild Bob.»
Ya al principio del programa Billy levantó la mano, pero no fue
atendido inmediatamente. Había otros antes que él. Uno de ellos opinó que ahora
era un buen momento para enterrar la novela, precisamente ahora que un
virginiano, cien años después de Appomattox, había escrito La cabaña del Tío
Tom. Otro dijo que la gente ya no sabía leer lo suficientemente bien como para
poder imprimir las situaciones excitantes en sus cerebros, de manera que a los
escritores no les tocaba más remedio que hacer lo que había hecho Norman
Mailer, o sea, representar en público lo que había escrito. Luego, el locutor
pidió a los periodistas su opinión sobre el papel que la novela podía
representar en la sociedad moderna. Uno dijo:
—Puede representar el toque de color en una habitación de
paredes blancas.
Y otro:
—Puede enseñar a las esposas de los ejecutivos novatos lo que
deben comprar y cómo han de comportarse en un restaurante francés.
Finalmente, le concedieron la palabra a Billy. Y empezó, con
aquella maravillosa voz que tanto había estudiado, a hablar de los platillos
volantes y de Montana Wildhack, etc.
Mientras programaban un anuncio Billy fue expulsado del estudio
muy amablemente. Regresó a su habitación del hotel. Puso un cuarto de dólar en
la máquina de los dedos mágicos conectada a su cama, y se durmió. Viajó por el
tiempo hasta Tralfamadore.
—¿Otra vez viajando por el tiempo? —le preguntó Montana cuando
llegó.
En la cúpula se había hecho la noche artificial. Ella estaba
amamantando al pequeño.
—¿Eh? —se sorprendió Billy.
—Has vuelto a viajar en el tiempo. Lo sé.
—Hummm.
—¿Dónde fuiste esta vez? A la guerra no. También lo sé.
—A Nueva York.
—¡La Gran Manzana!
—¿Eh?
—Así es como llaman a Nueva York.
—¡Oh!
—¿Viste algún espectáculo o alguna película?
—No, me di una vuelta por Times Square y compré un libro de
Kilgore Trout.
—¡Vaya suerte! —Ella no compartía su entusiasmo por Kilgore
Trout.
Luego Billy mencionó, como por casualidad, que también había
visto parte de una triste película que ella había protagonizado. La respuesta
de Montana no fue menos casual. Era ya tralfamadoriana y estaba libre de
sentimientos de culpabilidad.
—Sí —dijo ella—. He oído hablar de cuando estuviste en la
guerra, de que parecías un payaso. Y también he oído hablar del profesor de
escuela superior que fue fusilado. Fue él quien protagonizó una película muy
triste, con un pelotón de ejecución.
Separó al bebé de un pecho y lo puso en el otro. El momento
estaba estructurado así, y así tenía que hacerlo.
Hubo un silencio.
—Ya vuelven a jugar con los relojes —dijo Montana, levantándose
y arreglando la cuna para el pequeño.
En efecto, sus guardianes estaban jugando a adelantar y atrasar
los relojes eléctricos. Lo hacían continuamente, pues así podían observar a la
pequeña familia terrícola a través de los pequeños agujeros.
Alrededor del cuello, Montana Wildhack llevaba una cadenilla de
plata de la que colgaba, entre sus senos, un relicario. Era una fotografía de
su alcohólica madre, que más bien parecía un trozo de papel sucio y rayado. La
foto podría haber sido de cualquiera. En el reverso del relicario, estaban
grabadas estas palabras:
«Concédeme, Señor, serenidad
para aceptar las cosas que no puedo cambiar,
valor para cambiar las que sí puedo, y
sabiduría para distinguir las unas de las otras.»
10
Robert Kennedy, cuya casa de veraneo está a unos doce kilómetros
de mi residencia habitual, sufrió un atentado hace dos noches. Murió anoche.
Así fue.
Martin Luther King sufrió un atentado hace un mes. También
murió. Así fue.
Y cada día, mi gobierno me pasa cuentas de los cadáveres
logrados por la ciencia militar en Vietnam. Así es.
Mi padre, que murió hace muchos años por causas naturales, era
un hombre tranquilo. Tenía una importante colección de armas de fuego y me la
legó. Se están enmoheciendo.
En Tralfamadore, según dice Billy Pilgrim, a nadie le interesa
Jesucristo. La figura terrestre que más se compenetra con la mentalidad
tralfamadoriana es Charles Darwin, quien enseñó que los que mueren están hechos
para morir, y que cada cadáver es un progreso.
La misma idea aparece en El gran tablero, de Kilgore Trout. Las
criaturas del platillo volante que capturan al héroe de Trout le preguntan por
Darwin. Y también le preguntan por el golf.
Si es cierto lo que Billy Pilgrim aprendió de los
tralfamadorianos —que siempre viviremos—, no importa lo muertos que algunas
veces parezcamos estar. No es que la idea me seduzca, la verdad. Pero, sea como
fuere, si resulta cierto que me voy a pasar la eternidad visitando momentos y
más momentos, me siento agradecido de que haya tantos momentos buenos.
Uno de los mejores que recientemente he vivido ha sido mi viaje
a Dresde con mi viejo camarada de guerra, O'Hare.
Tomamos un avión húngaro en Berlín Oriental. El piloto llevaba
un gran mostacho, se parecía a Adolph Menjou y fumaba un cigarro habano
mientras cargaban el avión de combustible. Cuando el avión despegó, nadie
ordenó que nos pusiéramos los cinturones.
Luego, una azafata nos sirvió pan de centeno, queso, mantequilla
y vino blanco. Mi mesilla plegable no quería abrirse. Entonces la azafata fue
en busca de una herramienta y regresó con un abrelatas. Logró arreglar la
mesilla.
Aparte de O'Hare y yo, en el avión sólo iban seis pasajeros.
Hablaban distintas lenguas y también se lo pasaban bien. A nuestros pies estaba
Alemania Oriental, con las luces encendidas. Me imaginé a mí mismo lanzando
bombas hacia aquellas luces, aquellos pueblos y aquellas ciudades.
O'Hare y yo jamás confiamos en hacer dinero, y he aquí que los
dos nos encontramos en buena posición.
—Si alguna vez vas por Cody, Wyoming —le dije perezosamente—,
pregunta por Wild Bob.
O'Hare llevaba consigo una pequeña libreta de notas donde venían
las tarifas postales, las distancias en avión, las altitudes de los montes más
importantes y otros datos de interés internacional. Ahora buscaba la cantidad
de habitantes que tenía Dresde, pero no estaba en la agenda. En cambio,
encontró esto, que me dio a leer:
«En el mundo nacen un promedio de 324.000 niños por día. Al
mismo tiempo mueren, aproximadamente: unas 10.000 personas de hambre o por
deficiencias de nutrición y otras 123.000 por otras causas. Así pues, resulta
que cada día hay en el mundo 191.000 personas más. El Departamento de
Estadísticas de Población predice que la población total del mundo sobrepasará
los 7.000.000.000 antes del ario 2000.»
—Supongo que todos exigirán un mundo digno —dije.
—Supongo —convino O'Hare.
Mientras tanto, Billy Pilgrim también estaba viajando por el
tiempo hacia Dresde. Pero no en el tiempo presente. Había retrocedido hasta
1945, dos días después de que la ciudad fuera destruida. Ahora Billy y el resto
de los americanos caminaban hacia las ruinas, conducidos por guardianes. Yo
estaba allí. O'Hare también estaba. Habíamos pasado las dos noches anteriores
en el establo del albergue del ciego. Las autoridades nos encontraron allí y
nos ordenaron lo que teníamos que hacer. Debíamos conseguir de nuestros vecinos
picos, palas y toda clase de herramientas para cavar. Con estos utensilios
fuimos hacia las ruinas, dispuestos a trabajar donde nos mandaran.
Los principales caminos que conducían a las ruinas estaban
cortados por barricadas. Allí detenían a los alemanes. No se les permitía
explorar aquella luna suya.
Prisioneros de guerra de muchos países se encontraron aquella
mañana en tal o cual lugar de Dresde. Habían decretado que se cavara para
rescatar los cadáveres. Así pues, empezamos a trabajar.
Billy se encontró cavando una fosa junto a un maorí, que había
sido capturado en Tobruk. El maorí era del color del chocolate y llevaba
tatuajes en forma de espiral en la frente y las mejillas. Billy y el maorí
removían la inerte y seca tierra de aquella luna.
Los materiales estaban descompuestos. Continuamente había
desprendimientos.
Se hicieron muchas fosas al mismo tiempo. Nadie sabía aún, en
realidad, lo que teníamos que encontrar. La mayoría de agujeros no conducían a
nada, o quizá a un pavimento o a una piedra tan grande que no podía moverse. No
teníamos maquinaria. Ni siquiera caballos o muías o bueyes con los que cruzar
aquella superficie lunar.
Billy y el maorí, con la ayuda de otros prisioneros, hicieron un
gran hoyo. Al fin, encontraron una techumbre de vigas de madera entrelazadas
que, cubierta de piedras, formaba una cúpula accidental. Hicieron un agujero en
la cúpula y se encontraron con que debajo sólo había un gran espacio a oscuras.
Un soldado alemán bajó a la oscuridad con una linterna, y desde
dentro le dijo a su oficial que allí había docenas de cadáveres. Estaban
sentados en los bancos. Quietos para siempre.
Así era.
El oficial mandó ensanchar la abertura de la cúpula e hizo
colgar del agujero una escalerilla para poder sacar los cadáveres. Así se
encontró la primera mina de cadáveres de Dresde.
Había centenares de refugios llenos de cadáveres esparcidos por
todas partes. Al principio no olían mal, eran como personajes de un museo de
cera. Pero después los cuerpos empezaron a corromperse y a descomponerse, y su
hedor era parecido al del gas de mostaza y rosas.
Así era.
El maorí que había estado trabajando con Billy murió después de
que le ordenaron bajar a uno de aquellos pozos para que trabajara allí. Se
quedó hecho añicos de tanto vomitar.
Así fue.
Tuvieron que inventar una nueva técnica. No izaron más
cadáveres. Los soldados, provistos de antorchas, los quemaban en el mismo sitio
en que los encontraban. Era mucho más sencillo: sólo había que provocar un
incendio sin siquiera necesidad de bajar.
Trabajando en aquellos lugares el pobre profesor de escuela
superior, Edgar Derby, fue atrapado con una tetera que había tomado de las
catacumbas. Fue arrestado por pillaje, juzgado y muerto.
Así fue.
En algún lugar, cerca de allí empezaba la primavera. Los
refugios llenos de cadáveres fueron cerrados. Los soldados dejaron de luchar
contra los rusos. En el campo, las mujeres y los niños hacían hoyos para
enterrar las armas. Billy y el resto de su grupo fueron encerrados en unos
establos de una casa de campo. Y una buena mañana al levantarse descubrieron
que la puerta no estaba cerrada. En Europa, la Segunda Guerra Mundial había
terminado.
Billy y el resto de los americanos salieron a vagabundear. Iban
por una carretera sombreada. En los árboles empezaban a brotar las hojas. No
había nadie ni pasaba nada. Sólo un vehículo, una carreta abandonada, tirada
por dos caballos. La carreta era de color verde y tenía forma de ataúd.
Los pájaros trinaban.
Un pájaro le dijo a Billy Pilgrim: «¿Pío-pío-pi?»
